ENSAYO FORENSE
El Cuerpo Como Escena
El caso Gerónimo y la invisibilización
del crimen de odio
Salta, mayo de 2026
"El
crimen de odio no es solo un acto de violencia: es un acto de comunicación. El
agresor habla al cuerpo de la víctima, pero su destinatario real es una
comunidad entera."
— Fenomenología forense aplicada
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I. Introducción: Cuando el Encuadre
Distorsiona la Verdad
En la madrugada del lunes 25 de mayo de 2026, la ciudad de Salta despertó con una noticia que los medios locales encuadraron, casi sin excepción, bajo el rótulo de la inseguridad urbana: un hombre había sido hallado inconsciente, gravemente herido, en la zona del ex peaje Aunor, sobre el acceso norte a la capital provincial. Horas después, Víctor Manuel Gerónimo falleció en el Hospital San Bernardo.
La prensa salteña cubrió
el hecho con la gramática familiar de la violencia delictiva: colectora oscura,
zona de riesgo, auto con las puertas abiertas, víctima solitaria. Se construyó
así un relato que, al mismo tiempo que informaba, clausuraba. La pregunta que
este ensayo se propone formular —y que nadie parece dispuesto a hacer— es la
siguiente: ¿qué se omite cuando la crónica policial gobierna en exclusiva la
interpretación de un cuerpo?
Desde una perspectiva de
análisis forense y crítica social, el caso Gerónimo presenta indicios que
obligan a examinar la posibilidad de que el hecho constituya un crimen de odio
fundado en la orientación sexual de la víctima. Esta hipótesis no es especulación:
es el resultado de aplicar los protocolos criminológicos internacionales a la
evidencia disponible. Lo relevante no es únicamente determinar si lo fue, sino
comprender por qué esa pregunta resultó tan difícil de pronunciar.
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II. Anatomía del Hecho: La Escena y sus
Versiones
2.1. El hallazgo en el ex peaje Aunor
El cuerpo de Víctor Manuel
Gerónimo fue descubierto en las inmediaciones del ex peaje Aunor, sobre la
colectora norte de acceso a Salta Capital, en la zona conocida como Las
Cabañas, próxima a la empresa de transporte Flecha Bus. La hora precisa del
hallazgo no ha sido divulgada, aunque los informes coinciden en que el
automóvil permaneció estacionado en el lugar durante aproximadamente cinco
horas antes de ser notado por algún transeúnte o efectivo policial.
El hombre fue trasladado
de urgencia por el SAMEC al Hospital San Bernardo con traumatismo facial grave
y golpes múltiples. El primer informe hospitalario consignó, de manera que
generó suspicacias entre los investigadores, la categoría de "muerte súbita";
la fiscalía actuante ordenó de inmediato la autopsia obligatoria y pericias en
la escena, dada la evidente incompatibilidad entre ese diagnóstico y los signos
visibles de violencia.
La causa quedó radicada en
la Unidad de Graves Atentados contra las Personas (UGAP) y fue caratulada como
muerte dudosa. Al cierre de este análisis, se encontraban pendientes los
resultados de la autopsia, el estudio toxicológico y el relevamiento de cámaras
de las empresas del corredor.
2.2. La fractura informativa: dos versiones, un silencio
Lo llamativo del caso
Gerónimo no reside solo en el crimen sino también en cómo fue narrado. Desde
las primeras horas, la cobertura mediática exhibió una fractura significativa
entre versiones:
La versión
policial-barrial, difundida por portales digitales de crónica roja como Salta
Diario y sostenida por alertas vecinales en redes sociales, afirmó que Gerónimo
fue encontrado atado de manos y desnudo, cerca de un canal de la zona, luego de
haber sido víctima de un violento intento de robo de su vehículo.
La versión de los medios
masivos, reproducida por El Tribuno, Hola Salta! e Infobae, ofreció una
descripción más hermética: el hombre fue hallado inconsciente dentro o junto a
su automóvil, con las puertas abiertas, en una colectora desolada. En estas versiones
no se mencionó la desnudez ni las ataduras, y se incorporó un elemento ambiguo
pero significativo: el teléfono celular de la víctima permanecía en el lugar.
Entre ambas versiones se
abre el silencio más elocuente: ningún medio, ninguna fuente oficial, ningún
comentarista introdujo siquiera de manera interrogativa la posibilidad de un
crimen motivado por la identidad sexual de la víctima. Esa omisión, sostenida y
uniforme, no es casual; es estructural.
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III. El Termómetro Social: Reacciones,
Sesgos y Estigma
3.1. El sentido común securitario
El rastreo de comentarios
en portales de noticias locales y grupos de Facebook evidenció una reacción
social homogénea en su primer nivel de lectura: la gran mayoría de los usuarios
inscribió el hecho en el marco de la inseguridad urbana. La zona del ex peaje
Aunor fue caracterizada como un punto negro de la delincuencia, zona liberada,
lugar sin iluminación adecuada. La desnudez o las ataduras, cuando fueron
mencionadas, fueron interpretadas como la saña propia de los ladrones actuales.
Este encuadre cumple una
función social clara: absorbe la perturbación del crimen dentro de una
narrativa conocida, la normaliza y la convierte en argumento para demandas
pre-existentes (más policías, más luminarias, más cámaras). No interpela al
sistema; lo refuerza. La víctima queda subsumida en la estadística de la
inseguridad y su singularidad, su nombre, su historia, su posible
vulnerabilidad diferencial, se diluye.
3.2. La culpabilización de la víctima: el dispositivo del "por algo
habrá estado"
Un segundo nivel de
reacción, más inquietante, emergió cuando comenzó a circular en medios y
comentarios la información de que la colectora donde fue hallado Gerónimo es
utilizada habitualmente como espacio de encuentros sexuales entre varones. A
partir de ese momento, el tono de la conversación pública mutó.
Comentarios con fuerte
carga moralista y homofóbica comenzaron a filtrar la idea de que la víctima,
por el solo hecho de frecuentar ese tipo de espacio, había asumido un riesgo
previsible, casi merecido. La lógica implícita es devastadora en su crueldad:
si estabas en ese lugar, algo habrías estado haciendo; si algo habrías estado
haciendo, lo que te pasó era esperable. La sexualidad disidente se convierte
así en atenuante del agresor y en factor de culpabilidad de la víctima.
Este mecanismo tiene
nombre en la criminología de género: es la victimización secundaria, producida
no por el agresor sino por el entorno social e institucional que juzga a la
víctima en lugar de al crimen. En los casos de violencia contra personas LGBT+,
la victimización secundaria actúa como un borrador que elimina la especificidad
del odio y lo reemplaza por la supuesta imprudencia o la culpa moral del
agredido.
3.3. La omisión institucional y mediática como acto político
La ausencia más
significativa en la cobertura del caso Gerónimo no es la de datos o fuentes: es
la ausencia de un enfoque. Ningún medio salteño, ninguna declaración oficial de
la UGAP, ningún comunicado de organizaciones de derechos humanos incorporó, en
las primeras horas, el concepto de crimen de odio como hipótesis de trabajo.
Esta omisión no es solo
periodística; es institucional. Los protocolos de investigación penal de
perspectiva de género, establecidos por la Unidad Fiscal Especializada de
Violencia contra las Mujeres (UFEM) y extendibles a casos de violencia por
orientación sexual, obligan a los fiscales a indagar preliminarmente si la
motivación del ataque está ligada a la identidad de género o a la orientación
sexual de la víctima, en especial cuando la escena presenta componentes de
humillación corporal y exposición. No hacerlo no es una omisión técnica: es una
decisión que tiene consecuencias para la tipificación del delito, para la
búsqueda de los autores y para la memoria de las víctimas.
Callar la hipótesis del
odio, en un caso con estas características, es un acto político de
invisibilización.
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IV. El Cuerpo Como Texto: Fenomenología
Forense del Odio
4.1. El crimen de odio como acto de comunicación
La fenomenología forense
es la disciplina que estudia el cómo del crimen para desentrañar su porqué:
analiza la interacción entre el victimario, la víctima y la escena para
reconstruir la motivación subyacente que organizó la conducta del agresor. Su
premisa fundamental es que la escena no es aleatoria; es una construcción.
En los crímenes de odio,
esta construcción tiene una lógica específica que los distingue de otras formas
de violencia. Un crimen de odio no se define por la identidad de la víctima en
sí misma —su raza, su género, su orientación sexual— sino por el significado
que el victimario le asigna a esa identidad y por la función punitiva o
comunicativa que cumple el acto violento. El cuerpo de la víctima se convierte
en un soporte de mensajes: el mensaje al individuo que muere, el mensaje a la
comunidad que lo sobrevive, el mensaje a una sociedad que lo tolera o lo
condena en silencio.
4.2. Los tres patrones rectores de la escena de odio
La criminología
especializada en crímenes de odio contra personas LGBT+ ha identificado tres
patrones que se repiten con alta frecuencia en este tipo de hechos y que
permiten diferenciarlos del homicidio por robo, del crimen pasional o del
asesinato instrumental. Los tres patrones aparecen en la escena Gerónimo con
distintos grados de verificabilidad según las versiones disponibles.
El overkill o saturación de violencia
En el homicidio motivado
por el robo, la violencia ejerce una función instrumental y acotada:
neutralizar la resistencia de la víctima para consumar el despojo. Cuando el
objetivo se cumple, la violencia cesa. El crimen de odio, en cambio, exhibe lo
que la fenomenología forense denomina overkill: una violencia desmedida e
instrumental respecto de cualquier objetivo práctico. Los golpes continúan más
allá de la neutralización. El traumatismo facial grave de Gerónimo, su estado
de inconsciencia profunda y la severidad general de las lesiones constituyen un
índice de esta saturación. Se golpea para borrar, para castigar, para aniquilar
una identidad que el agresor percibe como inadmisible.
La degradación corporal como firma
La desnudez forzada y las
ataduras no son elementos accesorios de la escena: son su núcleo significativo.
En la lógica del crimen de odio contra varones homosexuales o bisexuales,
despojar a la víctima de sus ropas equivale a despojarla de su dignidad y de su
agencia. Las ataduras, en particular cuando se realizan con materiales
improvisados como cables de cargador, implican una preparación, un ejercicio
deliberado de asimetría de poder que excede ampliamente lo necesario para
consumar un robo. Hay un ritual de sometimiento cuyo objetivo no es el bolsillo
de la víctima sino su humanidad.
El trauma concentrado en
el rostro agrega otra dimensión: en los crímenes de odio con motivación
homofóbica, el golpe en la cara busca desfigurar la identidad, destruir la
imagen, borrar al sujeto como ser reconocible y digno.
La firma simbólica del espacio
Los crímenes de odio
contra personas LGBT+ ocurren frecuentemente en los propios espacios que las
víctimas usan para ejercer su vida afectiva o sexual: parques, baños públicos,
zonas de cruising. Esto no es una coincidencia de vecindad; es una elección deliberada
del agresor. El espacio es parte del mensaje. Violentar a una persona en el
lugar donde ejerce su sexualidad convierte ese lugar en un escenario punitivo
y, al hacerlo, extiende el terror a toda la comunidad que lo frecuenta. El
crimen en el acceso norte de Salta, en un punto que los propios medios
identificaron como zona de encuentros sexuales, sigue exactamente esta lógica.
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V. Proposiciones Forenses: Los Indicios que
la Crónica No Vio
5.1. La incongruencia del móvil económico
El primer indicio que
debilita la tesis del robo como hipótesis exclusiva es la permanencia del
teléfono celular de Gerónimo en la escena. En el robo de vehículo con uso de
violencia, los bienes de alto valor de reventa inmediata —teléfonos, carteras,
efectivo, elementos electrónicos— son los primeros en ser sustraídos. Son la
razón de ser del delito. El hecho de que el celular permaneciera en el lugar,
combinado con la presencia del automóvil con las puertas abiertas y sin señales
de haber sido forzado mecánicamente, sugiere que el foco de la acción estuvo
puesto en la persona y no en sus bienes.
Esto no descarta que el
agresor o los agresores tuvieran también motivaciones de despojo; los crímenes
de odio no son incompatibles con el robo. Lo que sí hace es imposibilitar que
el robo sea utilizado como explicación suficiente y excluyente del hecho.
5.2. La signatura de las ataduras con cables
Si se confirma el reporte
técnico que indica que la víctima tenía las muñecas atadas con cables de
cargador, este elemento adquiere una relevancia crucial para la tipificación.
Las ataduras con material improvisado implican dos cosas que un asalto de tránsito
no contempla: premeditación de algún grado y presencia sostenida en la escena.
Atar a una persona con
cables requiere tiempo. Requiere que el agresor permanezca en el lugar durante
ese proceso, lo que incrementa exponencialmente su riesgo de ser visto o
identificado. Un ladrón racional no hace esto a menos que el sometimiento del cuerpo
sea, en sí mismo, parte del objetivo. La inmovilización prolongada no es un
instrumento del robo; es el acto punitivo en sí.
5.3. La desnudez y el trauma facial como castigo identitario
La combinación de desnudez
forzada, ataduras y traumatismo facial en un espacio asociado a la disidencia
sexual construye una firma que la criminología específica de los crímenes de
odio reconoce con claridad. Cada uno de estos elementos, aislado, podría tener
otras explicaciones. Los tres juntos, en este escenario, configuran una
proposición indiciaria que la fiscalía está obligada a examinar.
La desnudez expone al
cuerpo y lo convierte en espectáculo de su propia derrota. Las ataduras someten
y ritualizan el sometimiento. El trauma en el rostro destruye la faz del
sujeto, ese espacio donde la identidad se hace visible y reconocible. Exponer ese
cuerpo golpeado y desnudo en la colectora de acceso a la ciudad no es un
descuido del agresor: es la culminación del acto comunicativo.
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VI. Los Motivos Sociales de la
Invisibilización: El Odio que No Se Nombra
6.1. La comodidad del rótulo penal
Existe una economía de lo
nombrable en la cultura policial y mediática argentina que tiende fuertemente
hacia los encuadres más simples. El robo, el asalto, la inseguridad son
categorías que no generan fricción institucional: no exigen revisar prácticas policiales,
no cuestionan estructuras sociales, no obligan a reconocer que ciertos grupos
humanos enfrentan una violencia cualitativamente diferente a la del delito
común. Nombrar un crimen de odio, en cambio, implica reconocer que la sociedad
produce ese odio, que lo incuba y que, en alguna medida, lo tolera.
El rótulo de la
inseguridad genérica es cómodo porque universaliza. Dice: cualquiera puede ser
víctima, todos estamos en riesgo, el problema es la delincuencia abstracta. El
crimen de odio es incómodo porque particulariza: dice que esta persona fue
asesinada por lo que era, y que eso tiene un nombre, y que ese nombre implica
una responsabilidad social.
6.2. La homofobia como fondo de pantalla cultural
La reacción de
culpabilización de la víctima que emergió en comentarios y redes sociales no es
una anomalía: es la expresión de una homofobia difusa, de baja intensidad
aparente, que estructura la percepción social de la disidencia sexual en buena
parte del país. Esta homofobia no necesita articularse como odio explícito;
basta con operar como trasfondo moral que convierte ciertos espacios en
culpables y ciertos cuerpos en merecedores de violencia.
El dispositivo es sutil
pero efectivo: no se dice que Gerónimo mereció morir; se dice que no debería
haber estado ahí. La lógica es la misma que durante décadas se aplicó a las
mujeres víctimas de violencia sexual: no debería haber salido sola, no debería
haberse vestido así. En ambos casos, el agresor desaparece de la ecuación moral
y la víctima queda bajo sospecha.
6.3. El silencio institucional como perpetuador de impunidad
Quizás el aspecto más
grave del caso no sea lo que ocurrió en la colectora oscura del ex peaje Aunor,
sino lo que no ocurrió después: la interpelación institucional, periodística y
civil sobre la naturaleza del crimen. Las organizaciones LGBT+ de Salta no
emitieron comunicados públicos en las primeras horas. Los medios con mayor
alcance no convocaron a especialistas en criminalística o en violencia de
género diversa. La fiscalía no dio señales de que los protocolos de perspectiva
de género hubieran sido activados.
Este silencio no es
inocente. En los casos de crímenes de odio, las primeras horas de investigación
son cruciales para preservar indicios, rastrear entornos digitales de la
víctima, identificar testigos del espacio y establecer si existían amenazas
previas. Cada hora que transcurre sin esa perspectiva es una hora de evidencia
potencialmente perdida y de impunidad potencialmente garantizada.
La impunidad estructural
de la violencia contra personas LGBT+ no requiere de conspiraciones ni de
voluntades explícitamente maliciosas. Se reproduce con mucha mayor eficiencia a
través de la inercia, del protocolo que no se aplica, de la pregunta que no se
formula, del término que nadie pronuncia.
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VII. Conclusión: La Obligación de Nombrar
El caso Gerónimo no ha
concluido. Al momento de la redacción de este ensayo, los resultados de la
autopsia y las pericias científicas están pendientes. Es posible que la
investigación arroje elementos que modifiquen o confirmen las proposiciones
forenses aquí desarrolladas. Lo que no es posible, sin embargo, es que esa
investigación sea conducida de manera metodológicamente responsable sin
incorporar la hipótesis del crimen de odio como hipótesis a verificar o a
descartar.
Minimizar el caso
reduciéndolo a un hecho más de la crónica policial no es solo un error
periodístico; es un error judicial y un error ético. La presencia de ataduras
improvisadas, la desnudez de la víctima, el trauma facial concentrado, la
preservación de objetos de valor y el anclaje geográfico del hecho en un
espacio de disidencia sexual constituyen, en conjunto, una firma que los
protocolos internacionales y nacionales de investigación obligan a examinar con
perspectiva de diversidad.
Detrás de esta obligación
metodológica hay una pregunta más profunda: ¿qué tipo de sociedad construye el
relato que elige sobre sus muertos? Una sociedad que encuadra la muerte de
Víctor Manuel Gerónimo exclusivamente en el léxico de la inseguridad urbana no
solo omite una verdad posible; también reproduce la estructura de valores que
hace posible ese tipo de violencia. El odio que no se nombra es el odio que no
se condena. Y el odio que no se condena es el odio que persiste.
La justicia forense no es
solo la que identifica al agresor y lo castiga; es también la que le devuelve a
cada víctima la especificidad de su muerte, el reconocimiento de quién era y
por qué fue atacada. Esa justicia, en el caso Gerónimo, todavía está en deuda.
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Nota metodológica
Este ensayo
fue elaborado sobre la base del relevamiento de medios locales y nacionales
disponible al 27 de mayo de 2026 y del análisis preliminar de las versiones del
hecho difundidas en ese período. No constituye una investigación judicial ni
reemplaza el resultado de las pericias forenses oficiales. Su propósito es
contribuir al debate académico y social sobre los marcos interpretativos
aplicados a la violencia contra personas de la comunidad LGBT+ en el contexto
salteño y argentino.

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