sábado, 14 de febrero de 2026

Rosas rojas y mandatos: por qué San Valentín necesita una revolución afectiva

Si dos varones celebran San Valentín, ¿quién debe pagar? ¿Quién "conquista" a quién? La incomodidad de estas preguntas evidencia algo más profundo: que esos roles nunca fueron naturales, sino construcciones culturales que el mercado y el patriarcado naturalizaron durante décadas.

Cada 14 de febrero, miles de varones argentinos enfrentan la misma ansiedad: ¿reservé el restaurante correcto? ¿El regalo es suficientemente "especial"? ¿Cumplo con las expectativas? Detrás de estas preguntas aparentemente inocentes se esconde un dispositivo de control que lleva décadas diciéndonos cómo deben amar los hombres. Pero algo está cambiando.


Por Fernando Pequeño, asistido con Claude AI.  

IA generativa Gemini


El día que el mercado inventó el amor

San Valentín no siempre fue lo que conocemos. En Argentina, su explosión comercial llegó con los años 90: shopping centers brillantes, publicidades de perfumes caros y la promesa de que el amor verdadero se compraba con tarjeta de crédito. Lo que se vendía no eran solo chocolates o flores, sino un guion completo: el varón como proveedor, conquistador y protector; la mujer como destinataria pasiva de gestos románticos.

Este modelo calzaba perfecto con el neoliberalismo de aquella década. El "macho proveedor" se actualizaba: ya no bastaba con traer el sueldo a casa, ahora había que demostrar amor a través del consumo. Cenas costosas, regalos ostentosos, escapadas románticas. El amor se volvió performance, espectáculo, y nosotros sus actores principales, repitiendo un libreto que nadie cuestionaba.

La trampa invisible

El problema no es regalar flores o planear una cena especial. El problema es la obligatoriedad, la asimetría, el guion preestablecido. En ese escenario tradicional, los varones cargamos con el peso de "cumplir" mientras delegamos toda la gestión emocional de la relación en nuestras parejas los otros 364 días del año.

¿Cuántos de nosotros sabemos realmente qué necesita emocionalmente nuestra pareja? ¿Cuántos podemos nombrar nuestras propias emociones más allá de "bien" o "mal"? ¿Cuántos asumimos que "sorprender" en San Valentín compensa meses de no escuchar activamente?

La masculinidad hegemónica nos enseñó a "hacer" pero no a "sentir", a "proveer" pero no a "cuidar", a "conquistar" pero no a "sostener". Y San Valentín, lejos de cuestionar este modelo, lo celebra y lo vende.

Cuando el amor salió del clóset

Algo comenzó a agrietarse en 2010. La Ley de Matrimonio Igualitario no solo democratizó el derecho a casarse: transformó el imaginario de quiénes podían protagonizar los rituales del amor romántico. De pronto, parejas de varones ocupaban restaurantes en San Valentín, publicaban sus celebraciones, existían públicamente.

Los investigadores Maximiliano Marentes y Daniel Jones estudiaron este fenómeno y encontraron algo revelador: estas parejas no solo accedían a la fecha, sino que a menudo la reinterpretaban. Algunos adoptaban los códigos tradicionales como forma de legitimación social; otros los subvertían conscientemente, creando sus propios rituales por fuera del mandato heteropatriarcal.

Esta apertura planteó preguntas incómodas: si dos varones celebran San Valentín, ¿quién debe pagar? ¿Quién "conquista" a quién? La incomodidad de estas preguntas evidencia algo más profundo: que esos roles nunca fueron naturales, sino construcciones culturales que el mercado y el patriarcado naturalizaron durante décadas.

La mochila que debemos soltar

Pero hay una paradoja: mientras San Valentín se abría a nuevas formas de amor, las estadísticas de violencia machista seguían escalando. Femicidios, violencia doméstica, maltrato psicológico. ¿Cómo conviven en una misma sociedad el "amor romántico" del 14 de febrero y estas cifras brutales?

La respuesta es dolorosa: porque ambos fenómenos comparten raíz. El modelo de masculinidad que nos enseña a "conquistar" en San Valentín es el mismo que nos entrena para no soltar el control, para no procesar el rechazo, para confundir amor con posesión. El príncipe azul y el femicida no están en universos separados; habitan extremos del mismo continuum de masculinidad tóxica.

La verdadera "mochila" que debemos soltar no son los gestos románticos, sino los mandatos de dominación que los sustentan. Y ahí entra el concepto que puede cambiarlo todo: la responsabilidad afectiva.

¿Qué significa amar responsablemente?

Responsabilidad afectiva no es una frase linda para estampar en remeras. Es una praxis cotidiana que implica:

Reciprocidad en el cuidado. Que la gestión emocional de la relación no recaiga siempre en la otra persona. Que nosotros también preguntemos "¿cómo estás?" y tengamos la capacidad de sostener la respuesta, aunque sea incómoda.

Escucha activa. Desmontar el mandato masculino de "tener respuestas" para todo. A veces amar es simplemente estar presente, sin arreglar, sin minimizar, sin dar consejos no pedidos.

Equidad cotidiana. Que San Valentín no sea la excepción que confirma 363 días de desigualdad. De poco sirve un ramo de rosas si no repartimos equitativamente las tareas domésticas, si no compartimos la carga mental del hogar, si no asumimos el cuidado como responsabilidad compartida.

Consentimiento continuo. Aplicable a todo: desde la vida sexual hasta las decisiones sobre la relación. Y esto incluye las nuevas configuraciones vinculares—poliamor, relaciones abiertas—que también requieren pactos explícitos y revisables.

Vulnerabilidad. Quizás lo más difícil: permitirnos sentir y nombrar miedo, tristeza, inseguridad. Desmontar la armadura emocional que nos pusieron desde niños.

Desobedecer el guion

Entonces, ¿qué hacemos con San Valentín? ¿Lo boicoteamos? ¿Lo cancelamos? No necesariamente. Podemos apropiárnoslo, resignificarlo, convertirlo en laboratorio de nuevas formas de amar.

Imaginen un 14 de febrero donde en lugar de competir por quién hace el gesto más espectacular, los varones nos juntemos a conversar sobre nuestras dificultades para expresar afecto. Donde regalemos tiempo de calidad en lugar de objetos costosos. Donde celebremos no solo parejas románticas sino todas las formas de amor: amistades, vínculos familiares elegidos, redes de cuidado comunitario.

Imaginen varones que ese día se comprometan públicamente a revisar sus privilegios, a desaprender violencias sutiles, a construir masculinidades más habitables. Que usen las redes sociales no para mostrar cuán "románticos" son, sino para visibilizar las luchas por la equidad de género.

El amor como acto político

Suena utópico, lo sé. Pero las transformaciones culturales siempre empiezan en lo pequeño, en las grietas del sistema. Cada varón que elige escuchar en lugar de imponer, que reparte tareas sin que se lo pidan, que sostiene un llanto sin incommodarse, está haciendo política afectiva.

San Valentín puede ser un punto de partida, no de llegada. Una excusa para preguntarnos: ¿cómo queremos amar? ¿Qué tipo de varones queremos ser? ¿Qué mundo afectivo queremos construir?

La revolución no vendrá solo de destruir el capitalismo romántico (aunque eso ayudaría). Vendrá de construir, en lo cotidiano, formas de vinculación donde el amor no sea dominio sino libertad, no sea pose sino autenticidad, no sea guion sino improvisation compartida.

Preguntas para llevar

Este 14 de febrero, antes de hacer la reserva o comprar el regalo, probemos preguntarnos:

  • ¿Estoy eligiendo esto porque genuinamente quiero o porque siento que "debo"?
  • ¿Conozco realmente las necesidades afectivas de mi pareja o asumo que sé?
  • ¿Qué hice el último mes para sostener emocionalmente la relación más allá de gestos excepcionales?
  • ¿Qué violencias sutiles estoy reproduciendo sin darme cuenta?
  • ¿Cómo sería un San Valentín diseñado desde la igualdad y no desde el mercado?

Las respuestas no serán cómodas. Pero la incomodidad es justamente el primer paso para desmontar décadas de mandatos introyectados.

El patriarcado nos prometió que siendo proveedores, conquistadores y protectores seríamos amados. Nos mintió. El camino hacia masculinidades saludables pasa por desaprender esos roles y aprender a vincularnos desde la horizontalidad, la reciprocidad y la responsabilidad.

San Valentín puede seguir siendo una fecha comercial más, o puede convertirse en un recordatorio anual de que el amor, el verdadero, no se compra con rosas rojas. Se construye todos los días, en lo pequeño, con la valentía de ser vulnerables y la decisión política de repartir el cuidado.

La pregunta ya no es qué regalar este 14 de febrero. La pregunta es: ¿qué tipo de varón quiero ser el 15, el 16 y todos los días que siguen?

Esa es la revolución afectiva que realmente necesitamos.

 

Las masculinidades no son destino sino construcción. Y toda construcción puede ser derribada y rehecha, si tenemos el coraje de sostener el cincel.

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