En el ensayo "Estéticas de la trinchera", Fernando Pequeño Ragone analiza la Marcha del Orgullo de invierno de 2026 en Salta como un acto de resistencia política ante el repliegue del Estado neoliberal. Ubicado en el Anfiteatro “Cuchi” Leguizamón, el autor explora cómo los cuerpos disidentes construyen una infraestructura afectiva de supervivencia en un contexto de desabastecimiento sanitario y precarización laboral.
A través de una mirada etnográfica, el texto destaca que la ausencia de proclamas políticas tradicionales es suplida por el baile, el vestuario y el fuego, elementos que funcionan como tecnologías de resistencia tan legítimas como el panfleto. El autor emplea la noción bajtiniana de cultura carnavalesca para describir cómo el vogue, el transformismo y la cumbia-RKT instauran un "segundo mundo" que suspende las jerarquías oficiales y la intemperie institucional. En definitiva, el ensayo propone que la juventud salteña ha transformado el asfalto en una pasarela de soberanía identitaria, donde el goce popular y el cuidado colectivo se erigen como la respuesta política más sofisticada frente a la crisis actual.
Estéticas de la trinchera
El cuerpo queer como refugio en la Salta neoliberal
Notas etnográficas sobre la Marcha del
Orgullo de invierno, Anfiteatro “Cuchi” Leguizamón, Salta, 2026
Por Fernando Pequeño
Ragone
asistido por, Gemini y Claude IA
A
cerca de mi escritura asistida con IA.
Palabras para el colectivo LGBTQ+
¡Compañeras,
compañeros, compañeres, qué orgullo enorme es vernos acá, aguantando el frío de
este invierno salteño en nuestro querido Anfiteatro “Cuchi” Leguizamón!. No
estamos acá por casualidad ni por capricho; estamos acá porque esta marcha de
invierno es nuestro termómetro de resistencia, el lugar donde nos encontramos
para debatir y plantarnos frente a la intemperie que nos quieren imponer.
Sabemos muy
bien que estamos viviendo tiempos difíciles donde el Estado se retira y nos
deja a gamba: lo sentimos en la falta de reactivos para la detección del VIH,
en los palos que le ponen a nuestras hormonizaciones y cirugías, y en cómo nos
precarizan el cupo laboral. Esa violencia no es un papel escrito, es algo que
se nos mete en el cuerpo, pero ante ese desamparo tenemos una elección clara: o
nos quedamos solos o armamos esta respuesta colectiva.
A los que dicen
que nos falta el documento o la proclama política tradicional, les respondemos
con nuestro baile, nuestro vestuario y nuestro fuego. Porque nuestro goce y
nuestra alegría son tecnologías de lucha tan válidas como cualquier documento
político. Acá, en este anfiteatro, estamos fundando un "segundo
mundo", un territorio de libertad donde por unas horas mandamos nosotres
con nuestra risa y nuestra soberanía del cuerpo.
Miren lo que
logramos hoy: borramos el límite del escenario con esta bandera gigante y
transformamos el cemento gris en una pasarela donde nuestras identidades
marginadas brillan con luz propia. En esta Salta que a veces se pone tan
conservadora, ocupar este espacio público con nuestras estéticas trans y drag
es un acto de rebeldía pura, porque rompe con ese mandato de que tenemos que
vivir escondidos o solo de noche.
Cuando
escuchamos "El Show debe conitnuar" o cuando nuestras artistas drag
dan vuelta las canciones de siempre para cantarlas con nuestro sentimiento,
estamos usando la música como una armadura de orgullo contra la hostilidad. Y
cuando bajamos al suelo con el vogue, con cada caída y cada pose, estamos
desobedeciendo esa postura rígida que la sociedad nos quiere imponer; estamos
tomando el suelo para decir que este espacio también es nuestro.
Ese círculo de
fuego que armamos no es solo para la foto; es nuestro ritual de cuidado, es la
tribu que se junta en el asfalto para protegerse del frío institucional. Y
cuando suena el RKT y la cumbia, estamos gritando que nuestro orgullo también
es de barrio, es marika-trava-villero y que no necesitamos pedir permiso para
ocupar el centro.
Compañeres,
aunque no haya un documento escrito, nuestra política está en cada abrazo y en
cada coreografía, porque el repertorio de nuestros cuerpos es lo que mantiene
viva nuestra memoria. Donde el Estado nos da la espalda, nosotres ponemos el
hombro y el afecto como nuestra infraestructura para sobrevivir. ¡Sigamos
bailando y luchando, porque para nosotres, el show no solo continúa, el show es
nuestra resistencia!.
Segmentos del show. Anfiteatro Cuchi Legizamón
1. Problematización: pensar el cuerpo disidente cuando el Estado se retira
Escribo estas páginas desde el lugar de quien observa —y se deja afectar—
por casi un cuarto de siglo de marchas del orgullo en la capital salteña. En
2026, como en años anteriores, la militancia local desdobló el calendario en
dos convocatorias: una marcha de invierno, celebrada a fines de junio en
sincronía con el calendario internacional que conmemora los disturbios de
Stonewall, y una marcha de verano, hacia fines de año, heredera de la tradición
porteña y pensada para la convocatoria masiva al aire libre. Esta duplicación
no es un capricho de agenda: en una provincia geográficamente extensa y de
arraigo conservador persistente, la versión invernal funciona como termómetro
de resistencia y debate político frente a la intemperie institucional, mientras
que la estival descentraliza la protesta y permite que las delegaciones del
interior converjan en la capital. Es sobre la jornada de invierno de 2026,
registrada en el Anfiteatro “Cuchi” Leguizamón del Parque San Martín, que
construyo este ensayo.
Mi primer impulso analítico, al sentarme frente al registro audiovisual
de esa noche, fue de cuño marxista y existencialista. Si las condiciones
materiales de existencia determinan, en última instancia, la conciencia social
(Marx, 1859/2008), entonces el repliegue del Estado de bienestar —el
desabastecimiento de medicación para el VIH, la retracción en la provisión de
insumos para la detección de carga viral, la quita de fondos para hormonización
y cirugías de reasignación, la precarización del cupo laboral trans— no es una
abstracción de política pública: es una violencia material que se inscribe
directamente sobre los cuerpos. Cruzando esa premisa con la libertad situada de
Jean-Paul Sartre (1943/2004), para quien el sujeto está “condenado a ser libre”
y a definirse mediante elecciones concretas en circunstancias históricas que no
eligió, entendí el desamparo institucional como una bifurcación existencial:
atomización individualista o respuesta colectiva. No abandono esa lectura
estructural a lo largo de este texto. Pero me propongo, deliberadamente, no
detenerme allí.
Existe una tentación teórica —que reconozco en ciertas relecturas
pesimistas de Antonio Gramsci (1975) sobre la hegemonía cultural y en el
diagnóstico de Mark Fisher (2009/2016) acerca del “realismo capitalista”— de
asumir que la subsunción del deseo bajo la lógica del mercado clausura todo
horizonte emancipatorio, que la batalla cultural ya está perdida de antemano.
Frente al escenario del Anfiteatro Cuchi Leguizamón, esa lectura se revela
insuficiente. No encontré allí los documentos políticos leídos en voz alta, ni
la denuncia explícita en formato de proclama partidaria que el imaginario
militante clásico esperaría. Encontré, en cambio, baile, vestuario, canto y
fuego. Y sostengo que ese hallazgo exige ampliar el marco: pensar la hegemonía
no como bloque monolítico sino, con el propio Gramsci, como proceso en
permanente disputa, y leer la corporalidad, la música y la reapropiación del
espacio público como tecnologías de resistencia tan legítimas como el panfleto.
Esta ampliación encuentra su llave teórica más productiva en Mijaíl
Bajtín (1965/1987) y su noción de cultura popular carnavalesca. Para Bajtín, la
fiesta medieval no era evasión pasiva de la opresión feudal y eclesiástica,
sino la instauración temporaria de un “segundo mundo” regido por la inversión
utópica de las jerarquías oficiales. Sostengo, a lo largo de este ensayo, que
el Anfiteatro Cuchi Leguizamón reactiva esa tecnología medieval bajo clave
queer y contemporánea: frente al frío invierno neoliberal, el espacio de la
fiesta suspende momentáneamente las leyes del mercado y la intemperie
institucional para fundar, por unas horas, un territorio regido por el exceso,
la risa plebeya y la soberanía del cuerpo. Lo sagrado del poder oficial —la
solemnidad, la binariedad, el silencio impuesto sobre el deseo disidente— es
profanado mediante el perreo, el vogue y el transformismo. La fiesta no es el
olvido de la crisis: es, como intentaré mostrar en cada escena descrita a
continuación, un ensayo general de libertad, un laboratorio donde los cuerpos
precarizados construyen, colectivamente, una infraestructura afectiva de
supervivencia.
La diferencia generacional entre quien escribe y quienes protagonizan
estas escenas —jóvenes veinteañeros que habitan la espacialidad resistente de
la noche invernal— aparece, en un primer momento, como un abismo biográfico. Me
propongo convertir ese abismo en puente analítico y afectivo. La pregunta que
organiza mi mirada no es si esta juventud podrá, algún día, articular una
respuesta reflexiva y políticamente lúcida ante el vaciamiento sanitario, la
discriminación laboral solapada y la reactivación de las lógicas
disciplinadoras policiales —esa pregunta institucional sigue abierta y no debo
obturarla—, sino qué formas de resistencia están ya ensayando, aquí y ahora, en
las fisuras del capitalismo tardío y la cultura globalizada, allí donde el
mandato individualista del mercado intenta, una y otra vez, fagocitar la
solidaridad para devolverla convertida en oferta mercantil o en métrica de
rédito personal.
2. Nota sobre la posición de observación
Las escenas que describo a continuación provienen de un registro
audiovisual fragmentario —nueve fragmentos de video tomados sobre el escenario
y las gradas del anfiteatro— que reconstruyo aquí en clave narrativa,
respetando su orden de aparición pero tejiéndolos con las categorías teóricas
que fueron emergiendo del propio corpus. Mi posición es la de un observador
situado, que llega con un marco previo (materialismo histórico,
existencialismo, teoría de la hegemonía) y que ese mismo marco se ve tensionado,
ampliado y en parte reescrito por lo que efectivamente ve y escucha. Este
ejercicio etnográfico no pretende exhaustividad sociológica; pretende
inteligibilidad: volver legible, para un lector que no comparte necesariamente
el código generacional o musical de estas escenas, la densidad política que las
atraviesa.
3. El anfiteatro como ágora: cuerpo, espacio y comunidad
El Anfiteatro Cuchi Leguizamón fue diseñado, como todo anfiteatro, con
gradas semicirculares que miran hacia un punto bajo central: una arquitectura
pensada para separar a quien actúa de quien observa. Esa noche de invierno, sin
embargo, la disposición tradicional se resignifica. Una inmensa bandera del
orgullo, desplegada sobre el suelo del escenario, borra el límite físico entre
el cemento gris del proscenio y las gradas; la convocatoria desde el micrófono
invita a las drags y a los colectivos de ballroom a armar una pasarela
improvisada, y el centro deja de estar reservado a una autoridad para volverse
superficie de exhibición libre de las identidades marginadas. El público
—mayoritariamente joven— no permanece rígidamente sentado: la masa humana se
comprime en las gradas bajas y en los laterales, muchos se sientan directamente
en el suelo o en los bordes del escenario, y esa informalidad corporal denota
confianza, comunidad, la certeza compartida de estar en un “espacio seguro”.
Los celulares encendidos que capturan cada instante, los aplausos comunitarios
y el abrigo compartido —propio de la marcha de invierno— construyen una
corporalidad atenta y protectora, cuerpos que se apoyan entre sí y que habitan
lo colectivo desde la horizontalidad.
En un territorio como el de Salta, en el Noroeste argentino, de fuertes
raíces conservadoras y tradicionales, esta ocupación del espacio público
municipal por parte de estéticas trans, drag y no binarias constituye, en sí
misma, un acto de resistencia política: rompe con el mandato del secreto y de
la nocturnidad al que estas identidades fueron históricamente confinadas.
Incluso los anuncios más domésticos —buscar un celular perdido, coordinar el
regreso a casa— se integran con naturalidad e ironía queer al relato de la
jornada, y revelan que la fiesta, el baile y la organización comunitaria
funcionan, en Salta, como herramientas de una red de apoyo mutuo que sostiene
la diversidad durante todo el año, no solo la noche de la marcha.
4. La voz que resiste: del himno pop a la balada íntima
Sobre ese escenario circular, una artista interpreta en vivo “The Show
Must Go On” (El show debe continuar), de Queen, un clásico grabado por Freddie
Mercury en sus últimos meses de vida cuya elección no es meramente estética:
evoca de manera intrínseca la resiliencia comunitaria históricamente vinculada
a las luchas contra los estigmas sanitarios y sociales hacia el colectivo
LGBT+. En el clímax del tema, la letra funciona como metáfora perfecta de la
marcha misma: el maquillaje que se resquebraja y la sonrisa que, aun así,
permanece, se resignifican no como ocultamiento sino como armadura de orgullo
frente a la hostilidad. Vestida con un traje rojo monocromático de corte
sastrero —una silueta formal reapropiada con giro queer, muy alineada con la
moda joven urbana—, la intérprete domina el semicírculo central descalza,
ganando proximidad física con un público que corea en silencio respetuoso los
agudos de la canción para luego estallar en aplausos. Ese gesto colectivo
revela una sensibilidad que no consume el pop retro como nostalgia sino como
herramienta viva para habitar el presente con fuerza e identidad.
El registro se desplaza, en otro momento de la noche, hacia un lugar
radicalmente más íntimo: una dupla con guitarra interpreta una pieza de pop
acústico e indie de autor, con una lírica de la cotidianidad y el deseo directo
—una declaración de atracción sin metáforas complejas, cantada a “nena” de
manera acústica, suave y melódica frente a la multitud—. Cantarle así, en
público, a otra mujer despoja a la canción de la grandilocuencia del pop
comercial y la transforma en una declaración íntima compartida. Que esa balada
de amor sáfico se interprete en un escenario municipal que lleva el nombre de
un prócer cultural local es, sostengo, una declaración de soberanía cultural:
nuestras historias de amor también forman parte del patrimonio y del aire de
Salta. La respuesta del público —escucha atenta, luces de celulares que
reemplazan a las banderas de agitación— construye una atmósfera de validación
mutua que demuestra que la resistencia joven no se ejerce solo desde la
protesta enérgica, sino también desde la legitimación pública de la
vulnerabilidad.
5. Justicia poética: la subversión drag del cancionero nacional
Uno de los gestos más elocuentes de la jornada es la reapropiación de
clásicos del cancionero popular argentino —rock nacional, folklore, pop
tradicional de décadas pasadas— grabados originalmente bajo ópticas
heteronormativas o melancólicas. Al pasar por la voz y el cuerpo de la juventud
LGBT+ local, esas palabras mutan de enunciación: la entonación abandona la
solemnidad del intérprete tradicional para buscar la complicidad de una masa
que corea los versos como un grito de supervivencia, y la métrica original se
tensiona con cadencias contemporáneas que la despojan de su estatus de pieza de
museo. El contraste con la puesta en escena original es elocuente: donde el
contexto de origen ofrecía vestuarios solemnes y posturas estáticas frente a un
micrófono, diseñadas para una audiencia pasiva en butacas de teatros cerrados,
la nueva interpretación despliega estética drag y sin género —corsetería
expuesta, maquillaje disruptivo, plataformas caóticas— sobre un anfiteatro
teñido de banderas del arcoíris, con el cemento del suelo del anfiteatro como
pasarela y una masa humana que interrumpe constantemente los límites del
escenario.
En una provincia donde la música tradicional operó muchas veces como
cerco cultural excluyente, esta intervención no rechaza la identidad nacional:
la ensancha. Cantar la memoria musical del país bajo términos, trajes y
pasiones propias es, en el marco de la marcha de invierno, una forma de ocupar
el centro simbólico del anfiteatro sin pedir permiso.
6. La coreografía como manifiesto: vogue, waacking y la caída al suelo
La dimensión más técnicamente codificada de la noche aparece cuando la
música electrónica de nicho —bases aceleradas de vogue beat, con un
comentarista que anima el ritmo repitiendo la palabra “madre”, elogio
contemporáneo en la jerga pop y queer local— organiza una batalla de baile
sobre el escenario. Los movimientos no son aleatorios: pertenecen formalmente
al vocabulario del vogue fem — bajadas y caídas (dips y drops),
caídas dramáticas al suelo con una pierna doblada, exhibición de destreza y
control corporal absoluto sincronizado al golpe del beat—, y a los
desplazamientos de pasarela (catwalk) que imitan, con flexión de rodillas, una
pasarela de alta costura. Nacida en las comunidades afroamericanas y latinas
LGBTQ+ de Nueva York en las ballrooms de los años setenta y ochenta, esta
cultura fue, desde su origen, un espacio de resistencia, refugio y celebración
de la identidad para jóvenes históricamente expulsados de sus hogares (Bailey,
2013). Que esa tecnología corporal migre al asfalto salteño, mezclada con la
jerga local, muestra cómo la juventud fusiona tendencias globales con códigos
identitarios propios.
En otro fragmento, sobre una base de tribal house y percusiones
sincopadas, el lenguaje dancístico se ancla en el golpeo (waacking) y en la
ocupación deliberada del suelo (groundwork): los bailarines pierden la
verticalidad de manera controlada, se disocian en flexiones de rodillas y
quiebres de cadera que reapropian una sensualidad históricamente censurada en
las identidades disidentes del norte argentino, y cortan el aire con gestos de
manos que enmarcan el rostro y proyectan altanería. Leído junto con la noción
de performatividad de Judith Butler (1990/2007, 1993/2002) —para quien el
género no es una esencia sino una repetición estilizada de actos corporales
que, en su reiteración misma, puede subvertir la norma que la produce—, este
vogue salteño no representa una identidad ya dada: la produce, en tiempo real,
ante un público que la ratifica con cada aplauso. “tomar el suelo” en un
espacio público e institucional como un anfiteatro municipal implica
desobediencia: desarma la postura rígida y formal del cuerpo ciudadano
tradicional para habitar el espacio desde una libertad plástica y visceral.
7. El círculo de fuego: ritual, trance y comunidad de cuidado
Hacia el tramo más ritual de la noche, el elemento ígneo irrumpe como eje
del movimiento. Sobre una base de tribal house con percusiones pesadas y
repetitivas que emulan tambores ancestrales, quienes bailan incorporan
antorchas encendidas como extensión viva de sus extremidades: cada giro de
torso, cada flexión de rodillas, cada quiebre de cadera se ejecuta calculando
la velocidad del viento y la distancia de las llamas respecto de la piel y el
cabello. En la penumbra invernal, la estela lumínica del fuego acentúa las
trayectorias de la danza y la gestualidad oscila entre el trance devocional y
la actitud desafiante de las danzas urbanas: el cuerpo expuesto al peligro
simbólico del fuego se convierte en metáfora de la carne que resiste y brilla
en la hostilidad.
Lo que más me interesa retener de esta escena, sin embargo, no es el
riesgo individual sino la disposición del público que la rodea: una multitud
organizada de forma concéntrica alrededor del fuego y los bailarines, un
círculo tribal moderno donde no existe la distancia pasiva del teatro. El grupo
que contempla cumple una función dual —barrera protectora de contención
afectiva ante el exterior, y dinamizador energético del show mediante gritos,
aplausos y arengas coordinadas con el ritmo—. En el marco de la cultura joven
argentina actual, este círculo representa un retorno a los rituales
comunitarios de protección mutua: ante la intemperie social y la pérdida de
redes institucionales, la juventud salteña recrea la tribu en el asfalto, y
encuentra en el calor de la fogata urbana y el baile compartido un refugio
político de supervivencia. Es aquí donde la lectura bajtiniana se vuelve más
literal: el círculo de fuego es, casi en sentido propio, la instauración
temporal de ese “segundo mundo” carnavalesco que suspende, por unas horas, las
jerarquías y el desamparo del afuera.
8. Del ballroom al barrio: la cumbia-RKT como democratización del goce
El quiebre estético más significativo de la jornada ocurre cuando la
música abandona los patrones rígidos del techno y el house globales para
abrazar las cadencias del RKT, el turreo y la cumbia urbana: las bandas sonoras
cotidianas de los barrios populares argentinos. Introducir esta variación en el
escenario del orgullo es un posicionamiento político rotundo de las identidades
marika-trava-villeras y maricas de sectores populares: dice que la disidencia
no pertenece solo a las estéticas estilizadas e importadas de las capitales
globales, sino que late al ritmo del asfalto local. Con el cambio de género, la
corporalidad muta de inmediato: los movimientos estilizados y lineales del
vogue —brazos rectos, poses de alta costura— ceden paso al perreo, el muelleo y
el quiebre de cadera bajo, con el centro de gravedad descendiendo drásticamente
hacia el suelo, y a gestualidades tomadas de las batallas de freestyle
callejero: señas desafiantes, movimientos de hombros entrecortados, complicidad
pícara con el público. El vestuario acompaña ese giro —zapatillas y ropa
deportiva combinadas con transparencias y accesorios de alto impacto— y
subvierte las lógicas de la indumentaria de calle, asociada muchas veces por el
sentido común conservador a la marginalidad, transformándola en prenda de alta
costura disidente. En la Salta actual, calle y escenario se han vuelto, en esa
escena, el mismo lugar de resistencia.
9. La banda sonora de la emancipación: tres dimensiones de un mismo pulso
Si reordeno el paisaje sonoro que atravesó la noche, emergen con claridad
tres grandes dimensiones que dialogan entre lo global, lo ritual y lo barrial.
La primera es la música de club y la cultura ballroom —el vogue beat—, nacida
en los márgenes neoyorquinos de los años setenta y ochenta, creada por y para
personas trans y queer, que democratizó el concepto de alta costura y pasarela
permitiendo que jóvenes precarizados simularan, en el baile, el éxito y el
poder que la sociedad les negaba (Bailey, 2013). La segunda es la electrónica
experimental y el tribal house, que despoja a la música de club de su frialdad
industrial para inyectarle percusiones que emulan tambores ancestrales y que
convocan, precisamente, al círculo de protección que describí en torno al
fuego. La tercera es el RKT, el turreo y la cumbia urbana, el giro definitivo
que ancla la disidencia sexual en el ritmo de la calle y demuestra que el
orgullo no es un producto estético importado para minorías privilegiadas, sino
una realidad que se vive y se baila en el asfalto periférico. Estas tres
dimensiones no compiten: se suceden y se superponen a lo largo de una misma
noche, como capas de un mismo pulso emancipatorio que va del linaje global de
la ballroom al arraigo local de la cumbia, pasando por el trance ritual del
tribal.
10. Discusión: la disputa hegemónica más allá de la proclama
Vuelvo, para cerrar, a la tensión que organizó mi problematización
inicial. La ausencia de una proclama política tradicional de formato partidario
o discursivo no equivale a la ausencia de política. Lo que observé en el
Anfiteatro Cuchi Leguizamón fue una praxis corporal, estética y comunitaria que
disputa el sentido del dolor y el aislamiento desde el goce popular: el cuerpo
que baila, se viste y se abraza no evade la realidad, ensaya una
infraestructura afectiva de supervivencia allí donde el Estado ha decidido
retirarse. Diana Taylor (2003) distingue entre el archivo —los documentos, las
actas, las proclamas escritas que sobreviven al evento— y el repertorio —el
conocimiento incorporado que se transmite en la performance misma, en el gesto,
en el baile que no deja rastro documental pero que se repite y se enseña de
cuerpo a cuerpo—. Gran parte de lo que sostiene, en Salta, la memoria y la
continuidad de la disidencia sexual pertenece a ese repertorio, y por eso
resulta invisible para una lectura que solo busca panfletos.
Esto no clausura la urgencia de la dimensión institucional que abrí en la
introducción: el desabastecimiento sanitario, la precarización laboral, la
reactivación de las lógicas disciplinadoras policiales siguen siendo, para esta
comunidad, amenazas concretas y materiales, en el sentido más marxista del
término. Pero sostengo que la urgencia institucional no debe obturar la
visibilidad de estas micro-políticas que emergen en las fisuras del capitalismo
tardío. La hegemonía, decía Gramsci (1975), se disputa; y esa disputa no ocurre
solo en el parlamento o en el sindicato, sino también —y quizás sobre todo,
para esta generación— en el anfiteatro, en el círculo de fuego, en el perreo
que democratiza la pista de baile. La lectura pesimista del “realismo
capitalista” (Fisher, 2009/2016), que asume clausurado todo horizonte de
emancipación bajo la lógica del mercado, no logra explicar por qué estos
cuerpos, precisamente los más precarizados por ese mismo mercado, insisten en
reunirse, cantar, bailar y cuidarse colectivamente cada invierno.
11. Conclusión: el show continúa
Las expresiones artísticas juveniles registradas en la Marcha del Orgullo
de invierno de Salta 2026 configuran una gramática de resistencia cultural
sofisticada frente al desmantelamiento de los lazos del Estado de bienestar. En
un contexto de retracción de las políticas públicas de cuidado, la comunidad
LGBT+ de Salta capital en el Noroeste argentino se repliega y se organiza sobre
el espacio público, transformando el Anfiteatro Cuchi Leguizamón en un
laboratorio de soberanía identitaria. Tres dimensiones atraviesan ese
laboratorio: la trinchera bailable —el vogue y las caídas al suelo como
lenguaje corporal que disputa la verticalidad ciudadana y procesa el desamparo
socioeconómico—; el refugio acústico —la canción de autor sáfica que recupera
el derecho a la ternura colectiva—; y la justicia poética —la subversión drag
de los himnos populares argentinos, que ensancha en lugar de rechazar la
memoria nacional—. Donde el Estado se retira, la juventud precarizada erige el
asfalto como pasarela y el afecto comunitario como infraestructura de
supervivencia. No hallé, esa noche, la proclama que esperaba encontrar.
Encontré algo que, sostengo, la excede: el show no solo continúa, se vuelve
resistencia.
Referencias
Bailey,
M. M. (2013). Reinas masculinas con tacones: Género, performance y cultura
ballroom en Detroit. (Butch queens up in pumps: Gender, performance, and ballroom culture in
Detroit). University of Michigan
Press.
Bajtín,
M. (1987). La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: El
contexto de François Rabelais (J. Forcat & C. Conroy, Trads.). Alianza
Editorial. (Obra original publicada en 1965).
Butler,
J. (2002). Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del
“sexo” (A. Bixio, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1993).
Butler,
J. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad
(M. A. Muñoz, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1990).
Fisher,
M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? (C. Fernández Gómez,
Trad.). Caja Negra. (Obra original publicada en 2009).
Gramsci,
A. (1975). Cuadernos de la cárcel (Ed. crítica del Instituto Gramsci, a cargo
de V. Gerratana). Einaudi.
Marx, K.
(2008). Contribución a la crítica de la economía política. Siglo XXI. (Obra
original publicada en 1859).
Sartre,
J.-P. (2004). El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica (J. Valmar,
Trad.). Losada. (Obra original publicada en 1943).
Taylor,
D. (2003). El archivo y el repertorio: La representación de la memoria cultural
en las Américas. (The archive and the repertoire: Performing cultural memory
in the Americas). Duke University Press.