domingo, 10 de mayo de 2026

La Subse “trans”. La fiesta como umbral: apuntes sobre un encuentro posible

Cuando Julieta Valencia, subsecretaria de Género de Salta, eligió estar en la celebración trans por los catorce años de la Ley de Identidad de Género, algo ocurrió que no estaba en el programa. No fue protocolo ni foto de gestión: fue un gesto de reconocimiento mutuo en un espacio cargado de memoria y de reparación histórica pendiente. El Estado provincial reconocía a la comunidad como interlocutora política legítima; la comunidad ofrecía, con todos sus reparos históricos sobre la mesa, una apertura condicional hacia quien llegaba con credenciales institucionales y señales de escucha. Este ensayo explora esa posibilidad sin ingenuidad y sin cinismo: como un doble compromiso frágil, construido sobre los escombros de la desconfianza, en un contexto de repliegue nacional que vuelve urgente preguntarse si el Estado provincial puede convertirse en valla de contención. Por ahora, la respuesta honesta es: todavía no se sabe. Pero hay indicios que merecen atención.


Reflexiones en torno a la presencia de Julieta Valencia en la mímica trans de Salta

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

 

Momento en la fiesta conmemorativa a 14 años de la sanción de la ley de Identidad de Gènero
En La Ventolera. Julieta Valencia conoce la interpretación mímica de la activista Mary Robles 


Hay gestos que no caben del todo en el protocolo. Que exceden el acta, la foto oficial y el comunicado de prensa. La presencia de Julieta Valencia, subsecretaria de Género de la provincia de Salta, en la celebración de los catorce años de la Ley de Identidad de Género —esa noche de mímicas, de divas dobladas y de cuerpos que reclaman escenario— podría ser uno de esos gestos. O podría no serlo. Esa ambigüedad no es un defecto del análisis: es, precisamente, su punto de partida.

La celebración estuvo organizada por organizaciones sociales históricas y centrales en el espacio político de las luchas de la comunidad en Salta y sus membresías nacionales: MTA Salta y ATTA Salta, junto a La Ventolera y nuevas expresiones de institucionalidades de la diversidad: Ballroom Salta, Magika producciones, y ool Moon in Gemini. 

Lo que aquí se propone no es una celebración prematura ni una condena anticipada. Es algo más difícil y más honesto: la exploración de una posibilidad. La hipótesis de que ese encuentro —entre una funcionaria del Estado provincial y una comunidad que ha aprendido a sobrevivir a pesar del Estado— podría estar inaugurando algo que merece, al menos, ser pensado con cuidado.

 

El altar y la funcionaria

Para entender el peso de ese encuentro hay que entender primero qué es la mímica trans en Salta. No es entretenimiento en el sentido burgués del término. No es una velada de variedades. Es un ritual de memoria y de reparación, una liturgia laica donde las mujeres de la generación histórica —aquellas que cargaron en el cuerpo las razzias, los calabozos, la persecución policial sistemática— recuperan la soberanía sobre sus propias historias a través del doblaje de divas. Cada playback es también un desagravio. Cada peluca, un acto de justicia poética.

En ese espacio —denso, cargado, irreducible a cualquier relato oficial— apareció la subsecretaria. Y esa aparición podría leerse, si se quisiera ser cauteloso, como un reconocimiento doble y mutuamente orientado: el Estado provincial reconociendo a la comunidad como interlocutora política legítima; la comunidad ofreciendo, con todos sus reparos históricos bien puestos sobre la mesa, una apertura condicional hacia quien llega con credenciales institucionales pero también, al parecer, con voluntad de escucha.

Podría leerse así. Esa es la posibilidad que vale la pena explorar.

 

La herencia de la desconfianza

Pero antes de avanzar es necesario detenerse en lo que la comunidad trans de Salta trae consigo cuando se sienta a negociar con cualquier representante del Estado. Trae décadas de promesas incumplidas. Trae la memoria de los edictos policiales que criminalizaban la identidad de género mucho antes de que esa expresión existiera en el vocabulario jurídico. Trae los transfemicidios sin condena, las denuncias que se extraviaron en pasillos judiciales, los programas que florecieron en gestiones anteriores y se marchitaron con el cambio de administración. Trae, sobre todo, el conocimiento íntimo de que la voluntad política de un funcionario puede ser genuina y, aun así, insuficiente frente a las inercias institucionales.

Esa desconfianza no es paranoia. Es epistemología. Es el resultado de un aprendizaje histórico que costó caro. Y es, paradójicamente, la condición de posibilidad de cualquier alianza real: porque solo quien conoce el riesgo puede evaluar si vale la pena correrlo.

Desde esa suspicacia fundada —y no desde ningún otro lugar— es que se puede formular algo parecido a un voto de confianza.


 

Lo que la gestión podría estar ofreciendo

Julieta Valencia llegó a la Subsecretaría de Género en enero de 2026 con un perfil técnico: licenciada en Ciencia Política, especializada en Administración Pública. En un contexto de desfinanciamiento nacional acelerado, ese perfil no es un detalle menor. Cuando los recursos económicos se retiran, lo que queda —si algo queda— es la capacidad de articular redes institucionales, de gestionar con lo poco que hay, de hacer que los engranajes del Estado sean menos hostiles para quienes históricamente los sufrieron.

En ese sentido, algunas de las líneas de trabajo que Valencia ha esbozado merecen atención, aunque siempre bajo la condición del condicional gramatical: si se sostienen, si se profundizan, si no se disuelven en el primer cambio de prioridades. La propuesta de capacitar a personal policial en comunicación asertiva y habilidades de escucha, por ejemplo, podría parecer una medida cosmética. Pero pensada desde adentro del sistema, desde quien sabe que una denuncia bien caratulada es la diferencia entre justicia a tiempo y justicia que no llega, esa propuesta adquiere otro relieve. Si la policía aprende a no revictimizar en la primera escucha, si aprende a nombrar correctamente lo que denuncia, el efecto en cascada sobre la calidad de las intervenciones judiciales podría ser real. No es la transformación estructural que se necesita. Pero podría ser un punto de palanca, uno de esos pequeños cambios técnicos que tienen efectos políticos desproporcionados.

La apuesta por la "calidad de la primera escucha" como eje de gestión también señala algo: que hay una comprensión, al menos discursiva, de que el contacto entre el Estado y las personas en situación de vulnerabilidad no ocurre en los documentos de política pública sino en el momento en que alguien cruza una puerta y se enfrenta a un mostrador. Si esa comprensión se traduce en protocolos concretos en el Polo de la Mujer —ese espacio de atención ampliada que funciona de ocho a veinte horas—, el impacto cotidiano podría sentirse.

 

El lenguaje del cuerpo presente

Pero volvamos a la fiesta, porque la fiesta es el núcleo de todo esto.

Discursos de referenes de la comunidad LGBT en Salta, en La Ventolera


Cuando una funcionaria del Estado elige estar en ese espacio —no en la conferencia de prensa, no en el acto institucional con formato de acto institucional, sino en la celebración comunitaria, en el calor del ritual, frente al escenario donde las históricas doblan a sus divas— está comunicando algo que ningún comunicado puede comunicar. Está diciendo, con el lenguaje del cuerpo presente, que reconoce la legitimidad política de esa alegría. Que la alegría trans no es un asunto privado ni un espectáculo tolerado, sino un hecho político que merece testigos institucionales.

Ese gesto podría ser el inicio de algo. O podría ser, como tantas veces antes, un gesto que no se sostiene en el tiempo, que no se traduce en presupuesto ni en política concreta, que se agota en la foto y en el abrazo. La comunidad trans de Salta tiene razones sobradas para sospechar de ambas interpretaciones con igual intensidad.

Lo que hace interesante este momento, sin embargo, es que el contexto nacional le otorga al gesto una densidad particular. En un escenario donde el gobierno federal ha dado marcha atrás en políticas de diversidad con una velocidad que asusta, donde los discursos estigmatizantes han recuperado legitimidad pública, donde la violencia simbólica y material contra las personas LGBTIQ+ se ha intensificado, la subsistencia de una Subsecretaría de Género activa a nivel provincial no es poca cosa. Y que esa subsecretaría elija el camino del diálogo y la presencia en lugar del repliegue burocrático es, al menos, una señal que merece ser leída.

 

Una alianza bajo condición

Hay una figura que parece adecuada para nombrar lo que podría estar construyéndose aquí: la alianza de supervivencia. No la alianza de la abundancia, que reparte recursos y celebra conquistas. Sino la que se forja cuando ambas partes tienen algo que perder y algo que ofrecer en un momento de contracción general. La Subsecretaría ofrece institucionalidad, articulación interinstitucional, la posibilidad —condicional, siempre condicional— de que el Estado provincial funcione como una valla de contención frente al retroceso nacional. La comunidad ofrece su memoria, su organización, su capacidad de visibilizar lo que el poder preferiría mantener invisible, su conocimiento situado de las violencias que ningún informe estadístico puede capturar del todo.

Esa alianza, si se construye con honestidad sobre los escombros de la desconfianza histórica, podría producir algo valioso. No la transformación estructural que la justicia exige —esa sigue siendo una deuda del sistema en su conjunto— sino quizás algo más inmediato y más urgente: la posibilidad de que en Salta, en este momento difícil, las personas trans encuentren en el Estado provincial un interlocutor real y no un espejo de indiferencia.

Es una posibilidad. No una certeza. Un horizonte que vale la pena mantener abierto, con los ojos bien puestos en lo que la gestión efectivamente haga con el tiempo que tiene por delante.

 

Porque la fiesta termina, el escenario se desarma, las divas vuelven a ser personas que caminan por una ciudad que no siempre las cuida. Y lo que queda, después de la última mímica, es la pregunta de siempre: ¿en quién se puede confiar, y bajo qué condiciones?

Por ahora, la respuesta honesta es: todavía no se sabe. Pero hay indicios que merecen atención. Y eso, en el contexto actual, no es poco.

Doblar la Diva, Sostener la Vida. La Celebración de los 14 años de la ley de identidad de género en La Ventolera

En Salta, a catorce años de la sanción de la Ley de Identidad de Género, un escenario se convirtió en altar. Organizada por el Movimiento Trans Argentino Salta, ATTA Salta, La Ventolera, Ballroom Salta, Magika Producciones y Full Moon in Gemini, la celebración reunió en un mismo espacio la memoria de las que resistieron sin ley y la vitalidad de quienes construyen presente. Las históricas —mujeres trans que promedian los sesenta años y sobrevivieron a los edictos policiales, a la exclusión sistemática, a la muerte prematura como destino administrado— volvieron a doblar a sus divas. No por nostalgia: por soberanía. El fonomímico, esa tecnología de resistencia nacida en la clandestinidad, demostró una vez más que en comunidades donde el Estado llegó tarde y mal, la alegría no es evasión sino trinchera. Este ensayo describe lo que ocurrió esa noche y pregunta por qué importa.

Pía Ceballos abre el espacio de discursos en la conmemoración


Doblar la Diva, Sostener la Vida

Mímica trans en Salta: resistencia, memoria y política en el escenario

A catorce años de la Ley de Identidad de Género 26.743

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

 

“La mímica es el cordón umbilical que une la resistencia del pasado con la visibilidad del presente”.

I. Antes de que empezara la música

Hay eventos que no caben en la categoría de espectáculo. Que desbordan el escenario, la iluminación, el micrófono de pie y el telón. La celebración organizada en Salta a catorce años de la sanción de la Ley de Identidad de Género fue, indudablemente, uno de esos eventos. No se trató de un show. Se trató de un ritual. Un acto colectivo de memoria, de reparación y de alegría política protagonizado por mujeres que hicieron de la sobrevivencia un arte y del arte una forma de sobrevivencia.

Convocado y organizado por un arco de organizaciones que recorre toda la densidad histórica y la vitalidad emergente del activismo LGBTIQ+ salteño —el Movimiento Trans Argentino Salta (MTA Salta), la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina Salta (ATTA Salta), la veterana La Ventolera junto a las nuevas institucionalidades de la escena: Ballroom Salta, Magika Producciones y Full Moon in Gemini—, la noche reunió en un mismo espacio lo que la ciudad suele mantener separado: el pasado y el presente de las luchas trans, la generación que construyó derechos en los márgenes y la que los habita como herencia conquistada.

Intento aquí describir lo que sucedió anoche en La Ventolera. Y también de explicar por qué importa.

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II. Quiénes hicieron la fiesta: una genealogía política

MTA Salta y ATTA Salta: la memoria organizada

Las siglas MTA y ATTA no son simples nombres. Son coordenadas en el mapa político de las luchas trans argentinas. El Movimiento Trans Argentino y la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de Argentina tienen en su haber décadas de militancia, de cuerpos en la calle, de reuniones donde se discutió qué reclamar, cómo reclamarlo y a quién. Sus filiales salteñas llevan esa historia y la inscriben en el territorio específico del NOA: una región atravesada por conservadurismo religioso, por desigualdades económicas profundas, por una geografía donde la distancia entre los pueblos del interior y las estructuras de derechos puede medirse en horas de ruta y en décadas de abandono institucional.

En Salta, ambas organizaciones han sido interlocutoras ineludibles con el Estado provincial, operadoras de programas de acompañamiento, articuladoras de redes de cuidado comunitario. Han denunciado, han negociado, han sostenido. Y han celebrado: porque la celebración, en una comunidad con los indicadores de mortalidad temprana que arrastra la población trans argentina, no es un lujo sino una necesidad política. Cada cumpleaños que se festeja es una victoria contra la estadística.

La Ventolera: el nombre que viene de antes

La Ventolera tiene en el activismo salteño la condición de lo que en una familia se llama la mayor, porque con sus años de existencia se ha institucionalizado como un espacio amigable a la comunidad y resistente en propuesta que une gastronomía y cultura.

Ballroom Salta, Magika Producciones y Full Moon in Gemini: el presente que llega

Junto a las organizaciones históricas, la noche también fue posible gracias a las energías de un activismo más reciente y de estéticas nuevas. Ballroom Salta trae al campo del activismo una tradición que viene del underground neoyorquino de los años ochenta y que encontró en América Latina un suelo fértil: los balls, las casas, los voguing como práctica de autoafirmación y competencia estética entre comunidades negras y latinas LGBTIQ+ excluidas. Que Ballroom exista en Salta como espacio organizado dice algo sobre la capacidad de una ciudad periférica para absorber y resignificar lenguajes globales sin perder su especificidad territorial.

Magika Producciones y Full Moon in Gemini representan, a su modo, la institucionalización de una escena que antes dependía enteramente de la informalidad y el boca a boca. Son la prueba de que hay una economía cultural de la diversidad en Salta, todavía pequeña y frágil, pero existente y en crecimiento. Al organizarse para producir un evento de esta naturaleza, estas nuevas expresiones demuestran que la fiesta trans no es solo herencia: también es proyecto.

La suma de estas organizaciones sobre un mismo escenario es, en sí misma, un argumento político. Dice que la comunidad trans salteña no es homogénea ni está encapsulada en una sola sigla. Dice que hay generaciones, que hay estéticas, que hay debates internos, y que todos esos vectores pueden converger en una noche sin borrarse mutuamente.

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III. El fonomímico como tecnología de resistencia

Un arte que nació en la clandestinidad

Para comprender lo que ocurrió anoche durante la actuación de la consagrada militante y activista Mary Robles, es necesario entender qué es la mímica trans —el fonomímico, como se la llama en la tradición comunitaria— y de dónde viene. No es un género artístico nacido en el teatro o en los conservatorios. Es una práctica que emergió en los márgenes: en las fiestas cerradas de casas particulares, en los cabarets que toleraban la presencia trans siempre que fuera en el escenario y no en la clientela, en los boliches nocturnos que quedaban abiertos cuando el mundo diurno ya había bajado sus persianas.

Para la generación que hoy promedia los sesenta años —las llamadas históricas, las que sobrevivieron a los edictos policiales, a la pandemia del VIH sin acceso a salud, a la exclusión familiar y laboral sistemática—, el fonomímico no fue un pasatiempo. Fue el primer territorio de libertad. Antes de que existiera un marco legal que reconociera su nombre, su género y su cuerpo, el escenario era el único lugar donde podían ser plenamente lo que eran. Doblar a una diva era, en ese contexto, mucho más que imitar: era un acto de soberanía.

La voz prestada como operación política

En una época en que la voz propia de las personas trans era frecuentemente el primer marcador de la sospecha —el indicio que delataba ante los agentes del orden lo que los códigos de faltas llamaban 'escándalo en la vía pública' o 'atentado al pudor'—, tomar prestada la voz de una cantante consagrada era una operación de una inteligencia táctica notable. No se trataba de ocultar: se trataba de desplazar la mirada social desde la marginalidad hacia la excelencia. Al encarnar a Estela Raval, a Valeria Lynch, a Mina o a Dalida, la intérprete trans no decía 'soy como ella'. Decía algo más complejo y más poderoso: 'en mi cuerpo cabe toda esta potencia'.

El teórico venezolano José Muñoz llamó a esta operación 'desidentificación': no la imitación pura ni el rechazo absoluto, sino el uso estratégico de los materiales de la cultura dominante para producir sentidos que esa cultura no autorizaba. La mímica trans argentina es, en ese sentido, una práctica desidentificatoria avant la lettre: tomó los géneros musicales populares, los cuerpos de las divas heterosexuales, el glamour de las lentejuelas, y los reconfiguró para decir verdades que de otro modo habrían sido silenciadas.

La elección de las canciones como manifiesto biográfico

En la tradición del fonomímico trans, la elección de la canción nunca es inocente. No se dobla cualquier cosa. Se elige la canción que dice lo que el cuerpo no puede decir de otro modo. Las letras de amor imposible, de amor que persiste contra todo pronóstico, de mujeres que se niegan a ser borradas del mapa: todas estas narrativas resuenan con una fuerza política específica cuando la intérprete es una mujer trans de sesenta años en Salta.

Significan haber sobrevivido a los edictos. Significan haber llegado a esta noche desde un pasado donde llegar a esta noche no estaba garantizado. Cada verso sobre la resistencia, sobre la dignidad, sobre el amor que no cede, funciona como un currículum vitae implícito: estas son las coordenadas de mi trayectoria, este es el peso de lo que cargué, esto es lo que no me pudieron quitar.

El cuerpo como archivo

Lo que el video del evento captura —y lo que el ojo del espectador presente puede ver con aún más nitidez— es la gestualidad específica de las intérpretes. El movimiento de las manos, el porte de la cabeza, la forma en que los ojos interpelan a la audiencia: todo esto remite a un entrenamiento aprendido en la clandestinidad, transmitido de generación en generación sin academias ni programas de estudio, por observación y repetición en los espacios de la comunidad.

El cuerpo trans histórico es, en ese sentido, un archivo vivo. Lleva en su gestualidad la memoria de noches que no están registradas en ninguna hemeroteca, de celebraciones que no tuvieron cobertura periodística ni documentación institucional. Cuando una de las históricas sube al escenario y dobla su canción, está haciendo visible ese archivo: está diciendo 'esto estuvo siempre acá, aunque nadie lo viera'.

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IV. El escenario como altar


Lo que había detrás de la intérprete

Detrás del escenario, la muestra fotográfica y las banderas que decoraban el espacio no eran una ambientación: eran una declaración de principios. En la comunidad trans argentina, celebrar implica siempre recordar a las ausentes. El promedio de vida de una mujer trans en Argentina sigue siendo dramáticamente bajo, resultado de décadas de exclusión del sistema de salud, de la educación formal, del mercado de trabajo regular. Muchas de las que podrían haber estado en ese escenario no llegaron. Las fotos y las banderas son el modo en que la comunidad se niega a olvidarlas.

El escenario se convierte así en un altar, en el sentido más amplio y menos religioso del término: un lugar donde los vivos se comunican con los muertos, donde la alegría del presente reconoce la deuda con el sufrimiento del pasado, donde la celebración y el duelo no se excluyen sino que se habitan simultáneamente.

Salta como territorio específico

Realizar este ritual en Salta añade capas de sentido que no existirían en otro lugar. La provincia tiene una identidad cultural marcada por la religiosidad católica, por tradiciones que se presentan a sí mismas como eternas e inamovibles, por un sentido de 'lo salteño' que históricamente ha excluido lo que no encaja en sus definiciones de normalidad. Que la mímica trans ocurra en el corazón de esa ciudad es una interrupción de ese relato. Es la demostración de que la identidad trans es parte constitutiva del tejido social salteño, no un elemento foráneo que llegó de Buenos Aires o de los medios de comunicación.

Las mujeres que actúan esos rituales de resistencia mímica, como Mary Robles en la noche de la conmemoración de los 14 años, son salteñas. Pueden venir del interior de la provincia, de los valles y los quebrachales, de los pueblos del Chaco salteño donde crecer diferente es crecer en el riesgo constante del rechazo familiar. La posibilidad de su presencia en espacios como La Ventolera,  es también un mapa de la provincia: un mapa de todo lo que la provincia contiene y que sus relatos oficiales prefieren no ver.

El diálogo intergeneracional

Uno de los aspectos más significativos de la noche fue la convivencia de generaciones en la sala y en el escenario. La histórica Mary Robles, que dobla a sus divas, Carolina Garzón y muchas presentes que estaban y no actuaron,  comparten el espacio con jóvenes que crecieron con la Ley 26.743 ya sancionada, que tuvieron acceso —imperfecto, desigual, a veces tardío, pero acceso al fin— a documentos de identidad que las nombraban correctamente desde el inicio de su trayectoria adulta.

Esa convivencia no es solo simbólica. Es pedagógica. Ver a una trans de sesenta años y sus amigas generacionales en el escenario es conectar con una genealogía que los libros de historia no registran. Es entender que los derechos que hoy se ejercen fueron posibles porque alguien los habitó antes en el cuerpo, sin ley que los respaldara, con puro deseo de existir como sostén. La mímica es el cordón umbilical que une la resistencia del pasado con la visibilidad del presente.

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V. La fiesta como estrategia política

La alegría como trinchera

Hay una tradición en el pensamiento político que desconfía de la alegría: la ve como distracción, como despolitización, como el opio de los oprimidos. Esa tradición se equivoca, al menos en este caso. La alegría trans no es evasión: es una afirmación ontológica. Es el rechazo activo de la narrativa que dice que las vidas trans merecen sufrimiento, marginalidad y muerte temprana. Celebrar es decir 'no': no a esa narrativa, no a ese destino, no a esa definición de lo que se merece.

En el contexto político actual —con un gobierno nacional que ha desmantelado políticas de diversidad con una velocidad que asusta, con discursos estigmatizantes que han recuperado legitimidad en el espacio público, con una regresión que amenaza con reescribir lo que costó décadas construir—, la alegría trans adquiere el estatuto de una trinchera. No metafórica: real. El escenario es el lugar donde se sostiene lo que el Estado nacional abandona.

La fiesta como forma de acceso al debate público

La celebración tiene además una virtud táctica que las organizaciones que la promueven conocen bien: permite que temas densos —derechos humanos, vejez trans, reparación histórica, violencia policial, exclusión del sistema previsional— entren en la esfera pública a través del goce y no del conflicto directo. La mímica invita al otro a la empatía antes que al debate. Primero lo convoca emocionalmente; después lo deja con preguntas.

Alguien que esa noche aplaudió a una intérprete histórica, que sintió algo moverse en su pecho ante la precisión de ese gesto, ante esa voz prestada que decía verdades propias, es alguien que ya no puede mirar a esa mujer como si no existiera. La política de la visibilidad no se resuelve en el aula ni en el tribunal: también se resuelve en el aplauso.

La paradoja de la invisibilidad persistente

Y sin embargo, sería deshonesto terminar aquí. Porque la mímica celebra la conquista de derechos al mismo tiempo que pone en evidencia sus límites. Muchas de las mujeres trans enfrentan que han sobrevivido enfrentan en esta época una nueva forma de invisibilidad: la que produce la vejez trans en un sistema que no contempló su existencia cuando elaboró sus políticas de jubilación, de salud geriátrica, de cuidado en la tercera edad.

La Ley de Identidad de Género reconoció el nombre y el género. No resolvió la exclusión laboral de décadas que dejó a muchas de las históricas sin aportes jubilatorios. No diseñó programas de salud específicos para las trayectorias corporales trans en la vejez. No creó casas de retiro o espacios comunitarios para quienes envejecen sin familias que las contengan, a veces sin redes que las sostengan.

La actuación mímica es también un grito frente a esa paradoja: 'sigo aquí, mi cuerpo es memoria y mi identidad es un triunfo que todavía necesita sustento material'. La fiesta lo dice con lentejuelas y con playback. Pero lo dice.

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VI. El Estado en la sala: sobre la presencia de Julieta Valencia

Carla Lacci, Fernando Pequeño, Julieta Valencia

En ese contexto cargado, la presencia de Julieta Valencia, subsecretaria de Género de la provincia de Salta, en el evento no fue un acto protocolar. Fue un gesto de reconocimiento mutuo que merece ser leído con cuidado, sin ingenuidad pero también sin cinismo previo.

Cuando la máxima autoridad del área de género del gobierno provincial elige estar en ese espacio —no en la conferencia de prensa, no en el acto con estrado y micrófono institucional, sino en la celebración comunitaria, en el calor del ritual, frente al escenario donde las históricas doblan a sus divas—, está comunicando algo que ningún comunicado oficial puede comunicar. Está diciendo, con el lenguaje del cuerpo presente, que reconoce la legitimidad política de esa alegría. Que la alegría trans no es un asunto privado sino un hecho político que merece testigos institucionales.

Para la comunidad, recibir ese gesto implica su propia operación: la de reconocer al Estado provincial, en ese momento y en esa persona, como un interlocutor posible. No un aliado garantizado —la historia de las luchas trans con el Estado provincial tiene demasiados episodios de promesas rotas como para que la confianza sea automática—, pero sí alguien con quien hablar, a quien interpelar, frente a quien plantear las demandas que siguen siendo urgentes.

Es un reconocimiento doble y mutuamente orientado: condicionado, frágil, construido sobre los escombros de la desconfianza histórica. Pero existente. Y en el contexto actual, eso no es poco.

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VII. Después del último playback

Imagino tarde noche ya, el escenario desarmándose. Las luces apagándose. A Mary Robles volviendo a su casa. Como símbolo de las tantas casas de mujeres que mañana van a necesitar un turno médico, o una gestión en el ANSES, o que alguien les crea cuando denuncian.

Todes ellos seguirán estando presentes. Archivo de la Memoria Trans, Salta.

La mímica trans en Salta, a catorce años de la Ley de Identidad de Género, es muchas cosas al mismo tiempo. Es un arte que nació en la clandestinidad y se sostiene en la escena pública con la misma dignidad que cuando era clandestino. Es un archivo corporal de memorias que el Estado no registró. Es un ritual comunitario que une a las que están con las que ya no están. Es una pedagogía intergeneracional que transmite lo que no se aprende en ninguna currícula. Es una estrategia política que convoca a la empatía antes que al conflicto. Y es, en el contexto actual, una trinchera de resistencia frente a la regresión.

Las organizaciones que la hicieron posible —MTA Salta, ATTA Salta, La Ventolera, Ballroom Salta, Magika Producciones, Full Moon in Gemini— pusieron en ese escenario toda la densidad de su historia y toda la energía de su presente. Lo que produjeron no fue un espectáculo. Fue un argumento. Un argumento sobre la belleza como forma de justicia, sobre la alegría como forma de lucha, sobre la presencia como la más básica y la más poderosa de las afirmaciones políticas.

A catorce años de la ley, las históricas salteñas siguen subiendo al escenario. Siguen doblando a sus divas. Siguen diciendo, con el cuerpo prestado de la canción y el cuerpo propio de la trayectoria, que existieron. Que existen. Que no piensan irse.

 

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Salta, mayo de 2026

 


La Subse “trans”. La fiesta como umbral: apuntes sobre un encuentro posible

Cuando Julieta Valencia, subsecretaria de Género de Salta, eligió estar en la celebración trans por los catorce años de la Ley de Identidad ...