domingo, 10 de mayo de 2026

La Subse “trans”. La fiesta como umbral: apuntes sobre un encuentro posible

Cuando Julieta Valencia, subsecretaria de Género de Salta, eligió estar en la celebración trans por los catorce años de la Ley de Identidad de Género, algo ocurrió que no estaba en el programa. No fue protocolo ni foto de gestión: fue un gesto de reconocimiento mutuo en un espacio cargado de memoria y de reparación histórica pendiente. El Estado provincial reconocía a la comunidad como interlocutora política legítima; la comunidad ofrecía, con todos sus reparos históricos sobre la mesa, una apertura condicional hacia quien llegaba con credenciales institucionales y señales de escucha. Este ensayo explora esa posibilidad sin ingenuidad y sin cinismo: como un doble compromiso frágil, construido sobre los escombros de la desconfianza, en un contexto de repliegue nacional que vuelve urgente preguntarse si el Estado provincial puede convertirse en valla de contención. Por ahora, la respuesta honesta es: todavía no se sabe. Pero hay indicios que merecen atención.


Reflexiones en torno a la presencia de Julieta Valencia en la mímica trans de Salta

Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
A cerca de mi escritura asistida con IA.

 

Momento en la fiesta conmemorativa a 14 años de la sanción de la ley de Identidad de Gènero
En La Ventolera. Julieta Valencia conoce la interpretación mímica de la activista Mary Robles 


Hay gestos que no caben del todo en el protocolo. Que exceden el acta, la foto oficial y el comunicado de prensa. La presencia de Julieta Valencia, subsecretaria de Género de la provincia de Salta, en la celebración de los catorce años de la Ley de Identidad de Género —esa noche de mímicas, de divas dobladas y de cuerpos que reclaman escenario— podría ser uno de esos gestos. O podría no serlo. Esa ambigüedad no es un defecto del análisis: es, precisamente, su punto de partida.

La celebración estuvo organizada por organizaciones sociales históricas y centrales en el espacio político de las luchas de la comunidad en Salta y sus membresías nacionales: MTA Salta y ATTA Salta, junto a La Ventolera y nuevas expresiones de institucionalidades de la diversidad: Ballroom Salta, Magika producciones, y ool Moon in Gemini. 

Lo que aquí se propone no es una celebración prematura ni una condena anticipada. Es algo más difícil y más honesto: la exploración de una posibilidad. La hipótesis de que ese encuentro —entre una funcionaria del Estado provincial y una comunidad que ha aprendido a sobrevivir a pesar del Estado— podría estar inaugurando algo que merece, al menos, ser pensado con cuidado.

 

El altar y la funcionaria

Para entender el peso de ese encuentro hay que entender primero qué es la mímica trans en Salta. No es entretenimiento en el sentido burgués del término. No es una velada de variedades. Es un ritual de memoria y de reparación, una liturgia laica donde las mujeres de la generación histórica —aquellas que cargaron en el cuerpo las razzias, los calabozos, la persecución policial sistemática— recuperan la soberanía sobre sus propias historias a través del doblaje de divas. Cada playback es también un desagravio. Cada peluca, un acto de justicia poética.

En ese espacio —denso, cargado, irreducible a cualquier relato oficial— apareció la subsecretaria. Y esa aparición podría leerse, si se quisiera ser cauteloso, como un reconocimiento doble y mutuamente orientado: el Estado provincial reconociendo a la comunidad como interlocutora política legítima; la comunidad ofreciendo, con todos sus reparos históricos bien puestos sobre la mesa, una apertura condicional hacia quien llega con credenciales institucionales pero también, al parecer, con voluntad de escucha.

Podría leerse así. Esa es la posibilidad que vale la pena explorar.

 

La herencia de la desconfianza

Pero antes de avanzar es necesario detenerse en lo que la comunidad trans de Salta trae consigo cuando se sienta a negociar con cualquier representante del Estado. Trae décadas de promesas incumplidas. Trae la memoria de los edictos policiales que criminalizaban la identidad de género mucho antes de que esa expresión existiera en el vocabulario jurídico. Trae los transfemicidios sin condena, las denuncias que se extraviaron en pasillos judiciales, los programas que florecieron en gestiones anteriores y se marchitaron con el cambio de administración. Trae, sobre todo, el conocimiento íntimo de que la voluntad política de un funcionario puede ser genuina y, aun así, insuficiente frente a las inercias institucionales.

Esa desconfianza no es paranoia. Es epistemología. Es el resultado de un aprendizaje histórico que costó caro. Y es, paradójicamente, la condición de posibilidad de cualquier alianza real: porque solo quien conoce el riesgo puede evaluar si vale la pena correrlo.

Desde esa suspicacia fundada —y no desde ningún otro lugar— es que se puede formular algo parecido a un voto de confianza.


 

Lo que la gestión podría estar ofreciendo

Julieta Valencia llegó a la Subsecretaría de Género en enero de 2026 con un perfil técnico: licenciada en Ciencia Política, especializada en Administración Pública. En un contexto de desfinanciamiento nacional acelerado, ese perfil no es un detalle menor. Cuando los recursos económicos se retiran, lo que queda —si algo queda— es la capacidad de articular redes institucionales, de gestionar con lo poco que hay, de hacer que los engranajes del Estado sean menos hostiles para quienes históricamente los sufrieron.

En ese sentido, algunas de las líneas de trabajo que Valencia ha esbozado merecen atención, aunque siempre bajo la condición del condicional gramatical: si se sostienen, si se profundizan, si no se disuelven en el primer cambio de prioridades. La propuesta de capacitar a personal policial en comunicación asertiva y habilidades de escucha, por ejemplo, podría parecer una medida cosmética. Pero pensada desde adentro del sistema, desde quien sabe que una denuncia bien caratulada es la diferencia entre justicia a tiempo y justicia que no llega, esa propuesta adquiere otro relieve. Si la policía aprende a no revictimizar en la primera escucha, si aprende a nombrar correctamente lo que denuncia, el efecto en cascada sobre la calidad de las intervenciones judiciales podría ser real. No es la transformación estructural que se necesita. Pero podría ser un punto de palanca, uno de esos pequeños cambios técnicos que tienen efectos políticos desproporcionados.

La apuesta por la "calidad de la primera escucha" como eje de gestión también señala algo: que hay una comprensión, al menos discursiva, de que el contacto entre el Estado y las personas en situación de vulnerabilidad no ocurre en los documentos de política pública sino en el momento en que alguien cruza una puerta y se enfrenta a un mostrador. Si esa comprensión se traduce en protocolos concretos en el Polo de la Mujer —ese espacio de atención ampliada que funciona de ocho a veinte horas—, el impacto cotidiano podría sentirse.

 

El lenguaje del cuerpo presente

Pero volvamos a la fiesta, porque la fiesta es el núcleo de todo esto.

Discursos de referenes de la comunidad LGBT en Salta, en La Ventolera


Cuando una funcionaria del Estado elige estar en ese espacio —no en la conferencia de prensa, no en el acto institucional con formato de acto institucional, sino en la celebración comunitaria, en el calor del ritual, frente al escenario donde las históricas doblan a sus divas— está comunicando algo que ningún comunicado puede comunicar. Está diciendo, con el lenguaje del cuerpo presente, que reconoce la legitimidad política de esa alegría. Que la alegría trans no es un asunto privado ni un espectáculo tolerado, sino un hecho político que merece testigos institucionales.

Ese gesto podría ser el inicio de algo. O podría ser, como tantas veces antes, un gesto que no se sostiene en el tiempo, que no se traduce en presupuesto ni en política concreta, que se agota en la foto y en el abrazo. La comunidad trans de Salta tiene razones sobradas para sospechar de ambas interpretaciones con igual intensidad.

Lo que hace interesante este momento, sin embargo, es que el contexto nacional le otorga al gesto una densidad particular. En un escenario donde el gobierno federal ha dado marcha atrás en políticas de diversidad con una velocidad que asusta, donde los discursos estigmatizantes han recuperado legitimidad pública, donde la violencia simbólica y material contra las personas LGBTIQ+ se ha intensificado, la subsistencia de una Subsecretaría de Género activa a nivel provincial no es poca cosa. Y que esa subsecretaría elija el camino del diálogo y la presencia en lugar del repliegue burocrático es, al menos, una señal que merece ser leída.

 

Una alianza bajo condición

Hay una figura que parece adecuada para nombrar lo que podría estar construyéndose aquí: la alianza de supervivencia. No la alianza de la abundancia, que reparte recursos y celebra conquistas. Sino la que se forja cuando ambas partes tienen algo que perder y algo que ofrecer en un momento de contracción general. La Subsecretaría ofrece institucionalidad, articulación interinstitucional, la posibilidad —condicional, siempre condicional— de que el Estado provincial funcione como una valla de contención frente al retroceso nacional. La comunidad ofrece su memoria, su organización, su capacidad de visibilizar lo que el poder preferiría mantener invisible, su conocimiento situado de las violencias que ningún informe estadístico puede capturar del todo.

Esa alianza, si se construye con honestidad sobre los escombros de la desconfianza histórica, podría producir algo valioso. No la transformación estructural que la justicia exige —esa sigue siendo una deuda del sistema en su conjunto— sino quizás algo más inmediato y más urgente: la posibilidad de que en Salta, en este momento difícil, las personas trans encuentren en el Estado provincial un interlocutor real y no un espejo de indiferencia.

Es una posibilidad. No una certeza. Un horizonte que vale la pena mantener abierto, con los ojos bien puestos en lo que la gestión efectivamente haga con el tiempo que tiene por delante.

 

Porque la fiesta termina, el escenario se desarma, las divas vuelven a ser personas que caminan por una ciudad que no siempre las cuida. Y lo que queda, después de la última mímica, es la pregunta de siempre: ¿en quién se puede confiar, y bajo qué condiciones?

Por ahora, la respuesta honesta es: todavía no se sabe. Pero hay indicios que merecen atención. Y eso, en el contexto actual, no es poco.

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