miércoles, 27 de mayo de 2026

El caso Gerónimo y la invisibilización del crimen de odio: El Cuerpo Como Escena

 

 

ENSAYO FORENSE

El Cuerpo Como Escena

El caso Gerónimo y la invisibilización del crimen de odio

 

Salta, mayo de 2026

 

"El crimen de odio no es solo un acto de violencia: es un acto de comunicación. El agresor habla al cuerpo de la víctima, pero su destinatario real es una comunidad entera."

— Fenomenología forense aplicada

I. Introducción: Cuando el Encuadre Distorsiona la Verdad

En la madrugada del lunes 25 de mayo de 2026, la ciudad de Salta despertó con una noticia que los medios locales encuadraron, casi sin excepción, bajo el rótulo de la inseguridad urbana: un hombre había sido hallado inconsciente, gravemente herido, en la zona del ex peaje Aunor, sobre el acceso norte a la capital provincial. Horas después, Víctor Manuel Gerónimo falleció en el Hospital San Bernardo.

La prensa salteña cubrió el hecho con la gramática familiar de la violencia delictiva: colectora oscura, zona de riesgo, auto con las puertas abiertas, víctima solitaria. Se construyó así un relato que, al mismo tiempo que informaba, clausuraba. La pregunta que este ensayo se propone formular —y que nadie parece dispuesto a hacer— es la siguiente: ¿qué se omite cuando la crónica policial gobierna en exclusiva la interpretación de un cuerpo?

Desde una perspectiva de análisis forense y crítica social, el caso Gerónimo presenta indicios que obligan a examinar la posibilidad de que el hecho constituya un crimen de odio fundado en la orientación sexual de la víctima. Esta hipótesis no es especulación: es el resultado de aplicar los protocolos criminológicos internacionales a la evidencia disponible. Lo relevante no es únicamente determinar si lo fue, sino comprender por qué esa pregunta resultó tan difícil de pronunciar.

II. Anatomía del Hecho: La Escena y sus Versiones

2.1. El hallazgo en el ex peaje Aunor

El cuerpo de Víctor Manuel Gerónimo fue descubierto en las inmediaciones del ex peaje Aunor, sobre la colectora norte de acceso a Salta Capital, en la zona conocida como Las Cabañas, próxima a la empresa de transporte Flecha Bus. La hora precisa del hallazgo no ha sido divulgada, aunque los informes coinciden en que el automóvil permaneció estacionado en el lugar durante aproximadamente cinco horas antes de ser notado por algún transeúnte o efectivo policial.

El hombre fue trasladado de urgencia por el SAMEC al Hospital San Bernardo con traumatismo facial grave y golpes múltiples. El primer informe hospitalario consignó, de manera que generó suspicacias entre los investigadores, la categoría de "muerte súbita"; la fiscalía actuante ordenó de inmediato la autopsia obligatoria y pericias en la escena, dada la evidente incompatibilidad entre ese diagnóstico y los signos visibles de violencia.

La causa quedó radicada en la Unidad de Graves Atentados contra las Personas (UGAP) y fue caratulada como muerte dudosa. Al cierre de este análisis, se encontraban pendientes los resultados de la autopsia, el estudio toxicológico y el relevamiento de cámaras de las empresas del corredor.

2.2. La fractura informativa: dos versiones, un silencio

Lo llamativo del caso Gerónimo no reside solo en el crimen sino también en cómo fue narrado. Desde las primeras horas, la cobertura mediática exhibió una fractura significativa entre versiones:

La versión policial-barrial, difundida por portales digitales de crónica roja como Salta Diario y sostenida por alertas vecinales en redes sociales, afirmó que Gerónimo fue encontrado atado de manos y desnudo, cerca de un canal de la zona, luego de haber sido víctima de un violento intento de robo de su vehículo.

La versión de los medios masivos, reproducida por El Tribuno, Hola Salta! e Infobae, ofreció una descripción más hermética: el hombre fue hallado inconsciente dentro o junto a su automóvil, con las puertas abiertas, en una colectora desolada. En estas versiones no se mencionó la desnudez ni las ataduras, y se incorporó un elemento ambiguo pero significativo: el teléfono celular de la víctima permanecía en el lugar.

Entre ambas versiones se abre el silencio más elocuente: ningún medio, ninguna fuente oficial, ningún comentarista introdujo siquiera de manera interrogativa la posibilidad de un crimen motivado por la identidad sexual de la víctima. Esa omisión, sostenida y uniforme, no es casual; es estructural.

III. El Termómetro Social: Reacciones, Sesgos y Estigma

3.1. El sentido común securitario

El rastreo de comentarios en portales de noticias locales y grupos de Facebook evidenció una reacción social homogénea en su primer nivel de lectura: la gran mayoría de los usuarios inscribió el hecho en el marco de la inseguridad urbana. La zona del ex peaje Aunor fue caracterizada como un punto negro de la delincuencia, zona liberada, lugar sin iluminación adecuada. La desnudez o las ataduras, cuando fueron mencionadas, fueron interpretadas como la saña propia de los ladrones actuales.

Este encuadre cumple una función social clara: absorbe la perturbación del crimen dentro de una narrativa conocida, la normaliza y la convierte en argumento para demandas pre-existentes (más policías, más luminarias, más cámaras). No interpela al sistema; lo refuerza. La víctima queda subsumida en la estadística de la inseguridad y su singularidad, su nombre, su historia, su posible vulnerabilidad diferencial, se diluye.

3.2. La culpabilización de la víctima: el dispositivo del "por algo habrá estado"

Un segundo nivel de reacción, más inquietante, emergió cuando comenzó a circular en medios y comentarios la información de que la colectora donde fue hallado Gerónimo es utilizada habitualmente como espacio de encuentros sexuales entre varones. A partir de ese momento, el tono de la conversación pública mutó.

Comentarios con fuerte carga moralista y homofóbica comenzaron a filtrar la idea de que la víctima, por el solo hecho de frecuentar ese tipo de espacio, había asumido un riesgo previsible, casi merecido. La lógica implícita es devastadora en su crueldad: si estabas en ese lugar, algo habrías estado haciendo; si algo habrías estado haciendo, lo que te pasó era esperable. La sexualidad disidente se convierte así en atenuante del agresor y en factor de culpabilidad de la víctima.

Este mecanismo tiene nombre en la criminología de género: es la victimización secundaria, producida no por el agresor sino por el entorno social e institucional que juzga a la víctima en lugar de al crimen. En los casos de violencia contra personas LGBT+, la victimización secundaria actúa como un borrador que elimina la especificidad del odio y lo reemplaza por la supuesta imprudencia o la culpa moral del agredido.

3.3. La omisión institucional y mediática como acto político

La ausencia más significativa en la cobertura del caso Gerónimo no es la de datos o fuentes: es la ausencia de un enfoque. Ningún medio salteño, ninguna declaración oficial de la UGAP, ningún comunicado de organizaciones de derechos humanos incorporó, en las primeras horas, el concepto de crimen de odio como hipótesis de trabajo.

Esta omisión no es solo periodística; es institucional. Los protocolos de investigación penal de perspectiva de género, establecidos por la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (UFEM) y extendibles a casos de violencia por orientación sexual, obligan a los fiscales a indagar preliminarmente si la motivación del ataque está ligada a la identidad de género o a la orientación sexual de la víctima, en especial cuando la escena presenta componentes de humillación corporal y exposición. No hacerlo no es una omisión técnica: es una decisión que tiene consecuencias para la tipificación del delito, para la búsqueda de los autores y para la memoria de las víctimas.

Callar la hipótesis del odio, en un caso con estas características, es un acto político de invisibilización.

IV. El Cuerpo Como Texto: Fenomenología Forense del Odio

4.1. El crimen de odio como acto de comunicación

La fenomenología forense es la disciplina que estudia el cómo del crimen para desentrañar su porqué: analiza la interacción entre el victimario, la víctima y la escena para reconstruir la motivación subyacente que organizó la conducta del agresor. Su premisa fundamental es que la escena no es aleatoria; es una construcción.

En los crímenes de odio, esta construcción tiene una lógica específica que los distingue de otras formas de violencia. Un crimen de odio no se define por la identidad de la víctima en sí misma —su raza, su género, su orientación sexual— sino por el significado que el victimario le asigna a esa identidad y por la función punitiva o comunicativa que cumple el acto violento. El cuerpo de la víctima se convierte en un soporte de mensajes: el mensaje al individuo que muere, el mensaje a la comunidad que lo sobrevive, el mensaje a una sociedad que lo tolera o lo condena en silencio.

4.2. Los tres patrones rectores de la escena de odio

La criminología especializada en crímenes de odio contra personas LGBT+ ha identificado tres patrones que se repiten con alta frecuencia en este tipo de hechos y que permiten diferenciarlos del homicidio por robo, del crimen pasional o del asesinato instrumental. Los tres patrones aparecen en la escena Gerónimo con distintos grados de verificabilidad según las versiones disponibles.

El overkill o saturación de violencia

En el homicidio motivado por el robo, la violencia ejerce una función instrumental y acotada: neutralizar la resistencia de la víctima para consumar el despojo. Cuando el objetivo se cumple, la violencia cesa. El crimen de odio, en cambio, exhibe lo que la fenomenología forense denomina overkill: una violencia desmedida e instrumental respecto de cualquier objetivo práctico. Los golpes continúan más allá de la neutralización. El traumatismo facial grave de Gerónimo, su estado de inconsciencia profunda y la severidad general de las lesiones constituyen un índice de esta saturación. Se golpea para borrar, para castigar, para aniquilar una identidad que el agresor percibe como inadmisible.

La degradación corporal como firma

La desnudez forzada y las ataduras no son elementos accesorios de la escena: son su núcleo significativo. En la lógica del crimen de odio contra varones homosexuales o bisexuales, despojar a la víctima de sus ropas equivale a despojarla de su dignidad y de su agencia. Las ataduras, en particular cuando se realizan con materiales improvisados como cables de cargador, implican una preparación, un ejercicio deliberado de asimetría de poder que excede ampliamente lo necesario para consumar un robo. Hay un ritual de sometimiento cuyo objetivo no es el bolsillo de la víctima sino su humanidad.

El trauma concentrado en el rostro agrega otra dimensión: en los crímenes de odio con motivación homofóbica, el golpe en la cara busca desfigurar la identidad, destruir la imagen, borrar al sujeto como ser reconocible y digno.

La firma simbólica del espacio

Los crímenes de odio contra personas LGBT+ ocurren frecuentemente en los propios espacios que las víctimas usan para ejercer su vida afectiva o sexual: parques, baños públicos, zonas de cruising. Esto no es una coincidencia de vecindad; es una elección deliberada del agresor. El espacio es parte del mensaje. Violentar a una persona en el lugar donde ejerce su sexualidad convierte ese lugar en un escenario punitivo y, al hacerlo, extiende el terror a toda la comunidad que lo frecuenta. El crimen en el acceso norte de Salta, en un punto que los propios medios identificaron como zona de encuentros sexuales, sigue exactamente esta lógica.

V. Proposiciones Forenses: Los Indicios que la Crónica No Vio

5.1. La incongruencia del móvil económico

El primer indicio que debilita la tesis del robo como hipótesis exclusiva es la permanencia del teléfono celular de Gerónimo en la escena. En el robo de vehículo con uso de violencia, los bienes de alto valor de reventa inmediata —teléfonos, carteras, efectivo, elementos electrónicos— son los primeros en ser sustraídos. Son la razón de ser del delito. El hecho de que el celular permaneciera en el lugar, combinado con la presencia del automóvil con las puertas abiertas y sin señales de haber sido forzado mecánicamente, sugiere que el foco de la acción estuvo puesto en la persona y no en sus bienes.

Esto no descarta que el agresor o los agresores tuvieran también motivaciones de despojo; los crímenes de odio no son incompatibles con el robo. Lo que sí hace es imposibilitar que el robo sea utilizado como explicación suficiente y excluyente del hecho.

5.2. La signatura de las ataduras con cables

Si se confirma el reporte técnico que indica que la víctima tenía las muñecas atadas con cables de cargador, este elemento adquiere una relevancia crucial para la tipificación. Las ataduras con material improvisado implican dos cosas que un asalto de tránsito no contempla: premeditación de algún grado y presencia sostenida en la escena.

Atar a una persona con cables requiere tiempo. Requiere que el agresor permanezca en el lugar durante ese proceso, lo que incrementa exponencialmente su riesgo de ser visto o identificado. Un ladrón racional no hace esto a menos que el sometimiento del cuerpo sea, en sí mismo, parte del objetivo. La inmovilización prolongada no es un instrumento del robo; es el acto punitivo en sí.

5.3. La desnudez y el trauma facial como castigo identitario

La combinación de desnudez forzada, ataduras y traumatismo facial en un espacio asociado a la disidencia sexual construye una firma que la criminología específica de los crímenes de odio reconoce con claridad. Cada uno de estos elementos, aislado, podría tener otras explicaciones. Los tres juntos, en este escenario, configuran una proposición indiciaria que la fiscalía está obligada a examinar.

La desnudez expone al cuerpo y lo convierte en espectáculo de su propia derrota. Las ataduras someten y ritualizan el sometimiento. El trauma en el rostro destruye la faz del sujeto, ese espacio donde la identidad se hace visible y reconocible. Exponer ese cuerpo golpeado y desnudo en la colectora de acceso a la ciudad no es un descuido del agresor: es la culminación del acto comunicativo.

VI. Los Motivos Sociales de la Invisibilización: El Odio que No Se Nombra

6.1. La comodidad del rótulo penal

Existe una economía de lo nombrable en la cultura policial y mediática argentina que tiende fuertemente hacia los encuadres más simples. El robo, el asalto, la inseguridad son categorías que no generan fricción institucional: no exigen revisar prácticas policiales, no cuestionan estructuras sociales, no obligan a reconocer que ciertos grupos humanos enfrentan una violencia cualitativamente diferente a la del delito común. Nombrar un crimen de odio, en cambio, implica reconocer que la sociedad produce ese odio, que lo incuba y que, en alguna medida, lo tolera.

El rótulo de la inseguridad genérica es cómodo porque universaliza. Dice: cualquiera puede ser víctima, todos estamos en riesgo, el problema es la delincuencia abstracta. El crimen de odio es incómodo porque particulariza: dice que esta persona fue asesinada por lo que era, y que eso tiene un nombre, y que ese nombre implica una responsabilidad social.

6.2. La homofobia como fondo de pantalla cultural

La reacción de culpabilización de la víctima que emergió en comentarios y redes sociales no es una anomalía: es la expresión de una homofobia difusa, de baja intensidad aparente, que estructura la percepción social de la disidencia sexual en buena parte del país. Esta homofobia no necesita articularse como odio explícito; basta con operar como trasfondo moral que convierte ciertos espacios en culpables y ciertos cuerpos en merecedores de violencia.

El dispositivo es sutil pero efectivo: no se dice que Gerónimo mereció morir; se dice que no debería haber estado ahí. La lógica es la misma que durante décadas se aplicó a las mujeres víctimas de violencia sexual: no debería haber salido sola, no debería haberse vestido así. En ambos casos, el agresor desaparece de la ecuación moral y la víctima queda bajo sospecha.

6.3. El silencio institucional como perpetuador de impunidad

Quizás el aspecto más grave del caso no sea lo que ocurrió en la colectora oscura del ex peaje Aunor, sino lo que no ocurrió después: la interpelación institucional, periodística y civil sobre la naturaleza del crimen. Las organizaciones LGBT+ de Salta no emitieron comunicados públicos en las primeras horas. Los medios con mayor alcance no convocaron a especialistas en criminalística o en violencia de género diversa. La fiscalía no dio señales de que los protocolos de perspectiva de género hubieran sido activados.

Este silencio no es inocente. En los casos de crímenes de odio, las primeras horas de investigación son cruciales para preservar indicios, rastrear entornos digitales de la víctima, identificar testigos del espacio y establecer si existían amenazas previas. Cada hora que transcurre sin esa perspectiva es una hora de evidencia potencialmente perdida y de impunidad potencialmente garantizada.

La impunidad estructural de la violencia contra personas LGBT+ no requiere de conspiraciones ni de voluntades explícitamente maliciosas. Se reproduce con mucha mayor eficiencia a través de la inercia, del protocolo que no se aplica, de la pregunta que no se formula, del término que nadie pronuncia.

VII. Conclusión: La Obligación de Nombrar

El caso Gerónimo no ha concluido. Al momento de la redacción de este ensayo, los resultados de la autopsia y las pericias científicas están pendientes. Es posible que la investigación arroje elementos que modifiquen o confirmen las proposiciones forenses aquí desarrolladas. Lo que no es posible, sin embargo, es que esa investigación sea conducida de manera metodológicamente responsable sin incorporar la hipótesis del crimen de odio como hipótesis a verificar o a descartar.

Minimizar el caso reduciéndolo a un hecho más de la crónica policial no es solo un error periodístico; es un error judicial y un error ético. La presencia de ataduras improvisadas, la desnudez de la víctima, el trauma facial concentrado, la preservación de objetos de valor y el anclaje geográfico del hecho en un espacio de disidencia sexual constituyen, en conjunto, una firma que los protocolos internacionales y nacionales de investigación obligan a examinar con perspectiva de diversidad.

Detrás de esta obligación metodológica hay una pregunta más profunda: ¿qué tipo de sociedad construye el relato que elige sobre sus muertos? Una sociedad que encuadra la muerte de Víctor Manuel Gerónimo exclusivamente en el léxico de la inseguridad urbana no solo omite una verdad posible; también reproduce la estructura de valores que hace posible ese tipo de violencia. El odio que no se nombra es el odio que no se condena. Y el odio que no se condena es el odio que persiste.

La justicia forense no es solo la que identifica al agresor y lo castiga; es también la que le devuelve a cada víctima la especificidad de su muerte, el reconocimiento de quién era y por qué fue atacada. Esa justicia, en el caso Gerónimo, todavía está en deuda.

Nota metodológica

Este ensayo fue elaborado sobre la base del relevamiento de medios locales y nacionales disponible al 27 de mayo de 2026 y del análisis preliminar de las versiones del hecho difundidas en ese período. No constituye una investigación judicial ni reemplaza el resultado de las pericias forenses oficiales. Su propósito es contribuir al debate académico y social sobre los marcos interpretativos aplicados a la violencia contra personas de la comunidad LGBT+ en el contexto salteño y argentino.

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