Cada 14 de febrero, miles de varones argentinos enfrentan la misma ansiedad: ¿reservé el restaurante correcto? ¿El regalo es suficientemente "especial"? ¿Cumplo con las expectativas? Detrás de estas preguntas aparentemente inocentes se esconde un dispositivo de control que lleva décadas diciéndonos cómo deben amar los hombres. Pero algo está cambiando.
El día que el mercado inventó el amor
San Valentín no siempre fue lo que conocemos. En Argentina,
su explosión comercial llegó con los años 90: shopping centers brillantes,
publicidades de perfumes caros y la promesa de que el amor verdadero se
compraba con tarjeta de crédito. Lo que se vendía no eran solo chocolates o
flores, sino un guion completo: el varón como proveedor, conquistador y
protector; la mujer como destinataria pasiva de gestos románticos.
Este modelo calzaba perfecto con el neoliberalismo de
aquella década. El "macho proveedor" se actualizaba: ya no bastaba
con traer el sueldo a casa, ahora había que demostrar amor a través del
consumo. Cenas costosas, regalos ostentosos, escapadas románticas. El amor se
volvió performance, espectáculo, y nosotros sus actores principales, repitiendo
un libreto que nadie cuestionaba.
La trampa invisible
El problema no es regalar flores o planear una cena
especial. El problema es la obligatoriedad, la asimetría, el guion
preestablecido. En ese escenario tradicional, los varones cargamos con el peso
de "cumplir" mientras delegamos toda la gestión emocional de la
relación en nuestras parejas los otros 364 días del año.
¿Cuántos de nosotros sabemos realmente qué necesita
emocionalmente nuestra pareja? ¿Cuántos podemos nombrar nuestras propias
emociones más allá de "bien" o "mal"? ¿Cuántos asumimos que
"sorprender" en San Valentín compensa meses de no escuchar
activamente?
La masculinidad hegemónica nos enseñó a "hacer"
pero no a "sentir", a "proveer" pero no a
"cuidar", a "conquistar" pero no a "sostener". Y
San Valentín, lejos de cuestionar este modelo, lo celebra y lo vende.
Cuando el amor salió del clóset
Algo comenzó a agrietarse en 2010. La Ley de Matrimonio
Igualitario no solo democratizó el derecho a casarse: transformó el imaginario
de quiénes podían protagonizar los rituales del amor romántico. De pronto,
parejas de varones ocupaban restaurantes en San Valentín, publicaban sus
celebraciones, existían públicamente.
Los investigadores Maximiliano Marentes y Daniel Jones
estudiaron este fenómeno y encontraron algo revelador: estas parejas no solo
accedían a la fecha, sino que a menudo la reinterpretaban. Algunos adoptaban
los códigos tradicionales como forma de legitimación social; otros los
subvertían conscientemente, creando sus propios rituales por fuera del mandato
heteropatriarcal.
Esta apertura planteó preguntas incómodas: si dos varones
celebran San Valentín, ¿quién debe pagar? ¿Quién "conquista" a quién?
La incomodidad de estas preguntas evidencia algo más profundo: que esos roles
nunca fueron naturales, sino construcciones culturales que el mercado y el
patriarcado naturalizaron durante décadas.
La mochila que debemos soltar
Pero hay una paradoja: mientras San Valentín se abría a
nuevas formas de amor, las estadísticas de violencia machista seguían
escalando. Femicidios, violencia doméstica, maltrato psicológico. ¿Cómo
conviven en una misma sociedad el "amor romántico" del 14 de febrero
y estas cifras brutales?
La respuesta es dolorosa: porque ambos fenómenos comparten
raíz. El modelo de masculinidad que nos enseña a "conquistar" en San
Valentín es el mismo que nos entrena para no soltar el control, para no
procesar el rechazo, para confundir amor con posesión. El príncipe azul y el
femicida no están en universos separados; habitan extremos del mismo continuum
de masculinidad tóxica.
La verdadera "mochila" que debemos soltar no son
los gestos románticos, sino los mandatos de dominación que los sustentan. Y ahí
entra el concepto que puede cambiarlo todo: la responsabilidad afectiva.
¿Qué significa amar responsablemente?
Responsabilidad afectiva no es una frase linda para estampar
en remeras. Es una praxis cotidiana que implica:
Reciprocidad en el cuidado. Que la gestión emocional
de la relación no recaiga siempre en la otra persona. Que nosotros también
preguntemos "¿cómo estás?" y tengamos la capacidad de sostener la
respuesta, aunque sea incómoda.
Escucha activa. Desmontar el mandato masculino de
"tener respuestas" para todo. A veces amar es simplemente estar
presente, sin arreglar, sin minimizar, sin dar consejos no pedidos.
Equidad cotidiana. Que San Valentín no sea la
excepción que confirma 363 días de desigualdad. De poco sirve un ramo de rosas
si no repartimos equitativamente las tareas domésticas, si no compartimos la
carga mental del hogar, si no asumimos el cuidado como responsabilidad
compartida.
Consentimiento continuo. Aplicable a todo: desde la
vida sexual hasta las decisiones sobre la relación. Y esto incluye las nuevas
configuraciones vinculares—poliamor, relaciones abiertas—que también requieren
pactos explícitos y revisables.
Vulnerabilidad. Quizás lo más difícil: permitirnos
sentir y nombrar miedo, tristeza, inseguridad. Desmontar la armadura emocional
que nos pusieron desde niños.
Desobedecer el guion
Entonces, ¿qué hacemos con San Valentín? ¿Lo boicoteamos?
¿Lo cancelamos? No necesariamente. Podemos apropiárnoslo, resignificarlo,
convertirlo en laboratorio de nuevas formas de amar.
Imaginen un 14 de febrero donde en lugar de competir por
quién hace el gesto más espectacular, los varones nos juntemos a conversar
sobre nuestras dificultades para expresar afecto. Donde regalemos tiempo de
calidad en lugar de objetos costosos. Donde celebremos no solo parejas
románticas sino todas las formas de amor: amistades, vínculos familiares
elegidos, redes de cuidado comunitario.
Imaginen varones que ese día se comprometan públicamente a
revisar sus privilegios, a desaprender violencias sutiles, a construir
masculinidades más habitables. Que usen las redes sociales no para mostrar cuán
"románticos" son, sino para visibilizar las luchas por la equidad de
género.
El amor como acto político
Suena utópico, lo sé. Pero las transformaciones culturales
siempre empiezan en lo pequeño, en las grietas del sistema. Cada varón que
elige escuchar en lugar de imponer, que reparte tareas sin que se lo pidan, que
sostiene un llanto sin incommodarse, está haciendo política afectiva.
San Valentín puede ser un punto de partida, no de llegada.
Una excusa para preguntarnos: ¿cómo queremos amar? ¿Qué tipo de varones
queremos ser? ¿Qué mundo afectivo queremos construir?
La revolución no vendrá solo de destruir el capitalismo
romántico (aunque eso ayudaría). Vendrá de construir, en lo cotidiano, formas
de vinculación donde el amor no sea dominio sino libertad, no sea pose sino
autenticidad, no sea guion sino improvisation compartida.
Preguntas para llevar
Este 14 de febrero, antes de hacer la reserva o comprar el
regalo, probemos preguntarnos:
- ¿Estoy
eligiendo esto porque genuinamente quiero o porque siento que
"debo"?
- ¿Conozco
realmente las necesidades afectivas de mi pareja o asumo que sé?
- ¿Qué
hice el último mes para sostener emocionalmente la relación más allá de
gestos excepcionales?
- ¿Qué
violencias sutiles estoy reproduciendo sin darme cuenta?
- ¿Cómo
sería un San Valentín diseñado desde la igualdad y no desde el mercado?
Las respuestas no serán cómodas. Pero la incomodidad es
justamente el primer paso para desmontar décadas de mandatos introyectados.
El patriarcado nos prometió que siendo proveedores,
conquistadores y protectores seríamos amados. Nos mintió. El camino hacia
masculinidades saludables pasa por desaprender esos roles y aprender a
vincularnos desde la horizontalidad, la reciprocidad y la responsabilidad.
San Valentín puede seguir siendo una fecha comercial más, o
puede convertirse en un recordatorio anual de que el amor, el verdadero, no se
compra con rosas rojas. Se construye todos los días, en lo pequeño, con la
valentía de ser vulnerables y la decisión política de repartir el cuidado.
La pregunta ya no es qué regalar este 14 de febrero. La
pregunta es: ¿qué tipo de varón quiero ser el 15, el 16 y todos los días que
siguen?
Esa es la revolución afectiva que realmente necesitamos.
Las masculinidades no son destino sino construcción. Y
toda construcción puede ser derribada y rehecha, si tenemos el coraje de
sostener el cincel.




