miércoles, 1 de julio de 2026

Estéticas de la trinchera El cuerpo queer como refugio en la Salta neoliberal

 

En el ensayo "Estéticas de la trinchera", Fernando Pequeño Ragone analiza la Marcha del Orgullo de invierno de 2026 en Salta como un acto de resistencia política ante el repliegue del Estado neoliberal. Ubicado en el Anfiteatro “Cuchi” Leguizamón, el autor explora cómo los cuerpos disidentes construyen una infraestructura afectiva de supervivencia en un contexto de desabastecimiento sanitario y precarización laboral.

A través de una mirada etnográfica, el texto destaca que la ausencia de proclamas políticas tradicionales es suplida por el baile, el vestuario y el fuego, elementos que funcionan como tecnologías de resistencia tan legítimas como el panfleto. El autor emplea la noción bajtiniana de cultura carnavalesca para describir cómo el vogue, el transformismo y la cumbia-RKT instauran un "segundo mundo" que suspende las jerarquías oficiales y la intemperie institucional. En definitiva, el ensayo propone que la juventud salteña ha transformado el asfalto en una pasarela de soberanía identitaria, donde el goce popular y el cuidado colectivo se erigen como la respuesta política más sofisticada frente a la crisis actual.

Estéticas de la trinchera

El cuerpo queer como refugio en la Salta neoliberal

Notas etnográficas sobre la Marcha del Orgullo de invierno, Anfiteatro “Cuchi” Leguizamón, Salta, 2026

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

 

Síntesis auditiva


Palabras para el colectivo LGBTQ+

¡Compañeras, compañeros, compañeres, qué orgullo enorme es vernos acá, aguantando el frío de este invierno salteño en nuestro querido Anfiteatro “Cuchi” Leguizamón!. No estamos acá por casualidad ni por capricho; estamos acá porque esta marcha de invierno es nuestro termómetro de resistencia, el lugar donde nos encontramos para debatir y plantarnos frente a la intemperie que nos quieren imponer.

Sabemos muy bien que estamos viviendo tiempos difíciles donde el Estado se retira y nos deja a gamba: lo sentimos en la falta de reactivos para la detección del VIH, en los palos que le ponen a nuestras hormonizaciones y cirugías, y en cómo nos precarizan el cupo laboral. Esa violencia no es un papel escrito, es algo que se nos mete en el cuerpo, pero ante ese desamparo tenemos una elección clara: o nos quedamos solos o armamos esta respuesta colectiva.

A los que dicen que nos falta el documento o la proclama política tradicional, les respondemos con nuestro baile, nuestro vestuario y nuestro fuego. Porque nuestro goce y nuestra alegría son tecnologías de lucha tan válidas como cualquier documento político. Acá, en este anfiteatro, estamos fundando un "segundo mundo", un territorio de libertad donde por unas horas mandamos nosotres con nuestra risa y nuestra soberanía del cuerpo.

Miren lo que logramos hoy: borramos el límite del escenario con esta bandera gigante y transformamos el cemento gris en una pasarela donde nuestras identidades marginadas brillan con luz propia. En esta Salta que a veces se pone tan conservadora, ocupar este espacio público con nuestras estéticas trans y drag es un acto de rebeldía pura, porque rompe con ese mandato de que tenemos que vivir escondidos o solo de noche.

Cuando escuchamos "El Show debe conitnuar" o cuando nuestras artistas drag dan vuelta las canciones de siempre para cantarlas con nuestro sentimiento, estamos usando la música como una armadura de orgullo contra la hostilidad. Y cuando bajamos al suelo con el vogue, con cada caída y cada pose, estamos desobedeciendo esa postura rígida que la sociedad nos quiere imponer; estamos tomando el suelo para decir que este espacio también es nuestro.

Ese círculo de fuego que armamos no es solo para la foto; es nuestro ritual de cuidado, es la tribu que se junta en el asfalto para protegerse del frío institucional. Y cuando suena el RKT y la cumbia, estamos gritando que nuestro orgullo también es de barrio, es marika-trava-villero y que no necesitamos pedir permiso para ocupar el centro.

Compañeres, aunque no haya un documento escrito, nuestra política está en cada abrazo y en cada coreografía, porque el repertorio de nuestros cuerpos es lo que mantiene viva nuestra memoria. Donde el Estado nos da la espalda, nosotres ponemos el hombro y el afecto como nuestra infraestructura para sobrevivir. ¡Sigamos bailando y luchando, porque para nosotres, el show no solo continúa, el show es nuestra resistencia!.

Segmentos del show. Anfiteatro Cuchi Legizamón

1. Problematización: pensar el cuerpo disidente cuando el Estado se retira

Escribo estas páginas desde el lugar de quien observa —y se deja afectar— por casi un cuarto de siglo de marchas del orgullo en la capital salteña. En 2026, como en años anteriores, la militancia local desdobló el calendario en dos convocatorias: una marcha de invierno, celebrada a fines de junio en sincronía con el calendario internacional que conmemora los disturbios de Stonewall, y una marcha de verano, hacia fines de año, heredera de la tradición porteña y pensada para la convocatoria masiva al aire libre. Esta duplicación no es un capricho de agenda: en una provincia geográficamente extensa y de arraigo conservador persistente, la versión invernal funciona como termómetro de resistencia y debate político frente a la intemperie institucional, mientras que la estival descentraliza la protesta y permite que las delegaciones del interior converjan en la capital. Es sobre la jornada de invierno de 2026, registrada en el Anfiteatro “Cuchi” Leguizamón del Parque San Martín, que construyo este ensayo.

Mi primer impulso analítico, al sentarme frente al registro audiovisual de esa noche, fue de cuño marxista y existencialista. Si las condiciones materiales de existencia determinan, en última instancia, la conciencia social (Marx, 1859/2008), entonces el repliegue del Estado de bienestar —el desabastecimiento de medicación para el VIH, la retracción en la provisión de insumos para la detección de carga viral, la quita de fondos para hormonización y cirugías de reasignación, la precarización del cupo laboral trans— no es una abstracción de política pública: es una violencia material que se inscribe directamente sobre los cuerpos. Cruzando esa premisa con la libertad situada de Jean-Paul Sartre (1943/2004), para quien el sujeto está “condenado a ser libre” y a definirse mediante elecciones concretas en circunstancias históricas que no eligió, entendí el desamparo institucional como una bifurcación existencial: atomización individualista o respuesta colectiva. No abandono esa lectura estructural a lo largo de este texto. Pero me propongo, deliberadamente, no detenerme allí.

Existe una tentación teórica —que reconozco en ciertas relecturas pesimistas de Antonio Gramsci (1975) sobre la hegemonía cultural y en el diagnóstico de Mark Fisher (2009/2016) acerca del “realismo capitalista”— de asumir que la subsunción del deseo bajo la lógica del mercado clausura todo horizonte emancipatorio, que la batalla cultural ya está perdida de antemano. Frente al escenario del Anfiteatro Cuchi Leguizamón, esa lectura se revela insuficiente. No encontré allí los documentos políticos leídos en voz alta, ni la denuncia explícita en formato de proclama partidaria que el imaginario militante clásico esperaría. Encontré, en cambio, baile, vestuario, canto y fuego. Y sostengo que ese hallazgo exige ampliar el marco: pensar la hegemonía no como bloque monolítico sino, con el propio Gramsci, como proceso en permanente disputa, y leer la corporalidad, la música y la reapropiación del espacio público como tecnologías de resistencia tan legítimas como el panfleto.

Esta ampliación encuentra su llave teórica más productiva en Mijaíl Bajtín (1965/1987) y su noción de cultura popular carnavalesca. Para Bajtín, la fiesta medieval no era evasión pasiva de la opresión feudal y eclesiástica, sino la instauración temporaria de un “segundo mundo” regido por la inversión utópica de las jerarquías oficiales. Sostengo, a lo largo de este ensayo, que el Anfiteatro Cuchi Leguizamón reactiva esa tecnología medieval bajo clave queer y contemporánea: frente al frío invierno neoliberal, el espacio de la fiesta suspende momentáneamente las leyes del mercado y la intemperie institucional para fundar, por unas horas, un territorio regido por el exceso, la risa plebeya y la soberanía del cuerpo. Lo sagrado del poder oficial —la solemnidad, la binariedad, el silencio impuesto sobre el deseo disidente— es profanado mediante el perreo, el vogue y el transformismo. La fiesta no es el olvido de la crisis: es, como intentaré mostrar en cada escena descrita a continuación, un ensayo general de libertad, un laboratorio donde los cuerpos precarizados construyen, colectivamente, una infraestructura afectiva de supervivencia.

La diferencia generacional entre quien escribe y quienes protagonizan estas escenas —jóvenes veinteañeros que habitan la espacialidad resistente de la noche invernal— aparece, en un primer momento, como un abismo biográfico. Me propongo convertir ese abismo en puente analítico y afectivo. La pregunta que organiza mi mirada no es si esta juventud podrá, algún día, articular una respuesta reflexiva y políticamente lúcida ante el vaciamiento sanitario, la discriminación laboral solapada y la reactivación de las lógicas disciplinadoras policiales —esa pregunta institucional sigue abierta y no debo obturarla—, sino qué formas de resistencia están ya ensayando, aquí y ahora, en las fisuras del capitalismo tardío y la cultura globalizada, allí donde el mandato individualista del mercado intenta, una y otra vez, fagocitar la solidaridad para devolverla convertida en oferta mercantil o en métrica de rédito personal.

2. Nota sobre la posición de observación

Las escenas que describo a continuación provienen de un registro audiovisual fragmentario —nueve fragmentos de video tomados sobre el escenario y las gradas del anfiteatro— que reconstruyo aquí en clave narrativa, respetando su orden de aparición pero tejiéndolos con las categorías teóricas que fueron emergiendo del propio corpus. Mi posición es la de un observador situado, que llega con un marco previo (materialismo histórico, existencialismo, teoría de la hegemonía) y que ese mismo marco se ve tensionado, ampliado y en parte reescrito por lo que efectivamente ve y escucha. Este ejercicio etnográfico no pretende exhaustividad sociológica; pretende inteligibilidad: volver legible, para un lector que no comparte necesariamente el código generacional o musical de estas escenas, la densidad política que las atraviesa.

3. El anfiteatro como ágora: cuerpo, espacio y comunidad

El Anfiteatro Cuchi Leguizamón fue diseñado, como todo anfiteatro, con gradas semicirculares que miran hacia un punto bajo central: una arquitectura pensada para separar a quien actúa de quien observa. Esa noche de invierno, sin embargo, la disposición tradicional se resignifica. Una inmensa bandera del orgullo, desplegada sobre el suelo del escenario, borra el límite físico entre el cemento gris del proscenio y las gradas; la convocatoria desde el micrófono invita a las drags y a los colectivos de ballroom a armar una pasarela improvisada, y el centro deja de estar reservado a una autoridad para volverse superficie de exhibición libre de las identidades marginadas. El público —mayoritariamente joven— no permanece rígidamente sentado: la masa humana se comprime en las gradas bajas y en los laterales, muchos se sientan directamente en el suelo o en los bordes del escenario, y esa informalidad corporal denota confianza, comunidad, la certeza compartida de estar en un “espacio seguro”. Los celulares encendidos que capturan cada instante, los aplausos comunitarios y el abrigo compartido —propio de la marcha de invierno— construyen una corporalidad atenta y protectora, cuerpos que se apoyan entre sí y que habitan lo colectivo desde la horizontalidad.

En un territorio como el de Salta, en el Noroeste argentino, de fuertes raíces conservadoras y tradicionales, esta ocupación del espacio público municipal por parte de estéticas trans, drag y no binarias constituye, en sí misma, un acto de resistencia política: rompe con el mandato del secreto y de la nocturnidad al que estas identidades fueron históricamente confinadas. Incluso los anuncios más domésticos —buscar un celular perdido, coordinar el regreso a casa— se integran con naturalidad e ironía queer al relato de la jornada, y revelan que la fiesta, el baile y la organización comunitaria funcionan, en Salta, como herramientas de una red de apoyo mutuo que sostiene la diversidad durante todo el año, no solo la noche de la marcha.

4. La voz que resiste: del himno pop a la balada íntima

Sobre ese escenario circular, una artista interpreta en vivo “The Show Must Go On” (El show debe continuar), de Queen, un clásico grabado por Freddie Mercury en sus últimos meses de vida cuya elección no es meramente estética: evoca de manera intrínseca la resiliencia comunitaria históricamente vinculada a las luchas contra los estigmas sanitarios y sociales hacia el colectivo LGBT+. En el clímax del tema, la letra funciona como metáfora perfecta de la marcha misma: el maquillaje que se resquebraja y la sonrisa que, aun así, permanece, se resignifican no como ocultamiento sino como armadura de orgullo frente a la hostilidad. Vestida con un traje rojo monocromático de corte sastrero —una silueta formal reapropiada con giro queer, muy alineada con la moda joven urbana—, la intérprete domina el semicírculo central descalza, ganando proximidad física con un público que corea en silencio respetuoso los agudos de la canción para luego estallar en aplausos. Ese gesto colectivo revela una sensibilidad que no consume el pop retro como nostalgia sino como herramienta viva para habitar el presente con fuerza e identidad.

El registro se desplaza, en otro momento de la noche, hacia un lugar radicalmente más íntimo: una dupla con guitarra interpreta una pieza de pop acústico e indie de autor, con una lírica de la cotidianidad y el deseo directo —una declaración de atracción sin metáforas complejas, cantada a “nena” de manera acústica, suave y melódica frente a la multitud—. Cantarle así, en público, a otra mujer despoja a la canción de la grandilocuencia del pop comercial y la transforma en una declaración íntima compartida. Que esa balada de amor sáfico se interprete en un escenario municipal que lleva el nombre de un prócer cultural local es, sostengo, una declaración de soberanía cultural: nuestras historias de amor también forman parte del patrimonio y del aire de Salta. La respuesta del público —escucha atenta, luces de celulares que reemplazan a las banderas de agitación— construye una atmósfera de validación mutua que demuestra que la resistencia joven no se ejerce solo desde la protesta enérgica, sino también desde la legitimación pública de la vulnerabilidad.

5. Justicia poética: la subversión drag del cancionero nacional

Uno de los gestos más elocuentes de la jornada es la reapropiación de clásicos del cancionero popular argentino —rock nacional, folklore, pop tradicional de décadas pasadas— grabados originalmente bajo ópticas heteronormativas o melancólicas. Al pasar por la voz y el cuerpo de la juventud LGBT+ local, esas palabras mutan de enunciación: la entonación abandona la solemnidad del intérprete tradicional para buscar la complicidad de una masa que corea los versos como un grito de supervivencia, y la métrica original se tensiona con cadencias contemporáneas que la despojan de su estatus de pieza de museo. El contraste con la puesta en escena original es elocuente: donde el contexto de origen ofrecía vestuarios solemnes y posturas estáticas frente a un micrófono, diseñadas para una audiencia pasiva en butacas de teatros cerrados, la nueva interpretación despliega estética drag y sin género —corsetería expuesta, maquillaje disruptivo, plataformas caóticas— sobre un anfiteatro teñido de banderas del arcoíris, con el cemento del suelo del anfiteatro como pasarela y una masa humana que interrumpe constantemente los límites del escenario.

En una provincia donde la música tradicional operó muchas veces como cerco cultural excluyente, esta intervención no rechaza la identidad nacional: la ensancha. Cantar la memoria musical del país bajo términos, trajes y pasiones propias es, en el marco de la marcha de invierno, una forma de ocupar el centro simbólico del anfiteatro sin pedir permiso.

6. La coreografía como manifiesto: vogue, waacking y la caída al suelo

La dimensión más técnicamente codificada de la noche aparece cuando la música electrónica de nicho —bases aceleradas de vogue beat, con un comentarista que anima el ritmo repitiendo la palabra “madre”, elogio contemporáneo en la jerga pop y queer local— organiza una batalla de baile sobre el escenario. Los movimientos no son aleatorios: pertenecen formalmente al vocabulario del vogue fem — bajadas y caídas (dips y drops), caídas dramáticas al suelo con una pierna doblada, exhibición de destreza y control corporal absoluto sincronizado al golpe del beat—, y a los desplazamientos de pasarela (catwalk) que imitan, con flexión de rodillas, una pasarela de alta costura. Nacida en las comunidades afroamericanas y latinas LGBTQ+ de Nueva York en las ballrooms de los años setenta y ochenta, esta cultura fue, desde su origen, un espacio de resistencia, refugio y celebración de la identidad para jóvenes históricamente expulsados de sus hogares (Bailey, 2013). Que esa tecnología corporal migre al asfalto salteño, mezclada con la jerga local, muestra cómo la juventud fusiona tendencias globales con códigos identitarios propios.

En otro fragmento, sobre una base de tribal house y percusiones sincopadas, el lenguaje dancístico se ancla en el golpeo (waacking) y en la ocupación deliberada del suelo (groundwork): los bailarines pierden la verticalidad de manera controlada, se disocian en flexiones de rodillas y quiebres de cadera que reapropian una sensualidad históricamente censurada en las identidades disidentes del norte argentino, y cortan el aire con gestos de manos que enmarcan el rostro y proyectan altanería. Leído junto con la noción de performatividad de Judith Butler (1990/2007, 1993/2002) —para quien el género no es una esencia sino una repetición estilizada de actos corporales que, en su reiteración misma, puede subvertir la norma que la produce—, este vogue salteño no representa una identidad ya dada: la produce, en tiempo real, ante un público que la ratifica con cada aplauso. “tomar el suelo” en un espacio público e institucional como un anfiteatro municipal implica desobediencia: desarma la postura rígida y formal del cuerpo ciudadano tradicional para habitar el espacio desde una libertad plástica y visceral.

7. El círculo de fuego: ritual, trance y comunidad de cuidado

Hacia el tramo más ritual de la noche, el elemento ígneo irrumpe como eje del movimiento. Sobre una base de tribal house con percusiones pesadas y repetitivas que emulan tambores ancestrales, quienes bailan incorporan antorchas encendidas como extensión viva de sus extremidades: cada giro de torso, cada flexión de rodillas, cada quiebre de cadera se ejecuta calculando la velocidad del viento y la distancia de las llamas respecto de la piel y el cabello. En la penumbra invernal, la estela lumínica del fuego acentúa las trayectorias de la danza y la gestualidad oscila entre el trance devocional y la actitud desafiante de las danzas urbanas: el cuerpo expuesto al peligro simbólico del fuego se convierte en metáfora de la carne que resiste y brilla en la hostilidad.

Lo que más me interesa retener de esta escena, sin embargo, no es el riesgo individual sino la disposición del público que la rodea: una multitud organizada de forma concéntrica alrededor del fuego y los bailarines, un círculo tribal moderno donde no existe la distancia pasiva del teatro. El grupo que contempla cumple una función dual —barrera protectora de contención afectiva ante el exterior, y dinamizador energético del show mediante gritos, aplausos y arengas coordinadas con el ritmo—. En el marco de la cultura joven argentina actual, este círculo representa un retorno a los rituales comunitarios de protección mutua: ante la intemperie social y la pérdida de redes institucionales, la juventud salteña recrea la tribu en el asfalto, y encuentra en el calor de la fogata urbana y el baile compartido un refugio político de supervivencia. Es aquí donde la lectura bajtiniana se vuelve más literal: el círculo de fuego es, casi en sentido propio, la instauración temporal de ese “segundo mundo” carnavalesco que suspende, por unas horas, las jerarquías y el desamparo del afuera.

8. Del ballroom al barrio: la cumbia-RKT como democratización del goce

El quiebre estético más significativo de la jornada ocurre cuando la música abandona los patrones rígidos del techno y el house globales para abrazar las cadencias del RKT, el turreo y la cumbia urbana: las bandas sonoras cotidianas de los barrios populares argentinos. Introducir esta variación en el escenario del orgullo es un posicionamiento político rotundo de las identidades marika-trava-villeras y maricas de sectores populares: dice que la disidencia no pertenece solo a las estéticas estilizadas e importadas de las capitales globales, sino que late al ritmo del asfalto local. Con el cambio de género, la corporalidad muta de inmediato: los movimientos estilizados y lineales del vogue —brazos rectos, poses de alta costura— ceden paso al perreo, el muelleo y el quiebre de cadera bajo, con el centro de gravedad descendiendo drásticamente hacia el suelo, y a gestualidades tomadas de las batallas de freestyle callejero: señas desafiantes, movimientos de hombros entrecortados, complicidad pícara con el público. El vestuario acompaña ese giro —zapatillas y ropa deportiva combinadas con transparencias y accesorios de alto impacto— y subvierte las lógicas de la indumentaria de calle, asociada muchas veces por el sentido común conservador a la marginalidad, transformándola en prenda de alta costura disidente. En la Salta actual, calle y escenario se han vuelto, en esa escena, el mismo lugar de resistencia.

9. La banda sonora de la emancipación: tres dimensiones de un mismo pulso

Si reordeno el paisaje sonoro que atravesó la noche, emergen con claridad tres grandes dimensiones que dialogan entre lo global, lo ritual y lo barrial. La primera es la música de club y la cultura ballroom —el vogue beat—, nacida en los márgenes neoyorquinos de los años setenta y ochenta, creada por y para personas trans y queer, que democratizó el concepto de alta costura y pasarela permitiendo que jóvenes precarizados simularan, en el baile, el éxito y el poder que la sociedad les negaba (Bailey, 2013). La segunda es la electrónica experimental y el tribal house, que despoja a la música de club de su frialdad industrial para inyectarle percusiones que emulan tambores ancestrales y que convocan, precisamente, al círculo de protección que describí en torno al fuego. La tercera es el RKT, el turreo y la cumbia urbana, el giro definitivo que ancla la disidencia sexual en el ritmo de la calle y demuestra que el orgullo no es un producto estético importado para minorías privilegiadas, sino una realidad que se vive y se baila en el asfalto periférico. Estas tres dimensiones no compiten: se suceden y se superponen a lo largo de una misma noche, como capas de un mismo pulso emancipatorio que va del linaje global de la ballroom al arraigo local de la cumbia, pasando por el trance ritual del tribal.

10. Discusión: la disputa hegemónica más allá de la proclama

Vuelvo, para cerrar, a la tensión que organizó mi problematización inicial. La ausencia de una proclama política tradicional de formato partidario o discursivo no equivale a la ausencia de política. Lo que observé en el Anfiteatro Cuchi Leguizamón fue una praxis corporal, estética y comunitaria que disputa el sentido del dolor y el aislamiento desde el goce popular: el cuerpo que baila, se viste y se abraza no evade la realidad, ensaya una infraestructura afectiva de supervivencia allí donde el Estado ha decidido retirarse. Diana Taylor (2003) distingue entre el archivo —los documentos, las actas, las proclamas escritas que sobreviven al evento— y el repertorio —el conocimiento incorporado que se transmite en la performance misma, en el gesto, en el baile que no deja rastro documental pero que se repite y se enseña de cuerpo a cuerpo—. Gran parte de lo que sostiene, en Salta, la memoria y la continuidad de la disidencia sexual pertenece a ese repertorio, y por eso resulta invisible para una lectura que solo busca panfletos.

Esto no clausura la urgencia de la dimensión institucional que abrí en la introducción: el desabastecimiento sanitario, la precarización laboral, la reactivación de las lógicas disciplinadoras policiales siguen siendo, para esta comunidad, amenazas concretas y materiales, en el sentido más marxista del término. Pero sostengo que la urgencia institucional no debe obturar la visibilidad de estas micro-políticas que emergen en las fisuras del capitalismo tardío. La hegemonía, decía Gramsci (1975), se disputa; y esa disputa no ocurre solo en el parlamento o en el sindicato, sino también —y quizás sobre todo, para esta generación— en el anfiteatro, en el círculo de fuego, en el perreo que democratiza la pista de baile. La lectura pesimista del “realismo capitalista” (Fisher, 2009/2016), que asume clausurado todo horizonte de emancipación bajo la lógica del mercado, no logra explicar por qué estos cuerpos, precisamente los más precarizados por ese mismo mercado, insisten en reunirse, cantar, bailar y cuidarse colectivamente cada invierno.

11. Conclusión: el show continúa

Las expresiones artísticas juveniles registradas en la Marcha del Orgullo de invierno de Salta 2026 configuran una gramática de resistencia cultural sofisticada frente al desmantelamiento de los lazos del Estado de bienestar. En un contexto de retracción de las políticas públicas de cuidado, la comunidad LGBT+ de Salta capital en el Noroeste argentino se repliega y se organiza sobre el espacio público, transformando el Anfiteatro Cuchi Leguizamón en un laboratorio de soberanía identitaria. Tres dimensiones atraviesan ese laboratorio: la trinchera bailable —el vogue y las caídas al suelo como lenguaje corporal que disputa la verticalidad ciudadana y procesa el desamparo socioeconómico—; el refugio acústico —la canción de autor sáfica que recupera el derecho a la ternura colectiva—; y la justicia poética —la subversión drag de los himnos populares argentinos, que ensancha en lugar de rechazar la memoria nacional—. Donde el Estado se retira, la juventud precarizada erige el asfalto como pasarela y el afecto comunitario como infraestructura de supervivencia. No hallé, esa noche, la proclama que esperaba encontrar. Encontré algo que, sostengo, la excede: el show no solo continúa, se vuelve resistencia.

Referencias

Bailey, M. M. (2013). Reinas masculinas con tacones: Género, performance y cultura ballroom en Detroit. (Butch queens up in pumps: Gender, performance, and ballroom culture in Detroit). University of Michigan Press.

Bajtín, M. (1987). La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: El contexto de François Rabelais (J. Forcat & C. Conroy, Trads.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1965).

Butler, J. (2002). Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo” (A. Bixio, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1993).

Butler, J. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad (M. A. Muñoz, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1990).

Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (C. Fernández Gómez, Trad.). Caja Negra. (Obra original publicada en 2009).

Gramsci, A. (1975). Cuadernos de la cárcel (Ed. crítica del Instituto Gramsci, a cargo de V. Gerratana). Einaudi.

Marx, K. (2008). Contribución a la crítica de la economía política. Siglo XXI. (Obra original publicada en 1859).

Sartre, J.-P. (2004). El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica (J. Valmar, Trad.). Losada. (Obra original publicada en 1943).

Taylor, D. (2003). El archivo y el repertorio: La representación de la memoria cultural en las Américas. (The archive and the repertoire: Performing cultural memory in the Americas). Duke University Press.

jueves, 25 de junio de 2026

Voces del Orgullo en el marco del dia internacional de las diversidades

La Asociación Dr. Miguel Ragone manifiesta su firme adhesión institucional a la Subsecretaría de las Mujeres, Géneros y Diversidades de Salta para impulsar la creación de una Agenda Participativa y Comunitaria. En un escenario marcado por la retracción de las políticas nacionales, la Asociación —con su histórico arraigo en la defensa de los derechos humanos— entiende que este momento histórico exige una presencia organizada y un diálogo horizontal con el activismo cotidiano.

El Día Internacional de las Diversidades puede ser una jornada de construcción real y defensa de derechos. La convocatoria es para el próximo 29 de junio, de 19:00 a 21:30, en la Usina Cultural, donde se desarrollará un conversatorio enfocado en la validación, pertenencia, autenticidad y bienestar de la comunidad.

Para la Asociación Ragone, la articulación con la Subsecretaría responde a la responsabilidad de sostener las conquistas logradas y evitar que las leyes vigentes se conviertan en "letra muerta". El evento reivindica la memoria local de figuras como Pelusa Liendro, reafirmando que la igualdad real se gestiona y defiende desde el territorio y las alianzas transversales.


Sintesis del texto en el audio. Agrega explicación detallada del programa (ausente en el texto): 

ASOCIACIÓN DR. MIGUEL RAGONE

en adhesión a la

SUBSECRETARÍA DE LAS MUJERES, GÉNEROS Y DIVERSIDADES — SALTA

 

INVITACIÓN

a la construcción de una

AGENDA PARTICIPATIVA Y COMUNITARIA

para la celebración del

DÍA INTERNACIONAL DE LAS DIVERSIDADES — 29 DE JUNIO

 

A: Organizaciones, colectivos y referentes de la diversidad sexual y de géneros de Salta

Invitación de la Sub Secretaría de Mujeres, Género y Diversidad. 




I. POR QUÉ CONVOCAMOS: LA SUPERVIVENCIA COMUNITARIA COMO PUNTO DE PARTIDA

La retracción del Estado no implica el fin de las políticas de diversidad, sino su mutación. El futuro inmediato exige pasar de una lógica de demanda al Estado benefactor a una fase de supervivencia comunitaria, litigio estratégico y alianzas transversales. La normativa argentina vigente constituye un piso innegociable; el desafío de la próxima década será defender la aplicación de esas leyes en los territorios concretos, evitando que queden convertidas en letra muerta.

Esta conclusión —surgida del análisis estructural del campo de las políticas de diversidad en Argentina post-cierre del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades— no es un diagnóstico resignado. Es, por el contrario, el mapa desde el cual organizamos esta convocatoria. Ante la supresión de la arquitectura institucional construida entre 2004 y 2023, el horizonte de la igualdad real no se clausura: se desplaza al territorio, a las comunidades, a las alianzas, a los municipios, a los conversatorios como el que aquí proponemos.

La Asociación Dr. Miguel Ragone —institución con arraigo en la defensa de los derechos humanos y la memoria política de Salta— entiende que este momento histórico exige presencia organizada, no repliegue. Adherimos a la iniciativa de la Subsecretaría de las Mujeres, Géneros y Diversidades de la provincia de Salta porque compartimos la convicción de que las instituciones que permanecen en pie tienen la responsabilidad de convocar, de sostener, de articular. Y de hacerlo en diálogo horizontal con quienes llevan el peso del activismo cotidiano.

Por ello convocamos a las organizaciones de la diversidad de Salta a un proceso participativo de construcción de agenda para la celebración del 29 de junio —Día Internacional de las Diversidades—, en la Usina Cultural de la ciudad, en el formato conversatorio propuesto por la Subsecretaría. La convocatoria no es solo a un evento: es a construir juntas y juntos el contenido de ese evento, y a delinear colectivamente las demandas y propuestas que la comunidad necesita sostener en el actual escenario provincial y nacional.

 

II. EL 29 DE JUNIO Y EL SIGNIFICADO DE JUNIO EN LA HISTORIA ARGENTINA DE LAS DIVERSIDADES

El 28 de junio de 1969, en el bar Stonewall Inn de Nueva York, personas travestis, trans, lesbianas, gays y bisexuales respondieron con resistencia colectiva a una razzia policial. Esa rebelión, conocida como la Revuelta de Stonewall, se convirtió en el punto de origen simbólico del activismo LGBTIQ+ contemporáneo. Desde entonces, junio es reconocido mundialmente como el mes del Orgullo. En Argentina, la fecha del 29 de junio adquirió una inscripción local adicional: es el día en que el movimiento salteño conmemora a sus propias figuras de lucha, en particular la memoria de Pelusa Liendro, mujer trans, trabajadora sexual y militante de derechos LGBTIQ+ que en 2004 encabezó la primera Marcha del Orgullo en la ciudad de Salta, marcando un hito en la visibilidad del colectivo en el interior del país.

La historia reciente confirma la vitalidad de este movimiento en nuestra provincia. En noviembre de 2024, Salta organizó la Marcha del Orgullo bajo la consigna de la memoria de Pelusa Liendro, con un festival previo realizado el 15 de noviembre en la propia Usina Cultural —el mismo espacio que ahora se propone para el conversatorio del 29 de junio— que reunió a la comunidad en torno a la feria, la música y la visibilidad cultural. En noviembre de 2025, la 22.a Marcha del Orgullo salteña volvió a colmar el centro de la ciudad bajo los lemas Somos comunidad y A la marcha la hacemos entre todes, con concentración en el Paseo de la Diversidad sobre la calle Lavalle y cierre artístico frente al Cabildo. Organizaciones LGBTIQ+, activistas, familias y público general avanzaron juntos exigiendo políticas que garanticen salud, trabajo y protección frente a la violencia institucional, en un año atravesado por recortes que golpean especialmente a los sectores más vulnerables de la comunidad. También en el Valle Calchaquí, Cafayate vivió en noviembre de 2024 su Cuarta Marcha Plurinacional del Orgullo bajo el lema tierra de lucha y resistencia, expresión de la creciente federalización del movimiento al interior de la provincia.

Celebrar el 29 de junio no es solo honrar un origen. Es afirmar, en el presente, que la comunidad de las diversidades en Salta tiene historia propia, tiene militantes, tiene cuerpos que marcharon y siguen marchando, y tiene derecho a que el Estado provincial acompañe ese camino con políticas sostenidas.

 

III. LA CONCEPCIÓN DE DIVERSIDAD QUE ANIMA ESTA JORNADA

La coordinación de la sub secretaria planificó este conversatorio con una idea central: la diversidad no es solo una identidad que se declara, sino un modo de estar en el mundo que requiere validación, pertenencia, autenticidad y bienestar. Bajo estos cuatro ejes, el evento no se propone como un espacio de denuncia exclusiva ni como un acto de visibilidad meramente simbólica, sino como una jornada que produzca encuentro real entre personas y entre instituciones.


Validación: la jornada debe reconocer que las identidades diversas existen y tienen derechos, no como excepción tolerada sino como parte constitutiva de la comunidad política salteña. En términos del Plan de Ciudadanía LGBT de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FALGBT), esto significa asumir que el no reconocimiento de los derechos de las personas LGBT crea ciudadanías de primera y de segunda, un paradójico sujeto que necesita escindirse para pertenecer a una sociedad que le pide como condición negarse a sí mismo.

Pertenencia: el formato conversatorio —inspirado en la escucha activa del modelo del Consejo Económico— busca que las organizaciones de la diversidad se sientan efectivamente escuchadas, no como beneficiarias pasivas de un programa sino como actoras con voz propia en la definición de la agenda. Esta concepción supera la modalidad de panel académico tradicional y la reemplaza por un espacio de intercambio genuino.

Autenticidad: se propone que el evento incorpore la diversidad de expresiones de la propia comunidad —arte, emprendimiento, talento, cuerpos, experiencias— sin reducirla a una narrativa única. El cierre artístico propuesto, con participación de expresiones trans y disidentes, es coherente con esta lectura: la diversidad se muestra, se celebra, se habita.

Bienestar: la jornada no soslaya las condiciones materiales de vida de la comunidad. La propuesta de incorporar al sector privado y a profesionales independientes responde a la necesidad de que la comunidad no vea al Estado como única fuente de inclusión, abriendo perspectivas concretas de empleo, salud, acceso a derechos y autonomía económica.

Esta concepción de la diversidad —enraizada en la validación, la pertenencia, la autenticidad y el bienestar— se amplifica cuando se la piensa desde una escala federal e intramunicipal. El Plan de Ciudadanía LGBT de la FALGBT señala con claridad que las ciudades, por su escala y cercanía con su población, son ámbitos privilegiados para la implementación de políticas públicas que aborden las necesidades de grupos poblacionales específicos.

 

IV. EL ESCENARIO EN QUE NOS ENCONTRAMOS: SIETE COORDENADAS PARA UNA AGENDA INFORMADA

Para que la agenda que construyamos juntas y juntos sea efectiva, necesitamos nombrar el territorio en el que operamos. El análisis del campo de las políticas de género y diversidad en Argentina post-cierre del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades arroja siete coordenadas que deben orientar nuestra discusión:

1. Diagnóstico general: del Estado presente al Estado en retracción. Entre 2019 y 2023, Argentina consolidó una arquitectura institucional sin precedentes para la diversidad: el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades, el Cupo Laboral Travesti Trans, el DNI no binario, el Programa Acompañar. Con el cambio de gobierno a fines de 2023, ese edificio fue desmantelado mediante el DNU 8/2023: el Ministerio fue eliminado, los fondos del Programa Acompañar licuados, la Línea 144 reducida, las transferencias a provincias cortadas. El Estado pasó de ser garante de derechos a emitir violencia institucional, y la diversidad perdió su estatus de sujeto político de protección estatal para convertirse en blanco de estigmatización bajo el rótulo de 'ideología de género'. La normativa vigente —Ley de Identidad de Género, Ley de Matrimonio Igualitario, Ley Micaela, Ley de Cupo Laboral Trans— subsiste como piso de derechos no negociables, pero su aplicación efectiva depende ahora de la presión organizada de la sociedad civil y de los estados provinciales y municipales.

2. Impacto específico en Salta. La provincia atravesó el corte de transferencias nacionales con una estructura ya frágil: programas de asistencia a víctimas de violencia y discriminación perdieron su anclaje económico, los equipos técnicos se redujeron, y la política de diversidad quedó concentrada en la capital, desprotegiendo al interior —Orán, Tartagal, el Valle Calchaquí— donde las poblaciones LGBT indígenas y de frontera enfrentan vulnerabilidades interseccionales agudas. El gobierno provincial adoptó una postura de adaptación pragmática: mantiene la estructura institucional —la Subsecretaría de las Mujeres, Géneros y Diversidades que hoy nos convoca en adhesión— pero con perfil bajo y lógica de subsistencia. La Legislatura salteña aprovechó el clima nacional para frenar iniciativas progresistas. La Universidad Nacional de Salta se consolidó como trinchera de la perspectiva de género. Y las organizaciones LGBT pasaron de exigir ampliación de derechos a gestionar asistencia alimentaria y defensa contra detenciones arbitrarias.

3. Modificación del comportamiento de los actores: de la demanda al Estado a la autogestión. El desmantelamiento institucional produjo una rápida reinvención del movimiento. Las organizaciones LGBTIQ+ transitan de la institucionalización —gestión conjunta con el Estado— a la resistencia comunitaria: redes de cuidados autogestivos, cooperativas de alimentos, roperos comunitarios y fondos de emergencia virtuales. Los medios hegemónicos reproducen el clima ideológico regresivo; los medios comunitarios y digitales refuerzan el activismo. Los municipios absorben el colapso social sin presupuesto para hacerle frente. La academia sostiene diplomaturas y protocolos como espacios de resistencia. Y los sindicatos, centros de estudiantes y organismos de derechos humanos emergen como aliados naturales de un movimiento que no puede resistir aislado.

4. Transformaciones en el Poder Judicial y las fuerzas de seguridad. El Poder Judicial salteño mantiene una matriz tradicionalista: las causas por crímenes de odio y transfemicidios corren el riesgo de ser invisibilizadas bajo carátulas de homicidios simples, negando el agravante por violencia de género o identidad. Las fuerzas de seguridad, bajo un nuevo clima de 'mano dura', han incrementado el hostigamiento policial hacia poblaciones LGBT —especialmente hacia personas trans en situación de prostitución— y el Código de Contravenciones sigue siendo una herramienta discrecional para hostigar en el espacio público a las identidades disidentes. Ante este escenario, el litigio estratégico se convierte en herramienta central: amparos colectivos, denuncias ante el Sistema Interamericano de Derechos Humanos y la exigencia de protocolos específicos de actuación policial son vías que la comunidad organizada puede y debe recorrer.

5. La relación emergente con el sector empresarial. Ante la retracción del Estado, el sector privado emerge como actor complejo. Corporaciones y grandes empresas impulsan políticas de Diversidad, Equidad e Inclusión (DEI) que pueden ofrecer recursos y visibilidad, pero bajo la lógica de la rentabilidad y el capital de marca. El “pinkwashing” —apoyar el Orgullo un día al año sin modificar cadenas de valor ni garantizar derechos laborales plenos— es el riesgo principal. En Salta, esta incursión corporativa es incipiente y concentrada en el sector minero. La propuesta de incluir al sector privado y a profesionales independientes en la jornada del 29 de junio —impulsada por la coordinación del evento— es promisoria si se la acompaña de una discusión sobre condiciones: el sector privado puede ser aliado, pero la agenda la define la comunidad.

6. Financiamiento internacional y cooperación externa. El retiro del Estado nacional desplazó la cooperación de los organismos internacionales —PNUD, ONU Mujeres, embajadas europeas, Open Society, ILGA— directamente hacia la sociedad civil. Esto genera una hiper-competitividad entre organizaciones que antes cooperaban y una asimetría técnica que margina a las organizaciones territoriales del interior, como las de Salta, en beneficio de grandes ONGs porteñas con mayor capacidad de formulación de proyectos. El riesgo es la ONGización del movimiento y la dependencia de agendas externas. La jornada del 29 de junio puede ser una oportunidad para visibilizar ante la cooperación internacional las necesidades específicas del NOA y fortalecer la capacidad de articulación de las organizaciones salteñas.

7. Prospectiva: cómo profundizar políticas en estados desfinanciados. El análisis prospectivo identifica cinco ejes de acción sostenible: la municipalización de las políticas de género —los municipios como nodos de resistencia mediante ordenanzas de protección antidiscriminatoria, exenciones impositivas a comercios que contraten personas trans, y uso de infraestructura existente como espacios seguros—; las alianzas intersectoriales amplias, incluyendo en Salta la convergencia con organizaciones de pueblos originarios por la interseccionalidad de las identidades chineadas y disidentes; el litigio estratégico ante la negativa ejecutiva de aplicar leyes vigentes; la producción cultural y comunicacional desde abajo, para evidenciar que las políticas de diversidad son un asunto de supervivencia material, salud pública e inclusión económica real; y, de manera central, la posibilidad de que los municipios se conviertan en el principal escenario de resistencia y continuidad de las políticas de diversidad cuando el Estado nacional y provincial retroceden. Esta última perspectiva es especialmente relevante para Salta: los conversatorios entre organizaciones de diversidad y referentes de concejos deliberantes del interior —como los que la coordinación del evento propone mediante la articulación con el Foro de Intendentes— pueden ser el inicio de una red de municipios inclusivos que compartan buenas prácticas y optimicen recursos.

V. CONVOCATORIA FINAL

La Asociación Dr. Miguel Ragone nació de la memoria de un hombre que gobernó desde la justicia social y fue desaparecido por ello. Sabemos, por esa historia, que los derechos no se conceden: se construyen, se defienden y se celebran. Sabemos también que en los momentos de mayor retroceso institucional, la organización comunitaria es la que sostiene lo conquistado y prefigura lo que viene.

Invitamos a cada organización, colectivo, referente y persona de la comunidad de las diversidades de Salta a sumar su voz a este proceso. La agenda del 29 de junio se construye con las urgencias reales de quienes viven la diversidad todos los días: en sus cuerpos, en sus trabajos, en sus accesos a la salud, en sus relaciones con las instituciones. Ese conocimiento no está en los escritorios: está en las organizaciones que convocamos.

Les esperamos. Con la Usina Cultural como espacio de encuentro, con el Día de las Diversidades como fecha de celebración y con la agenda de derechos como razón de fondo.

Por la Asociación Dr. Miguel Ragone

Salta, junio de 2026


sábado, 20 de junio de 2026

Conversatorio – panel: Del Odio Institucional al Litigio Soberano: Desmantelando las Pericias de la Impunidad en el Caso de Fernanda Arias

 

Invitación Abierta


Entre compañerxs de la diversidad, familiares directos, especialistas en teoría crítica queer y abogadxs de la familia nos juntamos en este panel-conversatorio estratégico frente a la impunidad y desvío institucional de la justicia en los casos de violencia letal contra nuestras identidades.

Este encuentro se propone como un espacio de escucha y reflexión colectiva para acuerparnos, procesar el dolor y transformar la injusticia en enseñanza compartida. Necesitamos desarmar juntxs el impacto de la 'autopsia psicológica' impuesta a nuestra compañera trans Daniela Fernanda Arias; una pericia que hiere nuestra memoria compartida al pretender patologizar su vida, reduciendo un posible transfemicidio bajo custodia policial a un 'suicidio' individual para desvincular al Estado. Mirarnos en este espejo nos permite conectar su destino con las violencias del caso 'Gerónimo', donde el discurso forense oficial borró activamente su orientación sexual bajo el rótulo técnico de la 'inseguridad urbana', negando la raíz del odio. Comprender estas marcas en nuestros propios cuerpos e historias es un paso de maduración indispensable para desnaturalizar la impunidad sistemática que invisibiliza nuestras sexualidades. Solo haciendo conscientes estas pedagogías de la crueldad podremos fortalecernos como comunidad para exigirle al Estado una justicia que no sea mera formalidad, sino reparación histórica, reconocimiento pleno e inclusión real.

 


Programa de Temas: Matriz Conceptual para el Litigio Estratégico

Introducción al Programa: Este conversatorio propone desmontar las narrativas forenses y mediáticas binarias que despolitizan las muertes de las disidencias en Salta. A través de una matriz crítica, vinculamos de forma directa los casos de Fernanda Arias y Víctor Manuel Gerónimo, evidenciando un patrón de invisibilización del odio estructural. Mientras que en el caso Gerónimo se operó mediante el ocultamiento de la escena del crimen y la reducción del hecho a un robo común, en el caso de Fernanda se apela a la psiquiatrización post-mortem para deslindar las responsabilidades del aparato estatal. Ambos escenarios exigen una lectura forense e interseccional unificada bajo los estándares internacionales para criminalidad de género.

  • Eje I: Despatologización Forense y Rechazo a la Autopsia Psicológica en Muertes Bajo Custodia.
  • Eje II: El Cuerpo como Escena de Comunicación y el Ocultamiento de la Orientación Sexual en el Caso Gerónimo.
  • Eje III: Estereotipos de Género, Prejuicio Policial y la Selectividad Penal Contravencional en Salta.
  • Eje IV: La Responsabilidad Internacional del Estado por Violencia Institucional y Transfemicidios.
  • Eje V: Estándares de Debida Diligencia Reforzada y Litigio Penal con Perspectiva de Diversidad.

Conversaremos con:

Compañerxs con experiencia interdisciplinaria de alta trayectoria técnica y activista:

  • Ab. Verónica Spaventa: Especialista en litigio penal estratégico con perspectiva de género y análisis de crímenes de odio.
  • Lic. Silvia Rodríguez: Psicóloga forense con enfoque crítico en dinámicas institucionales y criminalidad violenta.
  • Dr. Lara Bertolini (vía Zoom): Teórica, activista travesti, nodocente judicial y autora del libro "Soberanía Travesti".
  • Abogados Álvaro Camacho y Verónica Molina: Letrados representantes de la familia de Fernanda Arias, abocados al impulso técnico de la investigación judicial penal.
  • Pía Ceballos y Fernando Pequeño: Activistas y referentes de Mujeres Trans Argentina y la Asociación Civil Miguel Ragone.

 

Puntos Clave de Insistencia Colectiva:

  1. Protocolos y Jurisprudencia de Género como Obligación: Exigimos la aplicación rigurosa de los lineamientos de la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (UFEM) y los precedentes vinculantes de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en la materia (como los fallos Vicky Hernández y Azul Rojas Marín). Toda muerte violenta o dudosa de una persona travesti, trans o disidente debe ser investigada desde el primer momento bajo la presunción jurídica de un crimen de odio o transfemicidio, sin excepciones despolitizadoras.
  2. Justicia Social y Defensa de la Democracia Representativa: Reivindicamos la urgencia de alcanzar una verdadera justicia social que acompañe a la comunidad y a los familiares directos de las víctimas. Cuando el poder judicial ignora la motivación del odio en estos casos y ampara las versiones corporativas de las fuerzas de seguridad, produce una profunda degradación del servicio de justicia. Este descrédito social sistemático, arraigado profundamente en los sectores más vulnerables de la población, lesiona de manera irreversible la confianza en las instituciones del Estado y acelera la degradación de nuestra democracia representativa.

¡Justicia por Fernanda Arias! ¡Justicia por Víctor Manuel Gerónimo! El odio que no se nombra es el odio que no se condena y el que perpetúa el genocidio travesti-trans.

miércoles, 27 de mayo de 2026

El caso Gerónimo y la invisibilización del crimen de odio: El Cuerpo Como Escena

 

 

ENSAYO FORENSE

El Cuerpo Como Escena

El caso Gerónimo y la invisibilización del crimen de odio

 

Salta, mayo de 2026

 

"El crimen de odio no es solo un acto de violencia: es un acto de comunicación. El agresor habla al cuerpo de la víctima, pero su destinatario real es una comunidad entera."

— Fenomenología forense aplicada

I. Introducción: Cuando el Encuadre Distorsiona la Verdad

En la madrugada del lunes 25 de mayo de 2026, la ciudad de Salta despertó con una noticia que los medios locales encuadraron, casi sin excepción, bajo el rótulo de la inseguridad urbana: un hombre había sido hallado inconsciente, gravemente herido, en la zona del ex peaje Aunor, sobre el acceso norte a la capital provincial. Horas después, Víctor Manuel Gerónimo falleció en el Hospital San Bernardo.

La prensa salteña cubrió el hecho con la gramática familiar de la violencia delictiva: colectora oscura, zona de riesgo, auto con las puertas abiertas, víctima solitaria. Se construyó así un relato que, al mismo tiempo que informaba, clausuraba. La pregunta que este ensayo se propone formular —y que nadie parece dispuesto a hacer— es la siguiente: ¿qué se omite cuando la crónica policial gobierna en exclusiva la interpretación de un cuerpo?

Desde una perspectiva de análisis forense y crítica social, el caso Gerónimo presenta indicios que obligan a examinar la posibilidad de que el hecho constituya un crimen de odio fundado en la orientación sexual de la víctima. Esta hipótesis no es especulación: es el resultado de aplicar los protocolos criminológicos internacionales a la evidencia disponible. Lo relevante no es únicamente determinar si lo fue, sino comprender por qué esa pregunta resultó tan difícil de pronunciar.

II. Anatomía del Hecho: La Escena y sus Versiones

2.1. El hallazgo en el ex peaje Aunor

El cuerpo de Víctor Manuel Gerónimo fue descubierto en las inmediaciones del ex peaje Aunor, sobre la colectora norte de acceso a Salta Capital, en la zona conocida como Las Cabañas, próxima a la empresa de transporte Flecha Bus. La hora precisa del hallazgo no ha sido divulgada, aunque los informes coinciden en que el automóvil permaneció estacionado en el lugar durante aproximadamente cinco horas antes de ser notado por algún transeúnte o efectivo policial.

El hombre fue trasladado de urgencia por el SAMEC al Hospital San Bernardo con traumatismo facial grave y golpes múltiples. El primer informe hospitalario consignó, de manera que generó suspicacias entre los investigadores, la categoría de "muerte súbita"; la fiscalía actuante ordenó de inmediato la autopsia obligatoria y pericias en la escena, dada la evidente incompatibilidad entre ese diagnóstico y los signos visibles de violencia.

La causa quedó radicada en la Unidad de Graves Atentados contra las Personas (UGAP) y fue caratulada como muerte dudosa. Al cierre de este análisis, se encontraban pendientes los resultados de la autopsia, el estudio toxicológico y el relevamiento de cámaras de las empresas del corredor.

2.2. La fractura informativa: dos versiones, un silencio

Lo llamativo del caso Gerónimo no reside solo en el crimen sino también en cómo fue narrado. Desde las primeras horas, la cobertura mediática exhibió una fractura significativa entre versiones:

La versión policial-barrial, difundida por portales digitales de crónica roja como Salta Diario y sostenida por alertas vecinales en redes sociales, afirmó que Gerónimo fue encontrado atado de manos y desnudo, cerca de un canal de la zona, luego de haber sido víctima de un violento intento de robo de su vehículo.

La versión de los medios masivos, reproducida por El Tribuno, Hola Salta! e Infobae, ofreció una descripción más hermética: el hombre fue hallado inconsciente dentro o junto a su automóvil, con las puertas abiertas, en una colectora desolada. En estas versiones no se mencionó la desnudez ni las ataduras, y se incorporó un elemento ambiguo pero significativo: el teléfono celular de la víctima permanecía en el lugar.

Entre ambas versiones se abre el silencio más elocuente: ningún medio, ninguna fuente oficial, ningún comentarista introdujo siquiera de manera interrogativa la posibilidad de un crimen motivado por la identidad sexual de la víctima. Esa omisión, sostenida y uniforme, no es casual; es estructural.

III. El Termómetro Social: Reacciones, Sesgos y Estigma

3.1. El sentido común securitario

El rastreo de comentarios en portales de noticias locales y grupos de Facebook evidenció una reacción social homogénea en su primer nivel de lectura: la gran mayoría de los usuarios inscribió el hecho en el marco de la inseguridad urbana. La zona del ex peaje Aunor fue caracterizada como un punto negro de la delincuencia, zona liberada, lugar sin iluminación adecuada. La desnudez o las ataduras, cuando fueron mencionadas, fueron interpretadas como la saña propia de los ladrones actuales.

Este encuadre cumple una función social clara: absorbe la perturbación del crimen dentro de una narrativa conocida, la normaliza y la convierte en argumento para demandas pre-existentes (más policías, más luminarias, más cámaras). No interpela al sistema; lo refuerza. La víctima queda subsumida en la estadística de la inseguridad y su singularidad, su nombre, su historia, su posible vulnerabilidad diferencial, se diluye.

3.2. La culpabilización de la víctima: el dispositivo del "por algo habrá estado"

Un segundo nivel de reacción, más inquietante, emergió cuando comenzó a circular en medios y comentarios la información de que la colectora donde fue hallado Gerónimo es utilizada habitualmente como espacio de encuentros sexuales entre varones. A partir de ese momento, el tono de la conversación pública mutó.

Comentarios con fuerte carga moralista y homofóbica comenzaron a filtrar la idea de que la víctima, por el solo hecho de frecuentar ese tipo de espacio, había asumido un riesgo previsible, casi merecido. La lógica implícita es devastadora en su crueldad: si estabas en ese lugar, algo habrías estado haciendo; si algo habrías estado haciendo, lo que te pasó era esperable. La sexualidad disidente se convierte así en atenuante del agresor y en factor de culpabilidad de la víctima.

Este mecanismo tiene nombre en la criminología de género: es la victimización secundaria, producida no por el agresor sino por el entorno social e institucional que juzga a la víctima en lugar de al crimen. En los casos de violencia contra personas LGBT+, la victimización secundaria actúa como un borrador que elimina la especificidad del odio y lo reemplaza por la supuesta imprudencia o la culpa moral del agredido.

3.3. La omisión institucional y mediática como acto político

La ausencia más significativa en la cobertura del caso Gerónimo no es la de datos o fuentes: es la ausencia de un enfoque. Ningún medio salteño, ninguna declaración oficial de la UGAP, ningún comunicado de organizaciones de derechos humanos incorporó, en las primeras horas, el concepto de crimen de odio como hipótesis de trabajo.

Esta omisión no es solo periodística; es institucional. Los protocolos de investigación penal de perspectiva de género, establecidos por la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (UFEM) y extendibles a casos de violencia por orientación sexual, obligan a los fiscales a indagar preliminarmente si la motivación del ataque está ligada a la identidad de género o a la orientación sexual de la víctima, en especial cuando la escena presenta componentes de humillación corporal y exposición. No hacerlo no es una omisión técnica: es una decisión que tiene consecuencias para la tipificación del delito, para la búsqueda de los autores y para la memoria de las víctimas.

Callar la hipótesis del odio, en un caso con estas características, es un acto político de invisibilización.

IV. El Cuerpo Como Texto: Fenomenología Forense del Odio

4.1. El crimen de odio como acto de comunicación

La fenomenología forense es la disciplina que estudia el cómo del crimen para desentrañar su porqué: analiza la interacción entre el victimario, la víctima y la escena para reconstruir la motivación subyacente que organizó la conducta del agresor. Su premisa fundamental es que la escena no es aleatoria; es una construcción.

En los crímenes de odio, esta construcción tiene una lógica específica que los distingue de otras formas de violencia. Un crimen de odio no se define por la identidad de la víctima en sí misma —su raza, su género, su orientación sexual— sino por el significado que el victimario le asigna a esa identidad y por la función punitiva o comunicativa que cumple el acto violento. El cuerpo de la víctima se convierte en un soporte de mensajes: el mensaje al individuo que muere, el mensaje a la comunidad que lo sobrevive, el mensaje a una sociedad que lo tolera o lo condena en silencio.

4.2. Los tres patrones rectores de la escena de odio

La criminología especializada en crímenes de odio contra personas LGBT+ ha identificado tres patrones que se repiten con alta frecuencia en este tipo de hechos y que permiten diferenciarlos del homicidio por robo, del crimen pasional o del asesinato instrumental. Los tres patrones aparecen en la escena Gerónimo con distintos grados de verificabilidad según las versiones disponibles.

El overkill o saturación de violencia

En el homicidio motivado por el robo, la violencia ejerce una función instrumental y acotada: neutralizar la resistencia de la víctima para consumar el despojo. Cuando el objetivo se cumple, la violencia cesa. El crimen de odio, en cambio, exhibe lo que la fenomenología forense denomina overkill: una violencia desmedida e instrumental respecto de cualquier objetivo práctico. Los golpes continúan más allá de la neutralización. El traumatismo facial grave de Gerónimo, su estado de inconsciencia profunda y la severidad general de las lesiones constituyen un índice de esta saturación. Se golpea para borrar, para castigar, para aniquilar una identidad que el agresor percibe como inadmisible.

La degradación corporal como firma

La desnudez forzada y las ataduras no son elementos accesorios de la escena: son su núcleo significativo. En la lógica del crimen de odio contra varones homosexuales o bisexuales, despojar a la víctima de sus ropas equivale a despojarla de su dignidad y de su agencia. Las ataduras, en particular cuando se realizan con materiales improvisados como cables de cargador, implican una preparación, un ejercicio deliberado de asimetría de poder que excede ampliamente lo necesario para consumar un robo. Hay un ritual de sometimiento cuyo objetivo no es el bolsillo de la víctima sino su humanidad.

El trauma concentrado en el rostro agrega otra dimensión: en los crímenes de odio con motivación homofóbica, el golpe en la cara busca desfigurar la identidad, destruir la imagen, borrar al sujeto como ser reconocible y digno.

La firma simbólica del espacio

Los crímenes de odio contra personas LGBT+ ocurren frecuentemente en los propios espacios que las víctimas usan para ejercer su vida afectiva o sexual: parques, baños públicos, zonas de cruising. Esto no es una coincidencia de vecindad; es una elección deliberada del agresor. El espacio es parte del mensaje. Violentar a una persona en el lugar donde ejerce su sexualidad convierte ese lugar en un escenario punitivo y, al hacerlo, extiende el terror a toda la comunidad que lo frecuenta. El crimen en el acceso norte de Salta, en un punto que los propios medios identificaron como zona de encuentros sexuales, sigue exactamente esta lógica.

V. Proposiciones Forenses: Los Indicios que la Crónica No Vio

5.1. La incongruencia del móvil económico

El primer indicio que debilita la tesis del robo como hipótesis exclusiva es la permanencia del teléfono celular de Gerónimo en la escena. En el robo de vehículo con uso de violencia, los bienes de alto valor de reventa inmediata —teléfonos, carteras, efectivo, elementos electrónicos— son los primeros en ser sustraídos. Son la razón de ser del delito. El hecho de que el celular permaneciera en el lugar, combinado con la presencia del automóvil con las puertas abiertas y sin señales de haber sido forzado mecánicamente, sugiere que el foco de la acción estuvo puesto en la persona y no en sus bienes.

Esto no descarta que el agresor o los agresores tuvieran también motivaciones de despojo; los crímenes de odio no son incompatibles con el robo. Lo que sí hace es imposibilitar que el robo sea utilizado como explicación suficiente y excluyente del hecho.

5.2. La signatura de las ataduras con cables

Si se confirma el reporte técnico que indica que la víctima tenía las muñecas atadas con cables de cargador, este elemento adquiere una relevancia crucial para la tipificación. Las ataduras con material improvisado implican dos cosas que un asalto de tránsito no contempla: premeditación de algún grado y presencia sostenida en la escena.

Atar a una persona con cables requiere tiempo. Requiere que el agresor permanezca en el lugar durante ese proceso, lo que incrementa exponencialmente su riesgo de ser visto o identificado. Un ladrón racional no hace esto a menos que el sometimiento del cuerpo sea, en sí mismo, parte del objetivo. La inmovilización prolongada no es un instrumento del robo; es el acto punitivo en sí.

5.3. La desnudez y el trauma facial como castigo identitario

La combinación de desnudez forzada, ataduras y traumatismo facial en un espacio asociado a la disidencia sexual construye una firma que la criminología específica de los crímenes de odio reconoce con claridad. Cada uno de estos elementos, aislado, podría tener otras explicaciones. Los tres juntos, en este escenario, configuran una proposición indiciaria que la fiscalía está obligada a examinar.

La desnudez expone al cuerpo y lo convierte en espectáculo de su propia derrota. Las ataduras someten y ritualizan el sometimiento. El trauma en el rostro destruye la faz del sujeto, ese espacio donde la identidad se hace visible y reconocible. Exponer ese cuerpo golpeado y desnudo en la colectora de acceso a la ciudad no es un descuido del agresor: es la culminación del acto comunicativo.

VI. Los Motivos Sociales de la Invisibilización: El Odio que No Se Nombra

6.1. La comodidad del rótulo penal

Existe una economía de lo nombrable en la cultura policial y mediática argentina que tiende fuertemente hacia los encuadres más simples. El robo, el asalto, la inseguridad son categorías que no generan fricción institucional: no exigen revisar prácticas policiales, no cuestionan estructuras sociales, no obligan a reconocer que ciertos grupos humanos enfrentan una violencia cualitativamente diferente a la del delito común. Nombrar un crimen de odio, en cambio, implica reconocer que la sociedad produce ese odio, que lo incuba y que, en alguna medida, lo tolera.

El rótulo de la inseguridad genérica es cómodo porque universaliza. Dice: cualquiera puede ser víctima, todos estamos en riesgo, el problema es la delincuencia abstracta. El crimen de odio es incómodo porque particulariza: dice que esta persona fue asesinada por lo que era, y que eso tiene un nombre, y que ese nombre implica una responsabilidad social.

6.2. La homofobia como fondo de pantalla cultural

La reacción de culpabilización de la víctima que emergió en comentarios y redes sociales no es una anomalía: es la expresión de una homofobia difusa, de baja intensidad aparente, que estructura la percepción social de la disidencia sexual en buena parte del país. Esta homofobia no necesita articularse como odio explícito; basta con operar como trasfondo moral que convierte ciertos espacios en culpables y ciertos cuerpos en merecedores de violencia.

El dispositivo es sutil pero efectivo: no se dice que Gerónimo mereció morir; se dice que no debería haber estado ahí. La lógica es la misma que durante décadas se aplicó a las mujeres víctimas de violencia sexual: no debería haber salido sola, no debería haberse vestido así. En ambos casos, el agresor desaparece de la ecuación moral y la víctima queda bajo sospecha.

6.3. El silencio institucional como perpetuador de impunidad

Quizás el aspecto más grave del caso no sea lo que ocurrió en la colectora oscura del ex peaje Aunor, sino lo que no ocurrió después: la interpelación institucional, periodística y civil sobre la naturaleza del crimen. Las organizaciones LGBT+ de Salta no emitieron comunicados públicos en las primeras horas. Los medios con mayor alcance no convocaron a especialistas en criminalística o en violencia de género diversa. La fiscalía no dio señales de que los protocolos de perspectiva de género hubieran sido activados.

Este silencio no es inocente. En los casos de crímenes de odio, las primeras horas de investigación son cruciales para preservar indicios, rastrear entornos digitales de la víctima, identificar testigos del espacio y establecer si existían amenazas previas. Cada hora que transcurre sin esa perspectiva es una hora de evidencia potencialmente perdida y de impunidad potencialmente garantizada.

La impunidad estructural de la violencia contra personas LGBT+ no requiere de conspiraciones ni de voluntades explícitamente maliciosas. Se reproduce con mucha mayor eficiencia a través de la inercia, del protocolo que no se aplica, de la pregunta que no se formula, del término que nadie pronuncia.

VII. Conclusión: La Obligación de Nombrar

El caso Gerónimo no ha concluido. Al momento de la redacción de este ensayo, los resultados de la autopsia y las pericias científicas están pendientes. Es posible que la investigación arroje elementos que modifiquen o confirmen las proposiciones forenses aquí desarrolladas. Lo que no es posible, sin embargo, es que esa investigación sea conducida de manera metodológicamente responsable sin incorporar la hipótesis del crimen de odio como hipótesis a verificar o a descartar.

Minimizar el caso reduciéndolo a un hecho más de la crónica policial no es solo un error periodístico; es un error judicial y un error ético. La presencia de ataduras improvisadas, la desnudez de la víctima, el trauma facial concentrado, la preservación de objetos de valor y el anclaje geográfico del hecho en un espacio de disidencia sexual constituyen, en conjunto, una firma que los protocolos internacionales y nacionales de investigación obligan a examinar con perspectiva de diversidad.

Detrás de esta obligación metodológica hay una pregunta más profunda: ¿qué tipo de sociedad construye el relato que elige sobre sus muertos? Una sociedad que encuadra la muerte de Víctor Manuel Gerónimo exclusivamente en el léxico de la inseguridad urbana no solo omite una verdad posible; también reproduce la estructura de valores que hace posible ese tipo de violencia. El odio que no se nombra es el odio que no se condena. Y el odio que no se condena es el odio que persiste.

La justicia forense no es solo la que identifica al agresor y lo castiga; es también la que le devuelve a cada víctima la especificidad de su muerte, el reconocimiento de quién era y por qué fue atacada. Esa justicia, en el caso Gerónimo, todavía está en deuda.

Nota metodológica

Este ensayo fue elaborado sobre la base del relevamiento de medios locales y nacionales disponible al 27 de mayo de 2026 y del análisis preliminar de las versiones del hecho difundidas en ese período. No constituye una investigación judicial ni reemplaza el resultado de las pericias forenses oficiales. Su propósito es contribuir al debate académico y social sobre los marcos interpretativos aplicados a la violencia contra personas de la comunidad LGBT+ en el contexto salteño y argentino.

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