Cuando Julieta Valencia, subsecretaria de Género de Salta, eligió estar en la celebración trans por los catorce años de la Ley de Identidad de Género, algo ocurrió que no estaba en el programa. No fue protocolo ni foto de gestión: fue un gesto de reconocimiento mutuo en un espacio cargado de memoria y de reparación histórica pendiente. El Estado provincial reconocía a la comunidad como interlocutora política legítima; la comunidad ofrecía, con todos sus reparos históricos sobre la mesa, una apertura condicional hacia quien llegaba con credenciales institucionales y señales de escucha. Este ensayo explora esa posibilidad sin ingenuidad y sin cinismo: como un doble compromiso frágil, construido sobre los escombros de la desconfianza, en un contexto de repliegue nacional que vuelve urgente preguntarse si el Estado provincial puede convertirse en valla de contención. Por ahora, la respuesta honesta es: todavía no se sabe. Pero hay indicios que merecen atención.
Reflexiones en torno a la presencia de Julieta
Valencia en la mímica trans de Salta
Por Fernando Pequeño
Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A
cerca de mi escritura asistida con IA.
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| Momento en la fiesta conmemorativa a 14 años de la sanción de la ley de Identidad de Gènero En La Ventolera. Julieta Valencia conoce la interpretación mímica de la activista Mary Robles |
Hay gestos que no caben del todo en el protocolo. Que
exceden el acta, la foto oficial y el comunicado de prensa. La presencia de
Julieta Valencia, subsecretaria de Género de la provincia de Salta, en la
celebración de los catorce años de la Ley de Identidad de Género —esa noche de
mímicas, de divas dobladas y de cuerpos que reclaman escenario— podría ser uno
de esos gestos. O podría no serlo. Esa ambigüedad no es un defecto del
análisis: es, precisamente, su punto de partida.
La celebración estuvo organizada por organizaciones sociales
históricas y centrales en el espacio político de las luchas de la comunidad en
Salta y sus membresías nacionales: MTA Salta y ATTA Salta, junto a La Ventolera
y nuevas expresiones de institucionalidades de la diversidad: Ballroom Salta,
Magika producciones, y ool Moon in Gemini.
Lo que aquí se propone no es una celebración prematura ni
una condena anticipada. Es algo más difícil y más honesto: la exploración de
una posibilidad. La hipótesis de que ese encuentro —entre una funcionaria del
Estado provincial y una comunidad que ha aprendido a sobrevivir a pesar
del Estado— podría estar inaugurando algo que merece, al menos, ser pensado con
cuidado.
El altar y la funcionaria
Para entender el peso de ese encuentro hay que entender
primero qué es la mímica trans en Salta. No es entretenimiento en el sentido
burgués del término. No es una velada de variedades. Es un ritual de memoria y
de reparación, una liturgia laica donde las mujeres de la generación histórica
—aquellas que cargaron en el cuerpo las razzias, los calabozos, la persecución
policial sistemática— recuperan la soberanía sobre sus propias historias a
través del doblaje de divas. Cada playback es también un desagravio. Cada
peluca, un acto de justicia poética.
En ese espacio —denso, cargado, irreducible a cualquier
relato oficial— apareció la subsecretaria. Y esa aparición podría leerse, si se
quisiera ser cauteloso, como un reconocimiento doble y mutuamente orientado: el
Estado provincial reconociendo a la comunidad como interlocutora política
legítima; la comunidad ofreciendo, con todos sus reparos históricos bien
puestos sobre la mesa, una apertura condicional hacia quien llega con
credenciales institucionales pero también, al parecer, con voluntad de escucha.
Podría leerse así. Esa es la posibilidad que vale la pena
explorar.
La herencia de la desconfianza
Pero antes de avanzar es necesario detenerse en lo que la
comunidad trans de Salta trae consigo cuando se sienta a negociar con cualquier
representante del Estado. Trae décadas de promesas incumplidas. Trae la memoria
de los edictos policiales que criminalizaban la identidad de género mucho antes
de que esa expresión existiera en el vocabulario jurídico. Trae los
transfemicidios sin condena, las denuncias que se extraviaron en pasillos
judiciales, los programas que florecieron en gestiones anteriores y se marchitaron
con el cambio de administración. Trae, sobre todo, el conocimiento íntimo de
que la voluntad política de un funcionario puede ser genuina y, aun así,
insuficiente frente a las inercias institucionales.
Esa desconfianza no es paranoia. Es epistemología. Es el
resultado de un aprendizaje histórico que costó caro. Y es, paradójicamente, la
condición de posibilidad de cualquier alianza real: porque solo quien conoce el
riesgo puede evaluar si vale la pena correrlo.
Desde esa suspicacia fundada —y no desde ningún otro lugar—
es que se puede formular algo parecido a un voto de confianza.
Lo que la gestión podría estar ofreciendo
Julieta Valencia llegó a la Subsecretaría de Género en enero
de 2026 con un perfil técnico: licenciada en Ciencia Política, especializada en
Administración Pública. En un contexto de desfinanciamiento nacional acelerado,
ese perfil no es un detalle menor. Cuando los recursos económicos se retiran,
lo que queda —si algo queda— es la capacidad de articular redes
institucionales, de gestionar con lo poco que hay, de hacer que los engranajes
del Estado sean menos hostiles para quienes históricamente los sufrieron.
En ese sentido, algunas de las líneas de trabajo que
Valencia ha esbozado merecen atención, aunque siempre bajo la condición del
condicional gramatical: si se sostienen, si se profundizan, si
no se disuelven en el primer cambio de prioridades. La propuesta de
capacitar a personal policial en comunicación asertiva y habilidades de
escucha, por ejemplo, podría parecer una medida cosmética. Pero pensada desde
adentro del sistema, desde quien sabe que una denuncia bien caratulada es la
diferencia entre justicia a tiempo y justicia que no llega, esa propuesta
adquiere otro relieve. Si la policía aprende a no revictimizar en la primera
escucha, si aprende a nombrar correctamente lo que denuncia, el efecto en
cascada sobre la calidad de las intervenciones judiciales podría ser real. No
es la transformación estructural que se necesita. Pero podría ser un punto de
palanca, uno de esos pequeños cambios técnicos que tienen efectos políticos
desproporcionados.
La apuesta por la "calidad de la primera escucha"
como eje de gestión también señala algo: que hay una comprensión, al menos
discursiva, de que el contacto entre el Estado y las personas en situación de
vulnerabilidad no ocurre en los documentos de política pública sino en el
momento en que alguien cruza una puerta y se enfrenta a un mostrador. Si esa
comprensión se traduce en protocolos concretos en el Polo de la Mujer —ese
espacio de atención ampliada que funciona de ocho a veinte horas—, el impacto
cotidiano podría sentirse.
El lenguaje del cuerpo presente
Pero volvamos a la fiesta, porque la fiesta es el núcleo de
todo esto.
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| Discursos de referenes de la comunidad LGBT en Salta, en La Ventolera |
Cuando una funcionaria del Estado elige estar en ese espacio
—no en la conferencia de prensa, no en el acto institucional con formato de
acto institucional, sino en la celebración comunitaria, en el calor del ritual,
frente al escenario donde las históricas doblan a sus divas— está comunicando
algo que ningún comunicado puede comunicar. Está diciendo, con el lenguaje del
cuerpo presente, que reconoce la legitimidad política de esa alegría. Que la
alegría trans no es un asunto privado ni un espectáculo tolerado, sino un hecho
político que merece testigos institucionales.
Ese gesto podría ser el inicio de algo. O podría ser, como
tantas veces antes, un gesto que no se sostiene en el tiempo, que no se traduce
en presupuesto ni en política concreta, que se agota en la foto y en el abrazo.
La comunidad trans de Salta tiene razones sobradas para sospechar de ambas
interpretaciones con igual intensidad.
Lo que hace interesante este momento, sin embargo, es que el
contexto nacional le otorga al gesto una densidad particular. En un escenario
donde el gobierno federal ha dado marcha atrás en políticas de diversidad con
una velocidad que asusta, donde los discursos estigmatizantes han recuperado
legitimidad pública, donde la violencia simbólica y material contra las
personas LGBTIQ+ se ha intensificado, la subsistencia de una Subsecretaría de
Género activa a nivel provincial no es poca cosa. Y que esa subsecretaría elija
el camino del diálogo y la presencia en lugar del repliegue burocrático es, al
menos, una señal que merece ser leída.
Una alianza bajo condición
Hay una figura que parece adecuada para nombrar lo que
podría estar construyéndose aquí: la alianza de supervivencia. No la alianza de
la abundancia, que reparte recursos y celebra conquistas. Sino la que se forja
cuando ambas partes tienen algo que perder y algo que ofrecer en un momento de
contracción general. La Subsecretaría ofrece institucionalidad, articulación
interinstitucional, la posibilidad —condicional, siempre condicional— de que el
Estado provincial funcione como una valla de contención frente al retroceso
nacional. La comunidad ofrece su memoria, su organización, su capacidad de
visibilizar lo que el poder preferiría mantener invisible, su conocimiento
situado de las violencias que ningún informe estadístico puede capturar del
todo.
Esa alianza, si se construye con honestidad sobre los
escombros de la desconfianza histórica, podría producir algo valioso. No la
transformación estructural que la justicia exige —esa sigue siendo una deuda
del sistema en su conjunto— sino quizás algo más inmediato y más urgente: la
posibilidad de que en Salta, en este momento difícil, las personas trans
encuentren en el Estado provincial un interlocutor real y no un espejo de
indiferencia.
Es una posibilidad. No una certeza. Un horizonte que vale la
pena mantener abierto, con los ojos bien puestos en lo que la gestión
efectivamente haga con el tiempo que tiene por delante.
Porque la fiesta termina, el escenario se desarma, las
divas vuelven a ser personas que caminan por una ciudad que no siempre las
cuida. Y lo que queda, después de la última mímica, es la pregunta de siempre:
¿en quién se puede confiar, y bajo qué condiciones?
Por ahora, la respuesta honesta es: todavía no se sabe.
Pero hay indicios que merecen atención. Y eso, en el contexto actual, no es
poco.










