Un diálogo entre Pía Ceballos y Blanca Lescano desde la Segunda Marcha Federal Antirracista
Por Fernando Pequeño Ragone, asistido con NotebookLM y Claude IA. [1]
frente a la Cental de Policía de Salta en la segunda marcha
Contenidos
Elencuentro como acto político
Elcuerpo como territorio: cuando lo íntimo es inseparable de lo político
Lamemoria como continuidad de lucha: del peronismo histórico a las disidenciasdel presente
Géneroe intergeneracionalidad: la potencia política de los márgenes
Elterritorio como campo de batalla: del extractivismo minero al extractivismo devidas
La"reconstrucción del tiempo": sostener la resistencia más allá de lacoyuntura
Conclusión:La convergencia necesaria en tiempos de ofensiva neoliberal
El encuentro como acto político
La Segunda Marcha Federal Antirracista en Salta condensó una
potencia política singular: el encuentro entre generaciones que, lejos de
reproducir jerarquías etarias, construyó un entramado de resistencia donde la
experiencia histórica y la radicalidad contemporánea se articularon para
enfrentar el avance neoliberal y ultraconservador. Los discursos de Pía
Ceballos y Blanca Lescano permiten reconstruir una trama intergeneracional que
coloca al cuerpo, al territorio y a la memoria como campos de batalla contra
el fascismo del siglo XXI.
Nos proponemos leer esa convergencia como un dispositivo
político estratégico: la intergeneracionalidad y la perspectiva de género no
son "temas" dentro de la lucha popular, sino modos constitutivos de
hacer política en tiempos de ofensiva extractivista sobre cuerpos y territorios.
El cuerpo como territorio: cuando lo íntimo es
inseparable de lo político
Proponemos contundente que: "no hay transformación
posible sin desnaturalizar la cultura represiva que hoy impera en Salta, una
cultura que trata a los cuerpos y a los territorios como meras externalidades
de un modelo extractivista". Esta formulación conecta directamente la
violencia institucional sobre las personas LGBTIQ+ y racializadas con la lógica
del saqueo ambiental: ambas operan bajo la premisa de que hay vidas y espacios
descartables, exterioridades tolerables del "progreso".
La intergeneracionalidad aparece aquí como herramienta
epistemológica y política. Las generaciones que construyeron resistencia
durante las dictaduras y los años noventa conocen la violencia estatal como
método de disciplinamiento social. Las generaciones más jóvenes, forjadas en
las luchas por la diversidad sexual y de género, han experimentado la mutación
de esa violencia: ya no solo la represión física, sino también la "ceguera
del asco" que normaliza lo intolerable, que vuelve cotidiano el odio, que
rompe los lazos familiares y comunitarios desde dentro.
Sostenemos que las políticas de odio "impactan de
forma letal, habilitando desde ataques físicos en las calles hasta una
violencia policial que se ha cobrado vidas de compañeres", para decir que
el neoliberalismo contemporáneo no solo precariza el trabajo: precariza la
existencia misma de quienes no encajan en el molde productivo-reproductivo
heteronormado. El cuerpo travesti, el cuerpo trans, el cuerpo racializado, el
cuerpo campesino, el cuerpo feminizado: todos son territorios en disputa.
La memoria como continuidad de lucha: del peronismo
histórico a las disidencias del presente
Las organizaciones de base son reservorios de resistencia
donde todavía sobreviven prácticas de los modelos políticos populares y la
solidaridad comunitaria. Aquí la intergeneracionalidad no es nostálgica ni ornamental:
es la transmisión viva de saberes organizativos, de formas de hacer política
desde abajo, de construcción colectiva de dignidad.
Esta conexión entre memoria militante del campo popular y
luchas de la diversidad puede resultar contradictoria para miradas
esencialistas, aunque nuestro planteo es contundente al sostener que los
colectivos de mujeres y de la diversidad sexo-afectiva están llamados a ser la
vanguardia de un ciclo de transición democrática, pues su lucha plantea la
relación entre la política y la subjetividad íntima que cualquier movimiento
popular deberá recuperar para ser completo.
No se trata de que el feminismo y las disidencias se
subordinen a una tradición política previa, sino de que esa tradición se
complete, se transforme, se actualice incorporando lo que históricamente negó:
la soberanía sobre los cuerpos, la legitimidad de los afectos no normativos, la
crítica al patriarcado que también atravesó (y atraviesa) al campo popular.
Blanca Lescano y Pía Ceballos —representando generaciones
distintas en el activismo salteño— encarnan esta tensión productiva: la
necesidad de honrar las luchas previas sin sacralizar sus límites, de construir
desde las herencias sin quedar atrapadas en ellas. La memoria, en este sentido,
no es un archivo muerto sino una práctica de actualización constante.
Género e intergeneracionalidad: la potencia
política de los márgenes
El enfoque de género atraviesa todo el planteo político de
la Segunda Marcha, no como un eje más sino como lente que revela la profundidad
del conflicto. Es imperativo desenmascarar al fascismo que intenta
homogeneizarnos y descartar a quienes viven diferente, porque el proyecto
autoritario contemporáneo tiene como objetivo central la eliminación de la
diferencia, la imposición de un único modo de vida, de familia, de economía, de
nación.
Las mujeres, las personas LGBTIQ+, las identidades no
binarias, las corporalidades disidentes han desarrollado históricamente saberes
de supervivencia y resistencia en los márgenes. Esos saberes —muchas veces
invisibilizados por las grandes narrativas de la izquierda tradicional— son hoy
centrales para enfrentar un capitalismo que ya no solo explota el trabajo
asalariado sino que mercantiliza la totalidad de la vida.
La intergeneracionalidad de género implica reconocer que las
luchas de las abuelas, madres y tías que sostuvieron comedores populares, que
organizaron ollas comunitarias durante las crisis, que resistieron la violencia
machista en silencio o en colectivo, son parte del mismo linaje político que
las compañeras que hoy militan en las calles con banderas trans, que ocupan
espacios públicos, que exigen reconocimiento estatal y redistribución
económica.
Este encuentro generacional desmantela la falsa dicotomía
entre "políticas de identidad" y "políticas de clase". Cuando
en la Marcha se habla concomitantemente de la criminalización de las
disidencias sexuales y la reforma laboral como parte del mismo ajuste brutal se
puede entender que la generación y el género están unidas en el mismo campo de
batalla. No hay lucha de clases sin perspectiva de género, no hay liberación
nacional sin soberanía corporal. No hay lucha sin Memoria.
El territorio como campo de batalla: del
extractivismo minero al extractivismo de vidas
Nos interesa plantear una conexión que suele pasar
inadvertida: recuperar la soberanía no es solo una cuestión de recursos mineros
o de la producción económica, sino de soberanía sobre nuestros cuerpos y
nuestras identidades. Esta formulación amplía radicalmente la noción de
territorio.
Salta es una provincia marcada por el extractivismo minero y
agroindustrial, por el saqueo sistemático de bienes comunes. Pero también es
una provincia donde la violencia institucional en comisarías del interior opera
como método de control social sobre poblaciones racializadas, empobrecidas,
disidentes. El mismo Estado que permite el saqueo de litio, que desmantela
protecciones ambientales, que entrega territorio a corporaciones
transnacionales, es el que normaliza el maltrato sistemático, especialmente en
los distritos de los municipios del interior donde las comisarías están
saturadas y las personas conviven en condiciones inhumanas.
La intergeneracionalidad aquí implica conectar las luchas
campesinas e indígenas por la tierra con las luchas urbanas por el derecho a la
ciudad, por la des-criminalización de la pobreza, por el fin del genocidio
trans. Implica reconocer que el extractivismo es un sistema integral que no
solo extrae minerales sino que "extrae" vidas: expulsa, descarta,
elimina a quienes no producen valor en sus términos.
Las generaciones mayores conocen las luchas por la tierra,
las resistencias campesinas, las organizaciones barriales. Las generaciones más
jóvenes conocen la lucha por existir en cuerpos no normativos en territorios
hostiles. El diálogo entre ambas experiencias es lo que permite construir un
proyecto político integral que subordine la economía a la política, que ponga
la vida en el centro.
La "reconstrucción del tiempo": sostener
la resistencia más allá de la coyuntura
Proponemos en el contexto de la “segunda marcha” poner sobre
la mesa de herramientas, la idea de "reconstrucción del tiempo" como
estrategia de resistencia sostenida. No se trata solo de marchar, de protestar,
de denunciar, sino de vincular a los pequeños productores, a los trabajadores
de la salud y a la militancia de género en un proyecto inclusivo.
Esta reconstrucción temporal implica romper con la lógica de
la inmediatez neoliberal, con el sálvese quien pueda individualista, con la
política reducida a crisis y espectáculo. Y arte. Implica crear ritmos colectivos, calendarios
comunitarios, temporalidades de cuidado mutuo que sostengan la organización
popular en el largo plazo.
Aquí la intergeneracionalidad es fundamental: las
generaciones mayores aportan paciencia estratégica, conocimiento de ciclos
políticos largos, experiencia de derrotas y reconstrucciones. Las generaciones
más jóvenes aportan urgencia ética, radicalidad en las demandas, creatividad en
las formas de organización. Ninguna perspectiva es suficiente por sí sola; su
encuentro es lo que permite imaginar y construir futuros más allá de la
condena.
La trampa del consenso estético: cuando el arte
reemplaza la política en la conmemoración de los cincuenta años del golpe
Ante la vigorosidad de corporalidades jóvenes y los
discursos interpelantes durante la segunda marcha, nos podemos dejar de hacer
notar que ocurre en en el contexto de la conmemoración de los cincuenta años
del golpe de 1976, y que de nuestra perspectiva analítica instituyente; asistimos
a un fenómeno preocupante: numerosas organizaciones históricas de derechos
humanos han optado por refugiarse en el terreno supuestamente neutral del arte
y la estética conmemorativa, evadiendo así la construcción de herramientas
concretas de resistencia ante el embate neoliberal contemporáneo. Mientras el
presente exige articular respuestas urgentes frente a políticas que
reactualizan la lógica de exterminio social —desfinanciamiento de derechos,
criminalización de la protesta, precarización letal de las existencias—, estas
organizaciones compiten entre sí por producir la instalación más conmovedora,
el festival más multitudinario, la pieza audiovisual más premiada. Esta
despolitización disfrazada de sensibilidad cultural no es inocente: al enquistarse
en un discurso estético que todos pueden aplaudir sin comprometerse a nada, que
genera consenso sin interpelar privilegios, que conmueve sin movilizar, estas
organizaciones terminan reforzando inadvertidamente el proyecto de las derechas
neoliberales. Porque un "Nunca Más" que no se traduce en un
"Nunca Más al ajuste", una "Memoria" que no se pregunta por
las continuidades represivas actuales, una "Verdad" que no nombra a
los responsables contemporáneos del sufrimiento social -y lo que es peor aún
intenta “negociar” espacios de privilegios coyunturales perdiendo la dimensión
histórica de la lucha-, es un discurso domesticado, museificado, funcional a un
sistema que puede tolerar el recuerdo siempre que este no amenace el presente.
La memoria sin política estructurante renovada, sin interpelación a las
complicidades actuales, sin articulación con las luchas de quienes hoy resisten
la violencia institucional, el extractivismo y la precarización, no es memoria
viva sino monumento vacío. Y mientras las organizaciones históricas disputan
prestigio cultural en el campo de la conmemoración estetizada, son las nuevas
generaciones —los colectivos de la diversidad, los movimientos feministas, las
asambleas territoriales— quienes están haciendo el trabajo político que
aquellas han abandonado: conectar la memoria del terrorismo de Estado con las
formas actualizadas de la violencia sistémica, construir herramientas de
resistencia que no se limiten al duelo ritualizado sino que apunten a
transformar las condiciones materiales que hacen posible la repetición de la
barbarie bajo nuevas formas.
Conclusión: La convergencia necesaria en tiempos de
ofensiva neoliberal
La Segunda Marcha Federal Antirracista en Salta fue un
eslabón crítico en la reconstrucción de nuestra soberanía política. En el
contexto nacional de embate neoliberal y ultraconservador, esta convergencia
entre luchas antirracistas, feministas, de la diversidad sexual, ambientales,
con la presencia de luchadoras de la Memoria, Verdad y Justicia; y de clase
trabajadora, señala un camino estratégico.
Los ejes que se trenzan en los discursos de Pía Ceballos y
Blanca Lescano —la memoria histórica y la radicalidad presente, la experiencia
territorial y la reflexión sobre el cuerpo, la herencia del movimiento popular
salteño y argentino y la vanguardia de las disidencias— no son contradictorios
sino complementarios. Muestran que la resistencia al proyecto neoliberal
requiere una política que sea capaz de articular lo que el sistema ha
fragmentado: cuerpo y territorio, economía y afecto, producción y reproducción,
pasado y futuro.
El campo popular enfrenta hoy una encrucijada: o profundiza
su capacidad de diálogo intergeneracional e interseccional, incorporando de
manera no cosmética las perspectivas de género y las luchas contra el racismo,
o se condena a la irrelevancia. Señalamos con contundencia que la meta es
reformar nuestras estructuras políticas para que dejen de ser maquinarias de
obediencia al ejecutivo y vuelvan a ser herramientas de poder popular.
Las voces de distintas generaciones que convergieron en la
segunda marcha en Salta nos recuerdan que la política emancipatoria no se hace
desde la pureza ideológica ni desde la uniformidad, sino desde la capacidad de
construir un "nosotros" amplio, complejo, contradictorio, pero
comprometido con un piso innegociable: la dignidad de todas las vidas, la
soberanía sobre todos los territorios, la primacía de lo político sobre el
mercado.
En tiempos donde el futuro deja de ser una condena para
convertirse en una apuesta esperanzada, la intergeneracionalidad y la
perspectiva de género junto a la memoria no son opcionales: son la condición de
posibilidad misma de la transformación. Las compañeras de Salta, jóvenes y
mayores, travestis y campesinas, estudiantes y trabajadoras de la salud nos
están mostrando el camino. Ahora nos toca a todas, todos y todes caminar
juntes.
[1]
Orden (Claude): Considera el contexto del documento que te adjunto. Enfoca en
el apartado "Soberanía, Memoria y Territorio: La Trama Intergeneracional
de la Resistencia Antifascista en los Discursos de Pía Ceballos y Blanca
Lescano". Construye un ensayo amplio de divulgación en torno al mismo.
Dirigido a un público militante político de partidos diversos del campo
popular, de organizaciones LGBT y de organizaciones de derechos humanos. Enfoca
especialmente la intergeneracionalidad y el género. Encuentra un título.
Concluye meritando la convergencia de los ejes de sus dos discursos en el
contexto nacional de resistencia del campo popular al embate neoliberal.

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