domingo, 8 de febrero de 2026

Cuando las Voces de Distintas Generaciones Trenzan la Resistencia: Soberanía Corporal, Memoria Política y Lucha Antifascista en Salta

Un diálogo entre Pía Ceballos y Blanca Lescano desde la Segunda Marcha Federal Antirracista

Por Fernando Pequeño Ragone, asistido con NotebookLM y Claude IA. [1]
 Ver tambien

Discurso de Pía Ceballos
frente a la Cental de Policía de Salta en la segunda marcha



Síntesis uno

Contenidos

Elencuentro como acto político

Elcuerpo como territorio: cuando lo íntimo es inseparable de lo político

Lamemoria como continuidad de lucha: del peronismo histórico a las disidenciasdel presente

Géneroe intergeneracionalidad: la potencia política de los márgenes

Elterritorio como campo de batalla: del extractivismo minero al extractivismo devidas

La"reconstrucción del tiempo": sostener la resistencia más allá de lacoyuntura

Latrampa del consenso estético: cuando el arte reemplaza la política en laconmemoración de los cincuenta años del golpe

Conclusión:La convergencia necesaria en tiempos de ofensiva neoliberal

 

Síntesis dos

 

El encuentro como acto político

La Segunda Marcha Federal Antirracista en Salta condensó una potencia política singular: el encuentro entre generaciones que, lejos de reproducir jerarquías etarias, construyó un entramado de resistencia donde la experiencia histórica y la radicalidad contemporánea se articularon para enfrentar el avance neoliberal y ultraconservador. Los discursos de Pía Ceballos y Blanca Lescano permiten reconstruir una trama intergeneracional que coloca al cuerpo, al territorio y a la memoria como campos de batalla contra el fascismo del siglo XXI.

Nos proponemos leer esa convergencia como un dispositivo político estratégico: la intergeneracionalidad y la perspectiva de género no son "temas" dentro de la lucha popular, sino modos constitutivos de hacer política en tiempos de ofensiva extractivista sobre cuerpos y territorios.

 

El cuerpo como territorio: cuando lo íntimo es inseparable de lo político

Proponemos contundente que: "no hay transformación posible sin desnaturalizar la cultura represiva que hoy impera en Salta, una cultura que trata a los cuerpos y a los territorios como meras externalidades de un modelo extractivista". Esta formulación conecta directamente la violencia institucional sobre las personas LGBTIQ+ y racializadas con la lógica del saqueo ambiental: ambas operan bajo la premisa de que hay vidas y espacios descartables, exterioridades tolerables del "progreso".

La intergeneracionalidad aparece aquí como herramienta epistemológica y política. Las generaciones que construyeron resistencia durante las dictaduras y los años noventa conocen la violencia estatal como método de disciplinamiento social. Las generaciones más jóvenes, forjadas en las luchas por la diversidad sexual y de género, han experimentado la mutación de esa violencia: ya no solo la represión física, sino también la "ceguera del asco" que normaliza lo intolerable, que vuelve cotidiano el odio, que rompe los lazos familiares y comunitarios desde dentro.

Sostenemos que las políticas de odio "impactan de forma letal, habilitando desde ataques físicos en las calles hasta una violencia policial que se ha cobrado vidas de compañeres", para decir que el neoliberalismo contemporáneo no solo precariza el trabajo: precariza la existencia misma de quienes no encajan en el molde productivo-reproductivo heteronormado. El cuerpo travesti, el cuerpo trans, el cuerpo racializado, el cuerpo campesino, el cuerpo feminizado: todos son territorios en disputa.

 

La memoria como continuidad de lucha: del peronismo histórico a las disidencias del presente

Las organizaciones de base son reservorios de resistencia donde todavía sobreviven prácticas de los modelos políticos populares y la solidaridad comunitaria. Aquí la intergeneracionalidad no es nostálgica ni ornamental: es la transmisión viva de saberes organizativos, de formas de hacer política desde abajo, de construcción colectiva de dignidad.

Esta conexión entre memoria militante del campo popular y luchas de la diversidad puede resultar contradictoria para miradas esencialistas, aunque nuestro planteo es contundente al sostener que los colectivos de mujeres y de la diversidad sexo-afectiva están llamados a ser la vanguardia de un ciclo de transición democrática, pues su lucha plantea la relación entre la política y la subjetividad íntima que cualquier movimiento popular deberá recuperar para ser completo.

No se trata de que el feminismo y las disidencias se subordinen a una tradición política previa, sino de que esa tradición se complete, se transforme, se actualice incorporando lo que históricamente negó: la soberanía sobre los cuerpos, la legitimidad de los afectos no normativos, la crítica al patriarcado que también atravesó (y atraviesa) al campo popular.

Blanca Lescano y Pía Ceballos —representando generaciones distintas en el activismo salteño— encarnan esta tensión productiva: la necesidad de honrar las luchas previas sin sacralizar sus límites, de construir desde las herencias sin quedar atrapadas en ellas. La memoria, en este sentido, no es un archivo muerto sino una práctica de actualización constante.

 

Género e intergeneracionalidad: la potencia política de los márgenes

El enfoque de género atraviesa todo el planteo político de la Segunda Marcha, no como un eje más sino como lente que revela la profundidad del conflicto. Es imperativo desenmascarar al fascismo que intenta homogeneizarnos y descartar a quienes viven diferente, porque el proyecto autoritario contemporáneo tiene como objetivo central la eliminación de la diferencia, la imposición de un único modo de vida, de familia, de economía, de nación.

Las mujeres, las personas LGBTIQ+, las identidades no binarias, las corporalidades disidentes han desarrollado históricamente saberes de supervivencia y resistencia en los márgenes. Esos saberes —muchas veces invisibilizados por las grandes narrativas de la izquierda tradicional— son hoy centrales para enfrentar un capitalismo que ya no solo explota el trabajo asalariado sino que mercantiliza la totalidad de la vida.

La intergeneracionalidad de género implica reconocer que las luchas de las abuelas, madres y tías que sostuvieron comedores populares, que organizaron ollas comunitarias durante las crisis, que resistieron la violencia machista en silencio o en colectivo, son parte del mismo linaje político que las compañeras que hoy militan en las calles con banderas trans, que ocupan espacios públicos, que exigen reconocimiento estatal y redistribución económica.

Este encuentro generacional desmantela la falsa dicotomía entre "políticas de identidad" y "políticas de clase". Cuando en la Marcha se habla concomitantemente de la criminalización de las disidencias sexuales y la reforma laboral como parte del mismo ajuste brutal se puede entender que la generación y el género están unidas en el mismo campo de batalla. No hay lucha de clases sin perspectiva de género, no hay liberación nacional sin soberanía corporal. No hay lucha sin Memoria.

 

El territorio como campo de batalla: del extractivismo minero al extractivismo de vidas

Nos interesa plantear una conexión que suele pasar inadvertida: recuperar la soberanía no es solo una cuestión de recursos mineros o de la producción económica, sino de soberanía sobre nuestros cuerpos y nuestras identidades. Esta formulación amplía radicalmente la noción de territorio.

Salta es una provincia marcada por el extractivismo minero y agroindustrial, por el saqueo sistemático de bienes comunes. Pero también es una provincia donde la violencia institucional en comisarías del interior opera como método de control social sobre poblaciones racializadas, empobrecidas, disidentes. El mismo Estado que permite el saqueo de litio, que desmantela protecciones ambientales, que entrega territorio a corporaciones transnacionales, es el que normaliza el maltrato sistemático, especialmente en los distritos de los municipios del interior donde las comisarías están saturadas y las personas conviven en condiciones inhumanas.

La intergeneracionalidad aquí implica conectar las luchas campesinas e indígenas por la tierra con las luchas urbanas por el derecho a la ciudad, por la des-criminalización de la pobreza, por el fin del genocidio trans. Implica reconocer que el extractivismo es un sistema integral que no solo extrae minerales sino que "extrae" vidas: expulsa, descarta, elimina a quienes no producen valor en sus términos.

Las generaciones mayores conocen las luchas por la tierra, las resistencias campesinas, las organizaciones barriales. Las generaciones más jóvenes conocen la lucha por existir en cuerpos no normativos en territorios hostiles. El diálogo entre ambas experiencias es lo que permite construir un proyecto político integral que subordine la economía a la política, que ponga la vida en el centro.

La "reconstrucción del tiempo": sostener la resistencia más allá de la coyuntura

Proponemos en el contexto de la “segunda marcha” poner sobre la mesa de herramientas, la idea de "reconstrucción del tiempo" como estrategia de resistencia sostenida. No se trata solo de marchar, de protestar, de denunciar, sino de vincular a los pequeños productores, a los trabajadores de la salud y a la militancia de género en un proyecto inclusivo.

Esta reconstrucción temporal implica romper con la lógica de la inmediatez neoliberal, con el sálvese quien pueda individualista, con la política reducida a crisis y espectáculo. Y arte.  Implica crear ritmos colectivos, calendarios comunitarios, temporalidades de cuidado mutuo que sostengan la organización popular en el largo plazo.

Aquí la intergeneracionalidad es fundamental: las generaciones mayores aportan paciencia estratégica, conocimiento de ciclos políticos largos, experiencia de derrotas y reconstrucciones. Las generaciones más jóvenes aportan urgencia ética, radicalidad en las demandas, creatividad en las formas de organización. Ninguna perspectiva es suficiente por sí sola; su encuentro es lo que permite imaginar y construir futuros más allá de la condena.

 

La trampa del consenso estético: cuando el arte reemplaza la política en la conmemoración de los cincuenta años del golpe

Ante la vigorosidad de corporalidades jóvenes y los discursos interpelantes durante la segunda marcha, nos podemos dejar de hacer notar que ocurre en en el contexto de la conmemoración de los cincuenta años del golpe de 1976, y que de nuestra perspectiva analítica instituyente; asistimos a un fenómeno preocupante: numerosas organizaciones históricas de derechos humanos han optado por refugiarse en el terreno supuestamente neutral del arte y la estética conmemorativa, evadiendo así la construcción de herramientas concretas de resistencia ante el embate neoliberal contemporáneo. Mientras el presente exige articular respuestas urgentes frente a políticas que reactualizan la lógica de exterminio social —desfinanciamiento de derechos, criminalización de la protesta, precarización letal de las existencias—, estas organizaciones compiten entre sí por producir la instalación más conmovedora, el festival más multitudinario, la pieza audiovisual más premiada. Esta despolitización disfrazada de sensibilidad cultural no es inocente: al enquistarse en un discurso estético que todos pueden aplaudir sin comprometerse a nada, que genera consenso sin interpelar privilegios, que conmueve sin movilizar, estas organizaciones terminan reforzando inadvertidamente el proyecto de las derechas neoliberales. Porque un "Nunca Más" que no se traduce en un "Nunca Más al ajuste", una "Memoria" que no se pregunta por las continuidades represivas actuales, una "Verdad" que no nombra a los responsables contemporáneos del sufrimiento social -y lo que es peor aún intenta “negociar” espacios de privilegios coyunturales perdiendo la dimensión histórica de la lucha-, es un discurso domesticado, museificado, funcional a un sistema que puede tolerar el recuerdo siempre que este no amenace el presente. La memoria sin política estructurante renovada, sin interpelación a las complicidades actuales, sin articulación con las luchas de quienes hoy resisten la violencia institucional, el extractivismo y la precarización, no es memoria viva sino monumento vacío. Y mientras las organizaciones históricas disputan prestigio cultural en el campo de la conmemoración estetizada, son las nuevas generaciones —los colectivos de la diversidad, los movimientos feministas, las asambleas territoriales— quienes están haciendo el trabajo político que aquellas han abandonado: conectar la memoria del terrorismo de Estado con las formas actualizadas de la violencia sistémica, construir herramientas de resistencia que no se limiten al duelo ritualizado sino que apunten a transformar las condiciones materiales que hacen posible la repetición de la barbarie bajo nuevas formas.

 

Conclusión: La convergencia necesaria en tiempos de ofensiva neoliberal

La Segunda Marcha Federal Antirracista en Salta fue un eslabón crítico en la reconstrucción de nuestra soberanía política. En el contexto nacional de embate neoliberal y ultraconservador, esta convergencia entre luchas antirracistas, feministas, de la diversidad sexual, ambientales, con la presencia de luchadoras de la Memoria, Verdad y Justicia; y de clase trabajadora, señala un camino estratégico.

Los ejes que se trenzan en los discursos de Pía Ceballos y Blanca Lescano —la memoria histórica y la radicalidad presente, la experiencia territorial y la reflexión sobre el cuerpo, la herencia del movimiento popular salteño y argentino y la vanguardia de las disidencias— no son contradictorios sino complementarios. Muestran que la resistencia al proyecto neoliberal requiere una política que sea capaz de articular lo que el sistema ha fragmentado: cuerpo y territorio, economía y afecto, producción y reproducción, pasado y futuro.

El campo popular enfrenta hoy una encrucijada: o profundiza su capacidad de diálogo intergeneracional e interseccional, incorporando de manera no cosmética las perspectivas de género y las luchas contra el racismo, o se condena a la irrelevancia. Señalamos con contundencia que la meta es reformar nuestras estructuras políticas para que dejen de ser maquinarias de obediencia al ejecutivo y vuelvan a ser herramientas de poder popular.

Las voces de distintas generaciones que convergieron en la segunda marcha en Salta nos recuerdan que la política emancipatoria no se hace desde la pureza ideológica ni desde la uniformidad, sino desde la capacidad de construir un "nosotros" amplio, complejo, contradictorio, pero comprometido con un piso innegociable: la dignidad de todas las vidas, la soberanía sobre todos los territorios, la primacía de lo político sobre el mercado.

En tiempos donde el futuro deja de ser una condena para convertirse en una apuesta esperanzada, la intergeneracionalidad y la perspectiva de género junto a la memoria no son opcionales: son la condición de posibilidad misma de la transformación. Las compañeras de Salta, jóvenes y mayores, travestis y campesinas, estudiantes y trabajadoras de la salud nos están mostrando el camino. Ahora nos toca a todas, todos y todes caminar juntes.

 



[1] Orden (Claude): Considera el contexto del documento que te adjunto. Enfoca en el apartado "Soberanía, Memoria y Territorio: La Trama Intergeneracional de la Resistencia Antifascista en los Discursos de Pía Ceballos y Blanca Lescano". Construye un ensayo amplio de divulgación en torno al mismo. Dirigido a un público militante político de partidos diversos del campo popular, de organizaciones LGBT y de organizaciones de derechos humanos. Enfoca especialmente la intergeneracionalidad y el género. Encuentra un título. Concluye meritando la convergencia de los ejes de sus dos discursos en el contexto nacional de resistencia del campo popular al embate neoliberal.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

De la Desaparición al Descarte: Blanca Lescano y la Continuidad Genocida en el Discurso de los Derechos Humanos

Análisis del discurso pronunciado frente a la sede de La Libertad Avanza en Salta Por Fernando Pequeño Ragone, asistido con Claude IA  [1] ...